A los 92 años el Dr. Gastón Boero continúa activo física e intelectualmente. Profundo admirador de los renombrados investigadores de la sexualidad humana William Masters y Virginia Johnson, es autor de tres libros sobre sexología. Insiste en educar en este aspecto fundamental del ser humano, se muestra honrado de que se reconozca su trabajo y agradece las entrevistas porque le permiten continuar difundiendo sus conocimientos en esta área, que aún hoy incomoda a muchos uruguayos.

Actualmente usted está estudiando el sistema límbico —ubicado en el cerebro—, en donde se encuentra la memoria, el centro del dolor, del temor, el centro de erección, del orgasmo, y afirma que el pensamiento acerca de un hecho sexual se origina a través de los sentidos.  ¿En el caso de los hombres puede ser que el estímulo visual sea más fuerte?  

—No, depende. ¿Las mujeres sabés por qué no lo emplean tanto? Por la represión a la que están sometidas, por la misoginia propia de la sociedad. Nosotros odiamos a las mujeres, la mujer es mala, es vil. El machismo está en la sociedad. Lo repite la mujer también. No tiene conciencia de que está repitiendo lo mismo que el hombre. ¿Cuáles son las mujeres más destacadas que llegan a la presidencia? Cristina —Fernández de Kirchner—, o la Bachelet, Hilary Clinton… ¿Qué hacen esas mujeres? Actúan como los hombres.

¿Cuándo diría usted que la sexología comienza a ser considerada de forma realista, sin los preconceptos irracionales que durante milenios discriminaron y minimizaron a la mujer?  

—A partir de 1950. Hasta ese entonces tenés a todos los pensadores, tenés las religiones, los filósofos y los propios médicos como responsables de creaciones que no tienen nada que ver ni siquiera a veces con la realidad anatómica, porque se crean conceptos de anatomía y se modifica la anatomía del cuerpo humano para que éste concuerde con lo que dice una teoría. María Bonaparte, que era sobrina de Napoleón III, era discípula de Freud, era psicóloga. Estaba hecha en la escuela de Freud. Vivía en Viena por supuesto, en donde estaba Freud. Él había descrito en su teoría que la mujer tenía un orgasmo clitoridiano y un orgasmo vaginal, y que estos no coincidían hasta pasados dos años de matrimonio, más o menos, cuando entonces era completa la respuesta sexual femenina. Ella conocía a Josef Halban, un muy buen cirujano ginecológico a quien le pidió que le hiciera una operación para correr el clítoris hacia atrás, para que pudiera coincidir con el orgasmo vaginal. Halban se lo hizo. Es decir, que se llegó al extremo de modificar la anatomía femenina para que coincidiera con una teoría psicológica, con el psicoanálisis. Los discípulos de Freud hicieron cualquier desastre, cualquier desastre. En este momento el psicoanálisis solamente es creíble en Uruguay, Argentina y nada más. Y en París tal vez, porque los franchutes son muy psicoanalistas.

En la actualidad, la homosexualidad  tiene —mayormente— una connotación neutra. ¿Pero hubo algún momento en la historia de la humanidad en que haya tenido una consideración positiva?   

—En la antigua Grecia la homosexualidad era muy bien vista hacia el profesor. Platón, Aristóteles y que sé yo, tenían sus discípulos, y la entrega máxima que tenían ellos hacia el profesor, era a través precisamente de la relación homosexual. No era perseguida la homosexualidad. Y cuando a Aristóteles le dijeron que en la isla de Lesbos —de dónde etimológicamente procede el término “lesbiana”— había una mujer, una poetisa muy buena de nombre Safo —cuyos versos destruyó la Iglesia— que tenía amor por una de sus discípulas particularmente, “Bienvenida sea —dijo—, porque de esa manera evitamos la superpoblación del mundo”. Aristóteles era un hijo de puta perfecto.

Usted sostiene que la única libertad personal que hay es la sexual. “Si una pareja se junta para hacer lo que quiere, que haga lo que quiera. Y nadie se puede meter, nadie lo puede alterar”. De acuerdo a esta posición suya, y pensando en el ejemplo extremo de dos personas mayores de edad, de parentesco cercano y directo que mantienen relaciones sexuales pero que no buscan procrear, ¿para usted un caso así constituye una enfermedad?  

—No, no es una enfermedad, de ninguna manera. Si ellos quieren tener una relación sexual entre hermanos, que la tengan. Lo que tienen que saber es que si van a tener descendencia, esa descendencia se va a ver afectada, porque biológicamente la relación sexual entre los parientes produce alteraciones genéticas muy importantes.

En otras entrevistas usted se ha autodefinido como un “republicano español y un anarquista sexual”…

—¡Ja ja! ¿Te gustó la definición esa? La República española no sabés lo que me dolió. Y los comunistas españoles, que eran realmente tipos que creían a pies juntillas en el comunismo y en el “hombre nuevo”, y en todas las mentiras que les venían de Rusia, cuando llegaron a Rusia… Tuve una tía muy brillante, María Luisa Pons, que aplicó el método Montessori — método educativo alternativo basado en las teorías del desarrollo del niño, ideadas por la educadora italiana María Montessori a finales del siglo XIX— en la escuela 6 donde yo fui, que se hizo comunista y trabajó con María Julia Rocha —la abuela de Julia Moller— que también era comunista. Esos eran los comunistas que creían en el comunismo, en el hombre nuevo, y que la sociedad cambiaba, y estaban en contra del capitalismo… Gente muy honesta en su pensamiento, muy respetable, no los mierda del PIT–CNT, ¡no! Ése es el Soviet Supremo, eso no tiene nada que ver con el comunismo… Pero el pensamiento original era ése, el marxismocomunismo primitivo, el de Stalin tampoco, porque Stalin fue otro hijo de puta.

Usted se refiere a la aplicación del comunismo, no a la ideología en sí misma sino a la forma en que se implementó en la Unión Soviética…  

—La idea es genial. La escuela nuestra era una escuela, diría comunista —en el sentido de comunidad—, ¿no? Se habían eliminado los bancos. Había mesas, tres niñas y tres niños. Yo aprendí ahí la convivencia con las mujeres, que las mujeres son mis iguales, y que tenían los mismos derechos y los mismos deberes que tenía yo. Eso lo aprendí en la escuela. Y eso es la base de la sexología actual y de la pareja: la convivencia. Después viene el sexo.

¿Qué opinión tiene acerca de la Guía de Educación y Diversidad Sexual que el Mides quiso distribuir en escuelas, liceos y locales de UTU en 2014?  

—En realidad, eso es más que nada, a mi criterio, una propaganda en favor de la diversidad sexual. No aborda el sistema sexual que es lo que hay que enseñar. Lo que hay allí es una defensa de unas minorías sexuales que asociadas en este momento y con todo su derecho, están haciendo uso de su defensa frente a la sociedad que las agrede. Pero eso no es educación sexual.

¿Considera que fue recién a partir de su incursión en la televisión con su programa El sentido del sexo que su trabajo y enseñanzas comenzaron a llegar al gran público?  

—Ése fue un golazo que me mandé, ¿no?

Sí, sí. Le soy sincero, yo lo conocí a usted cuando empezó a aparecer en la televisión. Porque hasta ese entonces lo que había en los medios era Carolina Villalba, una mujer que se vestía y hablaba provocativamente de sexo, y que buscaba —como dicen los argentinos— “ratonear” a la audiencia. Pero en lo que respecta a hablar de sexo públicamente desde un punto de vista científico, al primero que escuché así fue justamente a usted.  

—Pero yo vengo desde el año 57. Carolina es una trepadora. Además ni siquiera es psicóloga. La Sociedad de Psicología de acá no la reconoce. Ella tiene un título de psicóloga que se lo dieron en no sé qué escuela rara que no está reconocida acá… Vino a saludarme un día en la Sociedad de Sexología cuando yo fui a votar. Me saludó “¿Cómo está profesor?”. “Bien gracias” y chau, ni bola. No me interesa. Que haga lo que quiera.

Para terminar, quisiera saber si concuerda con algunos profesionales que sostienen que cuando se produce una violación, además del trauma que experimenta la mujer por el hecho del sometimiento del que es víctima, se genera en ella también un sentimiento de culpa porque incluso en esa situación tan horrible puede sentir placer…  

—Claro, incluso en una violación puede tener un orgasmo, y entonces eso todavía le va a pesar más a la mujer. Eso es verdad, sí.