Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi

“Ha ocurrido contra las previsiones; increíblemente ha ocurrido que un pueblo entero civilizado siguiese a un histrión cuya figura hoy mueve a risa; y sin embargo, Adolf Hitler ha sido obedecido y alabado hasta su catástrofe. Ha sucedido, y por consiguiente puede volver a suceder: esto es la esencia de lo que tenemos que decir.”

Leo mucho, todo lo que consigo sobre el nazismo. Es una etapa de la humanidad que me produce estupor e intento con mis lecturas, entenderla. Sé que ha habido grandes matanzas (también las menciona Levi en su libro), pero ninguna sistematizada, industrializada como la de los campos de concentración alemanes. Uno de los libros que más me han impactado es Trilogía de Auschwitz, una obra monumental  de Primo Levi.  En realidad se trata de tres libros: Si esto es un hombre (1947), su experiencia en el campo de concentración; La tregua (1963),  el retorno hacia Italia en una Europa destrozada,  pero con elementos de novela picaresca; y Los hundidos y los salvados (1986), quizá el más duro de los libros donde intenta explicar lo inexplicable, porque como él dice, nadie que estuvo en una cámara de gas puede dar su testimonio. Intentaré dar un pantallazo sólo del primero.

Químico de profesión (lo que le salvaría la vida, dado que pudo trabajar en un laboratorio en un invierno que de otro modo lo hubiera matado), italiano, escribió su primer libro a poco de ser liberado, pero lo cierto es que tardó en conseguir editor,  y la primera edición, de 1947, quedó prácticamente sin vender. Nadie quería escuchar acerca de historias que parecían literalmente increíbles.  Además, la cultura de la posguerra en Francia y en Italia estuvo dominada por los partidos comunistas y lo que se quería resaltar o inventar era la resistencia heroica de los comunistas.  Recién en 1961, sus lectores fueron numerosos. Siempre dio su testimonio, iba a donde lo llamaran. Como dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo de la Trilogía: “su empeño era el de ser el narrador en el sentido más primitivo y sagrado, el que cuenta en voz alta y se niega a permanecer en silencio,  el depositario y guardián de una memoria imprescindible”.

Provenía de una familia de judíos del Piamonte, integrada. No hablaba hebreo, y en realidad investigó sus raíces judías al volver del campo; era muy independiente en sus posiciones frente al estado de Israel. Condenó públicamente las matanzas de los campos de Sabra y Shatila, lo que hizo que sus relaciones con la comunidad judía norteamericana y con la opinión pública de Israel fueran por momentos muy difíciles, lo llevó al aislamiento, la desolación, que lo fueron ganando con los años y probablemente fueron la causa de su casi seguro suicidio.

Fue apresado en 1944, con 24 años,  porque se había unido a la resistencia sin ninguna experiencia y con una pistola que nunca disparó y que no sabía ni si funcionaba.

En Si esto es un hombre, cuenta con gran ecuanimidad, sin regodearse en detalles que son conocidos -estas son sus palabras, y aún así, hay pasajes tremendos-, pero implacablemente, la realidad del viaje al campo, la brutalidad de la llegada, la despersonalización, los perversos y sistematizados protocolos que seguían las autoridades de los campos, que asombran desde el principio. Lo que sorprende del relato de Levi es que no hace –ni se hace- concesiones. Había que estar despierto y ser implacable para sobrevivir.  A las cosas se las llama por su nombre, sin adjetivaciones, lo que hace más duro si cabe el testimonio.

Al llegar, una de las formas de morir seguro era no tener nociones del idioma: las órdenes ladradas, debían ser obedecidas en el acto, o se podía morir a patadas, a golpes, de un balazo. De hecho, los “número altos” –los recién llegados- eran tratados con cierto desprecio porque no duraban mucho.  Los prisioneros llegaban agotados, hambrientos y desorientados.  Separados brutalmente de su familia, despojados  de su identidad,  en muchos casos sucumbían a un estupor paralizante,  lo que los convertía en el idioma del campo en muslim, esto es, personas que se habían entregado y que morirían pronto porque no tenían los recursos para sobrevivir. Porque había que estar alerta para saber ubicarse en la cola del potaje que les daban (y que les dejaba las piernas como de elefantes), para no ser de los primeros que sólo llevaban caldo; al final algún resto de verdura se podía conseguir. Los prisioneros tenían que conseguir nada más llegar una cuchara, afilada en el mango que servía también como cuchillo. Esa debía ser comprada en el mercado negro, y  la moneda de cambio era el pan (cuando liberaron el campo, se encontraron miles de cucharas, sin uso). Por lo tanto, era imprescindible reservar pan para poderlo intercambiar por una cuchara,  porque si no, el litro de potaje no se podía tomar. Los prisioneros debían tener el uniforme completo o eran castigados (eran andrajos, pero debían estar completos), por lo que debían acarrear y dormir sobre sus pertenencias. Los camastros, en cuchetas de tres  pisos, con colchones de paja,  que compartían dos personas, eran medidos con un cordón todas las mañanas,  porque debían estar equidistantes, “prolijos” y en perfecta formación.

­­­Y para salvarse, dice Levi, había que tener suerte.  El puñado que se salvó fue de alguna manera “prominente”; Levi cargaba con esa culpa aparentemente inevitable en los sobrevivientes: sobrevivir no había sido un mérito,  sino un azar del que se beneficiaron sobre todo quienes pudieron lograr en los campos algún privilegio.  Levi menciona tres episodios en los que podría haber muerto: En una de las tantas “selecciones”,  en la que se descartaba a los más frágiles por el taxativo método de hacerlos pasar saltando  sin camisa frente al oficial que decidía la muerte o la vida,  él estaba convencido de que sencillamente  habían marcado mal cuando  pasó (estaba en los huesos, y su descripción de cómo se alentaba un espectro al otro acerca de su aspecto es conmovedora): se salvó. El otro golpe de suerte que tuvo fue que por su profesión de químico lo seleccionaron para trabajar en un laboratorio el último invierno, escapando así al frío que lo hubiera matado. Y por último, su decisión de quedarse en el campo cuando los nazis estaban en desbandada porque se acercaban los soviéticos, e hicieron como última perversión marchar a los prisioneros kilómetros y kilómetros. La mayoría murieron.

Muchas veces se refiere a los prisioneros como “animales”: ese era el objetivo y en eso los habían convertido. Y lo que para él definió la impersonalidad a la que los había reducido, es un episodio con un guardia. Estaban haciendo un trabajo, el guardia se ensució las manos con grasa y las limpió en la espalda de Levi, sin más, hasta con “amabilidad”. Esa indiferencia  definiría para él  lo que se había logrado: era un trozo de tela en la que limpiarse, nada más.

Tampoco juzga con dureza a los Kapos (judíos que se encargaban de las cámaras de gas, y del control del campo); dice: “Creo que nadie está autorizado a juzgarlos, ni quien ha vivido la experiencia del lager ni, mucho menos, quien no la haya vivido”.

Menciona también preguntas que se reiteraban en todas sus charlas, sobre todo cuando ya había pasado mucho tiempo de finalizada la guerra “¿Porqué no se revelaron?” “¿Porqué no huyeron antes?”. Su respuesta era que las únicas rebeliones que se produjeron fueron las de quienes estaban bien alimentados,  y agrega:   (…) “Para los parias del mundo nazi (entre los que se encontraban los prisioneros soviéticos, militares y civiles, que racialmente eran considerados escasamente superiores a los judíos),  la evasión era difícil y extremadamente peligrosa: estaban debilitados además de desmoralizados, por el hambre y por los malos tratos (…) Incluso admitiendo que hubieran podido trasponer la cerca de alambre de púas y la verja electrificada, los perros adiestrados en la caza del hombre, ¿adónde irían?,  ¿a quién pedir hospitalidad? Estaban fuera del mundo, hombres y mujeres de aire”.

Con respecto a la huída, entre otras cosas dice que muchas amenazas de entonces, que hoy nos parecen evidentes, en aquél momento estaban veladas por una deseada incredulidad, por verdades consoladoras, generosamente intercambiadas. Y hace una contrapregunta crucial en nuestros días: “¿Con qué seguridad vivimos nosotros?”. La amenaza es distinta de la década de los treinta; menos próxima pero más vasta. “Tener un pasaporte y un visado de entrada es mucho más fácil de lo que era entonces ¿porqué no nos vamos, porqué no salimos de nuestro país, porqué no huimos antes?”.

Es imposible resumir en unas pocas líneas la sabiduría,  los momentos de desgarrada amistad (en los días más negros de Auschiwtz sintió que recobraba su condición humana gracias a la ternura de la amistad, a unos versos de Dante), la desolación y la esperanza (sí: la esperanza) que transmite la obra. Y su riqueza literaria también. Sencillamente, hay que leerlo.

Y recurro una vez más a las palabras de Muñoz Molina: “La voz que empezó a contar en 1947 no se ha callado con la muerte, sigue actuando sobre nosotros como él había deseado, como rememoración y advertencia. Casi nadie ha contado el infierno con tanta claridad y hondura como Primo Levi: casi nadie ha resaltado la sagrada dignidad de la vida, el impulso de inteligencia y piedad que incluso en medio del horror nos da la oportunidad de seguir siendo plenamente humanos”.