Todo aficionado a la lectura estará de acuerdo con que leer un libro que nos interesa o nos gusta es un placer absoluto. Y este placer puede incluso ser más grande cuando para hacernos de ese libro tuvimos que caminar, recorrer, navegar en internet, e invertir tiempo y esfuerzo es pos de esa obra que nos recomendaron, o cuya reseña desde algún medio de comunicación captó nuestra atención. También puede tratarse de un clásico disponible en distintas ediciones pero no en la de nuestra preferencia; los ejemplares que nos ofrecen pueden carecer del prólogo o de la traducción específica que buscamos. Cuando se dan estas circunstancias nos vemos obligados a emprender —si el título nos apasiona—, una cacería de ese ejemplar que se encuentra descatalogado o que se ha agotado recientemente en el mercado literario, y para el que no se vislumbra una próxima reedición. Recorrer librerías de usados, ferias callejeras o bibliotecas hasta finalmente obtener el ejemplar que nos mantenía obsesionados, representa una satisfacción extra. Cuando la búsqueda física falla siempre nos queda la opción digital, comprando o descargando gratuitamente un título online. A través de esta última modalidad fue que logré hacerme del libro que buscaba, y desde un Nokia 5800 utilizando un software del teléfono que hacía las veces de Microsoft Word, pude leer El día de los Trífidos del autor inglés John Wyndham; título que ya desde entonces y aún hoy se encuentra agotado en el mercado literario nacional.

Si en medio de una charla nuestro interlocutor, nos habla de un libro en el que de manera cuasi epidémica la mayoría de los personajes pierden el sentido de la vista, seguramente el primer título que nos venga a la cabeza sea el Ensayo sobre la ceguera del portugués José Saramago, premio Nobel de Literatura en 1998. Pocos conocen o han escuchado hablar de El día de los Trífidos de Wyndham. Sin embargo, 44 años antes de que Saramago publicara la que probablemente fue su obra más reconocida, el autor inglés hacía lo propio con su relato en el que la premisa principal consiste también en una ceguera masiva.  Es prácticamente impensable suponer que el autor portugués plagió parte de la obra de Wyndham. Los familiarizados con su talento coincidirán en que Saramago nunca necesitó incurrir en tal mediocre comportamiento. Esta coincidencia entre ambos autores puede seguramente explicarse por la mera casualidad —en la historia del mundo hay muchos casos de personas que  concretaron el mismo invento o uno muy similar, pero sólo recordamos a quien lo patentó primero—. O tal vez debamos darle la derecha a Mijail Bajtín, cuando afirmaba que cada enunciado ya fue dicho por otro sujeto antes, que cada enunciado responde a un enunciado previo y que al mismo tiempo es enunciado de otros enunciados, y a la vez producirá nuevos enunciados.    Asimismo, la concordancia entre las dos tramas puede explicarse a través del concepto de intertextualidad introducido por la lingüista Julia Kristeva, para quien “un texto siempre está en relación con otros textos”, o como afirmaba Roland Barthes, cuando sostenía que “Todo texto es un intertexto. Hay otros textos presentes en él, en distintos niveles y en formas más o menos reconocibles (…)”.

A diferencia de en Ensayo sobre la ceguera, en El día de los Trífidos la causa de la pérdida colectiva de visión es explicitada; un fenómeno astronómico de luces verdes en el cielo nocturno londinense —pronosticado como una lluvia de meteoritos y recomendado días antes por su naturaleza única e irrepetible— volvió invidente a toda persona que lo observó. El origen de esas luces verdes es irrelevante para el autor. De hecho, en el transcurso de la novela su mismo protagonista —el biólogo inglés Bill Masen— especula con que las luces verdes no hubieran sido causadas por meteoritos sino por armas localizadas en la órbita de la Tierra activadas por accidente.  Como sea, Wyndham nunca llega a establecer el motivo exacto del fenómeno astronómico.

Bill Masen es un biólogo británico que despierta en un hospital con sus ojos vendados. Una vez se quita la venda —y ante la ausencia y falta de respuesta de la enfermera al llamarla—, comienza a recorrer el hospital en el que extrañamente reina un silencio tenebroso. Luego de caminar un poco por los pasillos, Bill comienza a toparse con decenas de personas no videntes, que a través de gritos y llantos expresan su desesperación.  Recuperando de su memoria una charla con su enfermera en el hospital el día anterior, recuerda que ésta le comentó acerca de una lluvia de meteoritos que se anunciaba para esa noche, y que sería posible avistar desde cualquier punto de la ciudad. Bill deduce que gracias a la lesión que lo llevó al hospital, y al tratamiento que culminó con la venda en sus ojos que le impidió observar el extraño fenómeno astronómico, logró evitar el horrible destino que ahora padecían gran cantidad de personas no tan afortunadas.

Nuevamente en esta primera escena del libro podemos encontrar a Bajtín, Kristeva y Barthes, ya que como expresó el inglés Danny Bolye, director de la película 28 days later o Exterminio en español, la escena inicial del libro —Masen despertándose en el hospital que al principio parece desierto— sirvió como inspiración para la primera escena de esa película. Más cercano en el tiempo, también encontramos una escena muy similar al inicio de la exitosa serie The Walking Dead. Al igual que en el ejemplo anterior, el protagonista despierta en un hospital vacío o por lo menos eso parece.

Pero  una vez que Masen logra escapar, se encuentra con otra amenaza: los Trífidos; una planta de poco más de dos metros de altura, que se apoya sobre tres raíces —de allí su nombre— las cuales puede utilizar a modo de piernas para desplazarse. Estas plantas cuentan a su vez con una especie de látigo con un aguijón en la punta, capaz de inocular una cantidad de veneno suficiente para matar tanto a animales como a seres humanos. Se sospecha que fueron creadas genéticamente en laboratorios de la entonces Unión Soviética y que accidentalmente algunas semillas de estas plantas se escaparon, y fueron transportadas por los vientos a distintos rincones del mundo. En el momento en que se desarrolla la historia los Trífidos son mantenidos en locaciones de máxima seguridad, para evitar que se escapen y se conviertan en una amenaza para los seres humanos.

Pero no es altruismo ni la protección de los habitantes el motivo del confinamiento de los Trífidos, sino que estos son utilizados por distintas compañías que manufacturan un aceite producido a partir de estas plantas, que supera en productividad y calidad a cualquier otro aceite vegetal o animal.  Los Trífidos carecen de inteligencia individual, pero cuentan con una colectiva que los vuelve peligrosos —pueden comunicarse entre ellos a través de sonidos producidos por sus tallos—, y si bien carecen de ojos, al estar naturalmente adaptados a esa situación y no necesitar de la vista para desplazarse, se convierten en un gran peligro para los recientemente convertidos en invidentes, pero también para quienes aún conservan la visión. De hecho, es así como el biólogo Bill Masen termina en el hospital. Trabajando en una instalación en la que se utilizan a Trífidos para la producción de aceite, uno de ellos lanza su látigo hacia los ojos de Bill, y el veneno del aguijón lo deja momentáneamente ciego. Irónicamente, esa lesión es la que eventualmente lo salvará de una ceguera permanente.  Una vez que se produce el fenómeno de las luces verdes en el cielo, los empleados del laboratorio que presenciaron el espectáculo perderán la vista, y esa desesperación e incapacidad permitirán que los Trífidos escapen.

A lo largo de la novela, Bill conocerá a distintos personajes con los que entablará relaciones amistosas, románticas y antagónicas. Si bien los Trífidos constituyen una amenaza constante, el mensaje principal que la novela parece querer transmitir es la miseria humana, que aparece cuando las personas son sometidas a situaciones extremas, en las que el egoísmo, el “sálvese quien pueda” y los comportamientos inmorales y criminales, llevan a algunos sujetos a aprovecharse de los débiles o discapacitados.   Esto es precisamente lo que acontece en Ensayo sobre la ceguera, y también en la serie de televisión The Walking Dead. La originalidad de la trama –la ceguera masiva— y la crítica que el autor realiza contra el Hombre a través de la ficción, es lo que hace recomendable a la obra. Sobre todo teniendo en cuenta que en 1951 cuando la novela fue publicada, el mundo experimentaba los primeros años de la guerra fría, por lo que las novelas de ciencia ficción que abundaban en esa época se centraban más que nada en un mundo apocalíptico post guerra nuclear. En definitiva, El día de los Trífidos es una obra que merece ser leída. Pero es importante aclarar al lector, que no espere encontrarse con una narrativa ni siquiera cercana a la exquisita de José Saramago. El día de los Trífidos es un libro entretenido y de lectura ligera, pero que no está a la altura de otras obras referentes de la ciencia ficción, como por ejemplo la sobresaliente El fin de la infancia del científico y escritor inglés Arthur C. Clarke, quien a nuestro entender en forma exageradamente generosa catalogó a El día de los Trífidos como una “historia inmortal”.

La novela tuvo una adaptación cinematográfica en 1962, y dos adaptaciones televisivas en 1981 y 2009.  En el año 2001, el autor Simon Clark se hizo cargo de la historia —John Wyndham falleció en 1969—, y publicó la continuación de la novela original bajo el título La noche de los Trífidos.