“El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse”

Winston Churchill


Soy de la generación del ´63,  en 1971 tenía 8 años. Por lo tanto, mis primeros encuentros con la política fueron  un tanto violentos. Recuerdo que iba a la Asociación Cristiana de Jóvenes y a menudo veíamos desde el segundo piso a la gente corriendo, y nuestros ojos ardían  por los gases lacrimógenos. Había que esperar que pasara el relajo para salir. También asistí al nacimiento del Frente Amplio, siendo una niña, y presencié como testigo silencioso, aunque atento –en esa época los niños no participábamos de las conversaciones de los adultos-, los entusiasmos de algunos amigos de mis padres, la aquiescencia de mi progenitor y la furia de mi madre por ese temible ascenso de la izquierda.

 Hasta cuarto año fui a una escuela pública que era un lujo. Convivíamos sin saber quién tenía o no tenía plata. Nos daban  leche calentita a media mañana (el que quería podía llevar su Bracafé o Vascolet), y si sobraba hacían dulce, que luego repartían. Pero cuando cursaba cuarto hubo una larga huelga,  me cambiaron a un colegio privado, y en el ínterin nos fuimos a México un año y medio por el trabajo de mi padre.

Volvimos en el ’74. Fue un antes y un después. Cuando empezó el nuevo curso todo había cambiado (y no sólo porque era un colegio de monjas). Estaban las cadenas con la música militar que parecía que no se terminaban nunca, andaban siempre camionetas con militares armados en la calle: no sé si es una trampa de la memoria, pero recuerdo que cada vez que salía, veía una. Era muy triste Uruguay: música prohibida, libros prohibidos, películas censuradas, medios clausurados, profesores misteriosamente despedidos, exigencia de reglas absurdas en el  vestir (recuerdo estar en una fiesta en la Scuola Italiana con el buzo anudado a la cintura cuando vino un hombretón (un “tira” sabría después), que me exigió que me sacara el buzo de allí (nunca supe porqué).

¿Cuándo supe de Batlle? Supongo que por ese tiempo. Mi casa no era una casa muy politizada, pero era inevitable conocer a los Batlle; de hecho, se estudiaban en el Colegio. Los cambios que introdujo José Batlle y Ordoñez me parecieron desde un primer momento de avanzada.

Al crecer en dictadura y supongo que por tener un temperamento “rebelde”, empecé a leer de motu proprio, y entre otras cosas,  a pensadores de izquierda (era una forma de conocer a mi padre, que entretanto se había muerto: al leer los  libros que había dejado sentía que me acercaba a él). Leí entonces a Vivián Trías, a anarquistas  y descubrí a Galeano. Por ese entonces debería tener unos quince años. Recuerdo que lo leía con tal entusiasmo que en clase –refutando las afirmaciones de las profesoras- yo misma me daba cuenta que me expresaba como él escribía (nobleza obliga, una de las profesoras –de historia- , cuando egresamos y hubo una reunión se me acercó y me dijo, bajito:” Yo estoy de acuerdo con muchas de las cosas que tú piensas, pero no lo podía decir en clase”). Año 81. En ese año o el anterior fui a estudiar a la casa de una compañera. Vivía en una cooperativa y puso un disco (sí, de pasta), de los Olimareños o de Viglietti, no me acuerdo. Lo que sí me acuerdo es que entré en pánico  y le pedí que lo sacara, muy asustada. Mi amiga se rió de mi susto y me dijo que en la cooperativa eran todos de izquierda, que no había problema. También descubrí que en onda corta se podían escuchar radios que emitían para Sudamérica; las escuchaba, y después tenía miedo de que me pudieran ubicar. Así vivíamos.

Y llegó la apertura democrática, y empecé a ir a cuanta marcha,  reunión o mitin se organizara. Fui a la Casa de los Lamas, a la marcha de la primavera de Asceep, no me gustó que se pararan frente a la casa de Seregni y cantaran “Se siente, se siente, Seregni está presente” (recuérdese el cuco que de alguna manera me había legado mi madre: Seregni era, en mi mundo, una especie de fantasma que no se sabía bien ni donde estaba, como todos los demás); fui a un acto en un cine de Rivera que terminó a las corridas. Fui a recibir a Wilson a Agraciada. No me perdía una. Vi por primera vez las banderas del PDC, milité por el No (todavía tengo, de recuerdo, la papeleta que alguien me consiguió: yo no votaba aún). Fui al acto del Obelisco deslumbrada por tanta libertad y gocé como loca con el legendario debate en el que Enrique Tarigo revolcó a Bolentini.

Y un buen día, tenía una bandera del Frente Amplio. Supongo que el discurso pacificador y sin rencores que dio el Gral. Seregni fue lo que inclinó la balanza; probablemente también un talante justiciero que siempre me ha acompañado y el pensar que si los milicos habían perseguido tanto a esta gente serían buenos. Además, prometían acabar con la corrupción, los acomodos y terminar con la pobreza. Sonaba bien. Y se votó (con partidos y  políticos proscriptos), pero se votó. El FA perdió y aunque no me gustaba Sanguinetti, recuerdo su primer discurso como un soplo de aire fresco. No era el autoritario de turno al que le levantaban centros rastreramente los periodistas.

Se sucedieron los gobiernos de partidos tradicionales, y yo seguía siendo del FA. Hasta que ganó.

Mi primer recuerdo personal de Batlle fue una gran calentura que me agarré ante unas declaraciones que hizo cuando ganó,  acerca de que “debían tener paciencia con la gente de izquierda y algo así como “mostrarles el camino”.  Me enojé tanto que escribí una nota muy virulenta   que envié a Brecha (me habían publicado una nota y tenía esperanzas). Por supuesto, no la publicaron.  También me molestaba que formara parte de una especie de “dinastía”: ¡Era el tercer Batlle! (No sé de qué me asustaba, si seguimos en la misma: vamos por la tercera generación de Herreras, el  vicepresidente es un “hijísimo” y hay ministras, legisladores y demás herederos de  apellidos, y cargos; parece una tara nacional).

Pero volviendo a Batlle,  vino la crisis del 2002, se nos hizo la noche a todos, cambiamos nuestros hábitos de compra y nos tuvimos que apretar seriamente el cinturón (muchos emigraron, perdieron todo: en fin, historia conocida). Y el Partido Colorado prácticamente desapareció (“Es la economía, estúpido”).

Y ganó el Frente Amplio. No sabría decir cuándo o porqué, pero al poco tiempo me sentí estafada. Me convertí, después de tantos años, en opositora, y en paria. Había mirado para otro lado frente a Cuba, frente a la Unión Soviética (se me debe dar el beneficio de la época y de la juventud),  pero alguna actitud, sobre todo antidemocrática  o inconstitucional  me dio la pauta de que eran “más de lo mismo”,  o peor, porque el discurso democrático,  igualitario, solidario, etc. etc., era puro verso.

Y después vino facebook y vi una nota de Batlle (el defenestrado, el ridiculizado Batlle), y me empezó a  gustar mucho lo que escribía. Puse “me gusta” en su página y debo decir que estaba en general de acuerdo con todo lo que decía, al punto que hace un año justo escribí en mi facebook que se le debería hacer un desagravio por cómo había piloteado la crisis.

Y lo empecé a mirar con otros ojos. Me gustaba su talante, su estilo, cambió mi mirada. Hasta las cosas que en su momento me hacían –a mí como a tantos-  una gracia malévola: “We are fantastic”, o su célebre “Los Argentinos son unos ladrones del primero al último” me parecían inocentes metidas de pata ante las cosas que tuvimos que soportar, escuchar y ver, a partir de la asunción de José Mujica.

Tuve dos oportunidades de interactuar breve y casi accidentalmente con él. En la primera, una amiga y yo organizamos un evento por los 250 años de la Familia Carrau en la vitivinicultura. Me tocó hacer de maestra de ceremonias y él, que asistió –era el Presidente de la República entonces- , estaba de pie frente a mí, entre una multitud. Como yo no tenía experiencia en eso, hablaba lejos del micrófono y me dijo bajito que me acercara; también me hizo un gesto hacia un ministro que tenía al lado, dándome a entender claramente que si hablaba alguien sería el ministro, no él.

La otra fue el año pasado. Tenía que hacer una entrevista a una personalidad  destacada de 80 años o más, y quería hacérsela a él. Lo llamé porque alguien me dio su celular, y no me atendió. No dejé mensaje, porque quería presentarme. Al rato suena mi teléfono y pregunto – ¿Quién habla? Y me responden: “Jorge Batlle, usted me llamó”. Me quedé sin habla ¡Es tan común que muchas veces algún personajillo menor ni te atienda ni te responda las llamadas! La cuestión es que le expliqué cuál era la consigna, y cuando le dije que debía ser una personalidad destacada y de más de ochenta años, me dijo, muerto de risa: “ jajaj la de la edad es la única condición que debo cumplir”. (Finalmente no pude hacer la entrevista porque como éramos muchos los que queríamos entrevistarlo a él, el profesor entendió que no servía como trabajo individual).

Me gustaba su talante, me gustaba que decía las cosas sin vueltas. Era profundamente republicano. Era simpático, soberbio, gracioso y culto. Puede haber otros políticos que tengan sus conocimientos, pero ninguno que tenga su cancha y su boliche. Me gustaba (el tiempo no pasa en vano, no para mí), que se hubiera caído y levantado tantas veces, y que como tanta gente ha dicho en sus necrológicas,  utilizando una frase que escribió Carlos Quijano cuando murió Herrera, que haya vivido como si nunca se fuera a morir. Fue un ejemplo de vida. Nadie hubiera dicho que tenía 88 años. Eso tiene, ya a nivel personal,  mis mayores respetos, cuando a veces y con unos cuantos años menos, no tengo ganas de hacer nada.

Salud don Jorge Batlle, y perdón por las ofensas (a las que seguramente no les hubiera dado bolilla). La democracia quedó guacha sin usted.