Miles de millones alrededor del mundo despertaron ayer muy asombrados tras la victoria de Donald Trump.

Tal vez muchos más aunque fuera de forma inconsciente, consideraban como una posibilidad cierta que el millonario y protagonista de un reality show se convirtiera en el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos.  Se pudo apreciar ese nerviosismo en las últimas semanas o quizás hace poco más de un mes, con el marcado apoyo de celebridades del cine, la televisión y la música en un spot que combinaba humor con un claro mensaje a no votar por Trump.

En los últimos días, Hillary Clinton volvió a invertir dinero de su campaña en el Estado de Virginia, llevando a cabo actividades de promoción de su candidatura. Desde hacía meses la ex Secretaria de Estado y su campaña habían tomado la decisión estratégica de retirarse de ese Estado y no continuar con las actividades electorales allí, ya que todo parecía indicar que Clinton se impondría en Virginia fácilmente. Evidentemente algo cambió y eso fue percibido por la campaña de la candidata Demócrata, por lo que a pocos días del día de  la elección las actividades proselitistas en favor de Clinton se reanudaron en Virginia, Estado que finalmente ganó la Demócrata pero que durante gran parte del escrutinio parecía que éste se inclinaba en favor de Trump.

También otras celebridades comenzaron a apoyar públicamente a Hillary Clinton a medida que se acercaba el día de la votación. Robert De Niro lo hizo desde un video en el que insultaba sin pelos en la lengua al magnate millonario, al tiempo que instaba a no votar por él.

Otras figuras del espectáculo se expresaron desde las redes sociales  y también actuando en presentaciones de la ex Secretaria de Estado. Madonna, Beyonce, Bruce Springteen fueron ejemplo de esto último —aunque su apoyo no resultaba una novedad—. Tal vez sí haya sido sorpresa la aparición del destacado basquetbolista Lebron James, al mostrarse en uno de los últimos actos de la campaña de Clinton pidiendo a los estadounidenses que votaran por ella.

Esa maniobra se sintió para muchos como un manotazo de ahogado de parte de los Demócratas, al percibir  que Trump estaba cerca de Clinton.

Lo cierto es que desde julio del presente año ya existían señales de que si bien la chance de Trump de alcanzar la Casa Blanca parecía difícil, no resulta alocadamente imposible. El nuevo presidente electo de Estados Unidos dejó por el camino a nada más y nada menos que a 16 candidatos que arrancaron la campaña por las primarias Republicanas. La gran mayoría de ellos con experiencia previa en política, y que ocupan desde hace años cargos en el Congreso o en altos mandos jerárquicos de algunos Estados. Por ejemplo Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey desde 2010; Jeb Bush —hermano menor de George W. Bush—, gobernador de Florida entre 1999 y 2007; Rand Paul, senador por el Estado de Kentucky desde 2011—; Marco Rubio senador por el Estado de Florida desde 2011; Ted Cruz, senador por el Estado de Texas desde 2013 —declarado evangelista, lo que resultó un atractivo para muchos Republicanos en especial del Tea Party—, candidato que hasta último momento le disputó a Donald Trump la elección como presidenciable.

Más allá de discrepar con el discurso de odio que utilizó Trump desde que comenzó a competir en las primarias contra sus compañeros de partido, es innegable que llevó adelante una campaña extraordinaria. Su no respuesta en el tercer debate diciendo que no se iba a pronunciar respecto a si reconocería el resultado de las elecciones si le tocaba perder, no fue la primera tradición política que el millonario desairaba. En uno de los debates entre todos los Republicanos que se disputaban la candidatura a presidente por ese partido, el moderador finalizó la noche con una última pregunta formulada en forma general a todos los candidatos; les preguntó si en caso de perder las primarias apoyarían al vencedor y no se presentarían como candidatos independientes. El único que respondió que si no ganaba las internas no descartaba presentarse como candidato independiente fue Donald Trump; eso le valió la condena de todos sus contendientes.

Una de esas figuras importantes que tuvo fuertes cruces con Trump fue Paul Ryan, actual diputado y vocero de la Cámara de Representantes —también acompañó como candidato a vicepresidente a Mitt Romney en las elecciones nacionales de 2012—. Algunos analistas sostienen que esas marcadas diferencias con el recién electo presidente, pueden llegar a costarle a Ryan su puesto como vocero de la cámara en la que oficia como diputado por el Estado de Wisconsin desde 1999; es que se sabe que Trump no acepta apoyos tímidos o a medias y mucho menos los desaires.

El millonario tampoco contó con grandes apoyos financieros como otros candidatos Republicanos en elecciones anteriores, o por lo menos no tan grandes. De hecho, no recibió los 889 millones de dólares que los hermanos Koch y su red —un grupo de millonarios que pagan 100 mil dólares al año para pertenecer a ésta— habían prometido volcar a la campaña del candidato Republicano que triunfara en las primarias. Sin embargo, los Koch —magnates de la industria de combustibles fósiles y habituales donantes del Partido Republicano— decidieron escuchar los pedidos de muchos millonarios que integran su red, y se negaron a financiar la campaña Republicana al poco tiempo de que Trump fuera proclamado como candidato a presidente. Uno de los principales motivos es la razón por la que muchos no consideran a Trump un Republicano: su fuerte discurso proteccionista que choca contra la tradicional reivindicación del libre mercado que defiende el Partido Republicano.

Ahora que Trump ya aseguró su llegada a la Casa Blanca, aunque su partido haya mantenido la mayoría en ambas cámaras del Congreso no la tendrá fácil para lograr fácilmente la aprobación de sus iniciativas. No sólo se encontrará con la oposición natural de los Demócratas, sino que también deberá sobrellevar las trabas que eventualmente puedan plantearle legisladores de su partido. Por eso resulta fascinante la victoria de Trump. Es difícil pensar que antes de que él pisara la escena política, algún candidato pudiera no sólo sobrevivir y llegar a disputar la presidencia sino incluso ganarla, habiendo mantenido durante toda la campaña una retórica discriminatoria, xenófoba, racista y misógina —de la cual habrá que ver si realmente la siente como propia o fue un recurso para captar el núcleo duro de los Republicanos—, a pesar de que salieran a la luz grabaciones suyas con palabras denigrantes hacia las mujeres, de no responder si reconocería el resultados de las elecciones en caso de perder, e incluso habiendo recibido el apoyo público del Ku Klux Klan, el cual Trump no rechazó inmediatamente.

Una vez entrada la noche del martes y con un Trump que ya pintaba para ganar, un analista estadounidense expresó que no sería mala idea plantear una discusión sobre los hábitos televisivos de los ciudadanos de ese país. Hay que recordar que desde 2004 a 2015, Donald Trump condujo el exitoso reality show The Apprentice (El Aprendiz) —en su formato original y también con algunas variantes—, lo cual contribuyó a convertirlo en una cara conocida tanto en zonas urbanas como rurales de todo Estados Unidos.

Quizás algunos se hayan sorprendido en demasía por el resultado de las elecciones del país del norte, por no estar al tanto del gran rechazo que provoca en varios estadounidenses la figura de Hillary Clinton. Por estas latitudes se conocieron muy pocos de los escándalos que la involucraron; por ejemplo el que involucró a su esposo con la entonces becaria Mónica Lewinsky, o más recientemente el conocido como “Emailgate”, que saltó a la luz el año pasado con más de 30 mil emails sobre asuntos de Estado enviados por Clinton desde un servidor privado, en lugar de hacerlo desde servidores del gobierno que cuentan obviamente con protocolos de seguridad contra hackers. Pero otros escándalos han puesto en la mira al matrimonio Clinton y a Hillary en particular: el escándalo Whitewater, una controversia generada por negocios inmobiliarios realizados por el matrimonio Clinton; acusaciones contra ellos una vez llegados a la Casa Blanca, por uso indebido de la agencia impositiva estatal para perseguir a oponentes políticos y hostigar a las supuestas víctimas de avances sexuales de Bill Clinton; el escándalo “Travelgate”, una maniobra de los Clinton clausurando la agencia de viajes de la Casa Blanca y contratando a una firma con lazos con el matrimonio para que se encargara de la coordinación, reserva y compra de los viajes de los funcionarios de gobierno; el “Pardongate”, escándalo en el que Bill Clinton emitió una serie de perdones controversiales, a personas que cometieron delitos contra el Estado como evasión de impuestos, entre otros. Muchos de esos “perdonados” eran representados por abogados ligados a la Casa Blanca; además, la exesposa de uno de ellos realizó grandes contribuciones en el año 2000 a la campaña de Hillary Clinton por el senado. Uno de los escándalos más recientes fue el conocido como “Bengasi”, llamado así por la ciudad de ese nombre en Libia en la que el 11 de setiembre de 2012, el consulado estadounidense recibió un ataque organizado de extremistas islámicos en el que murió el embajador de Estados Unidos y otros tres ciudadanos de ese país. Al poco tiempo del ataque se supo que el Departamento de Estado —en ese momento con Hillary Clinton a la cabeza—, había rechazado solicitudes de seguridad adicional para ese consulado.

Esos son sólo una muestra de los escándalos que forman parte de la vida de la candidata Demócrata derrotada por Trump; existen otros de mayor y menor entidad, protagonizados exclusivamente por ella, por el matrimonio, o exclusivamente por Bill Clinton. Pero en última instancia, todos han afectado su imagen en mayor o menor medida. Daría la impresión de que los Demócratas subestimaron el impacto de esos escándalos en la percepción del púbico sobre Hillary Clinton.

Además de la mala imagen de la ex secretaria de Estado y del reclamo de la clase trabajadora a la elite política de Washington por haberse olvidado de ellos, —argumento este último repetido hasta el hartazgo para explicar la derrota de Clinton y los votos impensados que recibió Trump—, otro aspecto que parece haber sido mal cuantificado por los Demócratas fue el gran descontento de los seguidores de Bernie Sanders con la maniobra de la presidente del Partido Demócrata Debbie Wasserman Schultz, que envió emails en secreto a los delegados encargados de decidir entre Clinton y Sanders el candidato a presidente por el partido, en los que recomendaba votar por la ex secretaria de Estado. En otros correos electrónicos, Wasserman Schultz avisaba al jefe de campaña de Clinton sobre los actos que Bernie Sanders tenía planificados y sobre qué temas hablaría en ellos.

La operación fue puesta al descubierto por Wikileaks, que luego de hackear esos emails los hizo públicos, lo que provocó la renuncia de Wasserman Schultz como presidente del Partido Demócrata.  Se calcula que gran cantidad de los votantes de Sanders no acompañaron a Hillary Clinton, sino que volcaron su voto hacia uno de los candidatos independientes que con nulas chances de acceder a la presidencia también compitieron por ella.

Además de estos aspectos, tampoco parece haberse tenido en cuenta el fenómeno conocido como La espiral del silencio, descrito como teoría por la politóloga alemana Elizabeth Noelle-Neumann. Según ésta, la opinión pública tiene tal poder, que cuando algunos individuos sienten que una determinada posición es la dominante en el círculo social en el que se mueven, tienden a adaptar su posición a la de los que ellos visualizan como mayoría y  no manifestar su verdadero sentir hacia un candidato o sobre un tema que es objeto de discusión pública. Son circunstancias como estas las que hacen que a veces las encuestas pisen en falso, y conforman algunas de las situaciones contempladas dentro del llamado “margen de error” que manejan las encuestas; por supuesto que una vez en la privacidad del cuarto, cabina o mesa de votación el elector sufraga a conciencia, provocando en ocasiones sorpresas como las del martes a la noche. Este año ya se había podido observar consecuencias de este fenómeno en el referéndum por el Brexit y en el plebiscito en Colombia para ratificar el acuerdo de paz con las FARC.

Los Republicanos han recibido un regalo de Navidad anticipado. Con el control del Congreso y un miembro de su partido ocupando la Casa  Blanca, pueden asegurarse no sólo la aprobación de leyes con una facilidad como no se recuerda desde hace tiempo, sino también hacer valer frente a los Demócratas las posturas de vida que —por lo menos en los últimos años— los distancian de estos. Ahora peligra el aborto legal en varios Estados del país del norte. No sólo porque Donald Trump en su campaña anunció una importante reducción de la financiación federal a Planned Parenthood —una ONG de origen estadounidense con clínicas en distintos países, que asiste a mujeres que desean realizarse abortos, pero que también colabora con la investigación y educación sexual reproductiva—, sino también por posibles decisiones de la Corte Suprema.

Este año falleció Anthony Scalia, uno de los juristas más conservadores del máximo órgano judicial. Los Republicanos lograron evitar que el presidente Obama nominara a un candidato —obviamente más inclinado hacia el pensamiento Demócrata—, argumentando que desde hacía aproximadamente 70 años no se nombraba a un juez de la Corte Suprema durante un año electoral. Eso no era cierto, pero igualmente los Republicanos se salieron con la suya. De haber ganado Clinton, seguramente el candidato que ella hubiera propuesto al Congreso —que debe aprobarlo— habría sido de corte liberal, lo que hubiera significado el mantenimiento de ciertos derechos sociales conquistados como por ejemplo el aborto, el matrimonio gay, la legalización de la marihuana —en algunos Estados—, etc. Ahora con Trump en la Casa Blanca, el candidato propuesto por el Poder Ejecutivo seguramente será uno de corte más conservador, que podría colaborar con parte de la agenda de los Republicanos y su intento de poner fin a algunos de esos derechos sociales.