Hace pocos meses tuve la oportunidad de hacer un viaje junto con mi familia  por Turquía, Francia e Inglaterra.

Nuestra primera escala fue  Estambul, concretamente en la  universidad de Bogazici, en cuyo campus nos alojamos (un lugar increíble,  construido en una de las laderas que dan sobre el Bósforo,  con unas vistas y una infraestructura  impresionantes),  debido a que  mi marido iba a dar una conferencia.

En Estambul, lo primero que nos sorprendió fueron  las llamadas a rezar, por altoparlantes, varias veces en el día, incluida la madrugada.  Pero como uno se acostumbra a todo, a los pocos días ya no las oíamos.

Otra de  las sorpresas  fue ver la convivencia de   mujeres en el ámbito universitario con dos estilos bien diferentes: algunas con pañuelo y abrigos largos, y otras vestidas en un exagerado  y “sexy” estilo occidental. En nuestra ignorancia de esa cultura, nos sorprendía una y otra vez que muchas veces esas estudiantes, con estilos tan diferentes, fueran juntas y del brazo. Profesores mayores, nos explicarían luego que entre ellos ese tipo de relación  es impensable: se criaron en una sociedad secular, a la que defienden con uñas y dientes y ven con miedo el avance de la religiosidad; de hecho les han empezado a pedir –algunos-  que se interrumpan las clases a la hora de los rezos. Y tienen todo un dilema: hay alumnos que no son religiosos pero el estado alienta la religiosidad. No saben qué hacer.

Pero yendo a la sorpresa mayor que es el motivo de esta crónica y  acostumbrados a la expresión de “nada” que pone la gente en Estados Unidos, por ejemplo,  cuando uno les dice que es de Uruguay, la  curiosidad que provocaba en los locales nuestra condición de uruguayos (y no por el futbol) resultaba muy gratificante y amable. Se generaba toda una corriente de simpatía cuando  nos preguntaban por nuestro país, qué hacíamos allí, tan lejos, cómo nos sentíamos.

Después,  Europa:  Londres, Paris.  Las ciudades deslumbrantes, tantas veces soñadas o vistas en imágenes, retratadas en tantos libros (pero tranquilos: no vamos a hacer una especie de plomiza sección de fotos de viaje escrita: el tema es otro).

Y otra vez la simpatía.  Pero no de los locales. De los inmigrantes que casi invariablemente eran  mozos, o taxistas, o vendedores. Ellos nos preguntaban de dónde veníamos, nos contaban de dónde eran, se notaba que tenían ganas de charlar (siendo uno del tercer mundo es imposible no pensar ante toda esa gente peleándola en trabajos mal remunerados, acerca del rechazo que producen en esas sociedades los inmigrantes y en  los naufragios infames de los que quieren llegar a tener una vida mejor; una vida, en muchos casos).

Y  se  nos fueron los días, los paseos  y hasta las reflexiones, porque  llegó el momento de irnos.

El día que íbamos a tomar el avión de retorno a Uruguay desde Paris, tomamos un taxi para ir a la zona de L’ Opera, temprano en la mañana. A mi marido le gusta charlar con los taxistas, y fue todo el trayecto conversando con el chofer. Era de Senegal, y hablaron de todo: dijo que el problema de su país y de todo África era la corrupción; que había tenido que viajar y pagar para que operaran a su madre, que si no,  no había nada que hacer. Se moría.  En fin, que como  se hicieron taaan amigos, a mi marido se le ocurrió preguntarle si  nos podría pasar a buscar a las 8 de la noche por el hotel, para llevarnos al aeropuerto Charles de Gaulle. Quedaron en eso (yo desde el asiento de atrás mientras tanto pedía  que se  le preguntara cuánto salía, y el hombre nos  dio el precio, que estaba muy bien, y le pidió a su interlocutor que me explicara: yo le dije (en francés, es lo único que se decir) que no era necesario, que entendía el francés, aunque no lo hablara (gracias a las clases de francés que teníamos en el liceo, tan denostadas en su momento, me las arreglo). El taxista insistió en que era un trato, que no aceptáramos si en el hotel nos ofrecían otro taxi. Y en eso quedamos.

Yo “perdí” a los hombres ese día en las inmediaciones de las Galerías Lafayette (era el  día que me iba a tomar para hacer compras) y confiada en las distancias y la modesta hora pico de Uruguay,   llegué   justito, temblando,  ocho menos veinte,  como para cerrar las valijas y arrancar.

A las ocho le aviso a mi familia que voy a bajar, que si no iba a venir el taxi e iba a pensar que nos habíamos ido. Bajé, guardamos algunas cosas y cuando bajaron todos con las valijas, empezaron a intentar meterlas en el baúl y no había forma, probamos en todos los sentidos y no entraban. El hombre nos dijo que no había problema, que era culpa de él por no habernos preguntado cuántas valijas eran, y se despidió –en especial de su “amigo”-  entre sentidas disculpas (“desolee, desolee“, se decían uno al otro).

Mi marido  entró al hotel para pedir otro taxi, y a mi me dio no se qué que el tipo había perdido de repente un viaje o varios para estar ahi, y le di una propina.
Y ahí estábamos, esperando otro taxi en la vereda (éste iba a ser grande, estábamos con tiempo), cuando miro hacia los bultos y veo que mi campera no estaba. ¡La había tirado en el asiento trasero ni bien bajé!
Le dije a mi familia lo que había pasado -que congelaron cuadro: saben cómo cuido mi ropa-, y mi cara supongo que lo decía todo. Es una buena campera, casi nueva, de cuero. Finalmente me repuse, y dije: “No pasa nada, es una pilcha” (ya haciendo cálculos para  comprarme otra). La cuestión es que la di por perdida; no porque se la quedara él o un pasajero (tal vez les parece una porquería), sino porque París es muy grande, ¡y mirá si el tipo iba a volver al hotel por eso!
Cuando llegamos a San Pablo, donde hacíamos conexión, mi marido se conecta para ver sus correos y ya tenía un mail del Hotel en el que decía que el taxista había dejado la campera en el hotel.

Pocos días después, llegó la campera por correo. No tuve, no tengo  forma de agradecerle. Pero cada vez que la uso, no puedo evitar pensar en el inmigrante amable,  dando vueltas por Paris en su taxi.