Pensar la cuestión corporal a dieciséis años del comienzo del siglo XXI, es pensar en lógicas realmente muy variadas que podrían entregarnos miles de páginas de análisis. En este caso, se tratará de pensar la cuestión corporal desde la mirada de la movilidad física, pero más aún desde la mirada subjetiva de mover nuestros “cuerpos” mentales para intentar ver al mundo desde otra mirada.

Yendo de la cama al living

Situarse en tiempo y espacio es tan esencial como llevar buena música en nuestro reproductor de audios favorito cuando decidimos mover nuestro cuerpo de una ciudad a otra, y no solamente, nuestro cuerpo constantemente se está moviendo de un lugar a otro en la medida rutinaria que es la vida en sociedad, o al menos en mi vida en sociedad: me centro en Maldonado, ya que es el eje por dónde viene transcurriendo mi vida en este 2016 y a su vez me descentro en Maldonado cuando practico el extrañamiento y me dejo sorprender por historias de personas que conozco en esta ciudad, que es tan particular dada su condición de ciudad turística.

Realicé mi práctica docente en CETP-UTU, en la zona centro de la ciudad, con un grupo de personas de edad mayor bajo la consigna de “Introducción a la Filosofía” enmarcadas dentro del curso “Instalaciones Eléctricas”. Los estudiantes además son trabajadores y por lo tanto las cuestiones pedagógica-didácticas entran en juego constantemente (en las diferentes charlas sobre la pedagogía y didáctica de nuestra educación se menciona, que debemos los docentes comprender las situaciones externas al aula de cada uno de los estudiantes).

Con respecto a la institución en donde desarrollé mi práctica educativa, si bien no conocía concretamente su funcionamiento interno (si por ejemplo tiene un proyecto de centro en el cual delinear políticas educativas), se percibe por parte de docentes y estudiantes cierto hálito de desesperanza a la hora de intentar tener una mejor calidad de vida, tanto laboral como estudiantil. Es decir, los baños están rotos, hay techos que se llueven y ello dificulta el acceso a ciertos salones, ante lo cual no se puede tener clases. Y ante todas estas dificultades, el responsable de dar explicaciones es el director, (quien no tuve la oportunidad de conocer en todo el año lectivo) y sin embargo esas respuestas no existen o no son lo suficientemente claras. No es que esté insinuando que necesitemos de un dios todopoderoso que nos controle, sino que lamentablemente, tenemos en nuestra retina la cuestión de entender al orden como cuestiones de poder jerárquico.

Pero bueno, a merced de la no presencia soberana del capitán del barco, la clase y la tarea filosófica se desempeñó con creces en lo que va del año. No es necesario entrar a discutir tópicos de la didáctica de la filosofía, sin embargo, me remito a mi práctica docente porque ya lo dijo José Ortega y Gasset,“yo soy yo y mi circunstancia” (2005; 12), y olvidarme de ella sería olvidarme de mí.

Desprendernos del poder

Al decir de Foucault (1979) podemos denotar dos significados para la palabra “sujeto”: una que descubre de qué manera ese sujeto está sometido a otro a través del control y la dependencia, y otra en el cuál ese sujeto se percibe atado a su propia identidad por su subjetividad, en la cual ambas acepciones sugieren una forma de “poder” que subyuga y somete. Uno de los mecanismos de sujeción y control que ramifica su incidencia en todas las relaciones que se manifiestan en la sociedad es el saber: primeramente (vale la pena aclarar), que el mismo saber está controlado cuando Foucault nos habla de los saberes sometidos:

“Por una parte, quiero designar, en suma, contenidos históricos que fueron sepultados, enmascarados en co-herencias funcionales o sistematizaciones formales […]  De modo que los saberes sometidos son, esos bloques de saberes históricos que estaban presentes y enmascarados dentro de los conjuntos funcionales y sistemáticos, y que la crítica pudo hacer reaparecer por medio, desde luego, de la erudición. […] En segundo lugar […] con esa expresión me refiero, igualmente, a toda una serie de saberes que estaban descalificados como saberes no conceptuales, como saberes insuficientemente elaborados: saberes ingenuos, saberes jerárquicamente inferiores, saberes por debajo del nivel del conocimiento o de la cientificidad exigida. […] ese saber que yo llamaría, si lo prefieren, el saber de la gente”. (1976: 21)

Y a su vez, al respecto del saber como un elemento de poder, Rorty (1979) menciona que existen campos del saber como la filosofía del lenguaje por ejemplo, que a través de determinados mecanismos de estructura determina qué es ciencia y qué no lo es, generando por tanto un bloqueo al acceso de los “saberes de la gente” al decir de Foucault (1976), y a su vez, el campo de la filosofía estaría representada únicamente por la filosofía del lenguaje; todo aquél conocimiento que no cumpla con ciertas condiciones no se lo toma en cuenta.

Es en ese sentido “foucaultiano” que me he venido preguntando, por qué nos cuesta tanto a los futuros docentes (o al docente mismo) desprendernos de la lógica de poder-saber cuando nos paramos frente a los estudiantes y damos paso a realizar la labor educativa.

Porque más allá del respeto que debería de existir entre cualquier ser humano, parece ser que el docente tiene ese saber que debe ser “metido” en la cabeza de cada uno de los estudiantes, y esta lógica es la que los estudiantes del curso de Instalaciones Eléctricas esperaban de mí como docente y del docente titular de la materia. Tanto es así, que les ha costado desprenderse de todo aquello que traen de sus experiencias anteriores como estudiantes. Seguramente el día en que los invité a sentarnos en ronda para charlar sobre Protágoras y su relativismo les generé desconcierto y así lo manifestaban sus gestos y silencios a la hora de comenzar la temática. Y pienso que esta respuesta corporal que realizaron se debió a que no se ejerció de una manera tan tajante esa cuestión de poder que mencioné sobre el saber y que tan célebremente Michel Foucault (1979) la ha estudiado.

Esta especie de incomodidad que me corre por el cuerpo cuando me coloco frente a los estudiantes para comenzar durante cuarenta minutos a intentar charlar sobre filosofía sin entrar en la temática de poder-saber que mencioné me resulta por momentos insoportable. Porque es muy sencillo caer en la mera reproducción de contenidos (en este caso sobre filosofía) y repetir como un loro lo que fulano o mengano dijo sobre “tal o cual cosa”. La solución que una vez, confieso, se me cruzó por la cabeza fue la de salir corriendo y movilizar mi cuerpo a otro lugar para denotar que no estuve allí y que por lo tanto no hubo repetición de contenidos; pero no lo hice y decidí realizar lo más complicado: movilizar mi subjetividad del lugar de poder-saber. Es decir, dejar aquello que tengo pre-configurado en mis esquemas mentales que tenga relación con el eje poder-saber y tratar de generar nuevos mecanismos de enseñanza de carácter más horizontales.

Mover el “cuerpo mental”: una cuestión de desarraigo

La movilidad de los cuerpos es una cuestión que va mucho más que el cuerpo mismo, ya que el cuerpo a mi parecer es el mapa y terreno de nuestras existencias, vivencias, subjetividades y convicciones. Y ante la cuestión de intentar desprendernos de aquellas configuraciones mentales que se asemejen con un control del estudiante por medio del saber, considero sumamente valioso el aporte de Theodor W. Adorno en su “Educación Para La Emancipación” cuando nos habla con respecto al pasado:

“Se tiene la voluntad de liberarse del pasado: con razón, porque bajo su sombra no es posible vivir, y porque cuando la culpa y la violencia sólo pueden ser pagadas con nueva culpa y nueva violencia, el terror no tiene fin; sin razón, porque el pasado del que querría huir aún está sumamente vivo.” (1998:15).

Adorno parece decirnos que el pasado no debe olvidarse para que no se repitan ciertos acontecimientos penosos (podríamos mencionar a la dictadura cívico-militar en nuestro país); aquí rescato la cuestión del pasado porque ya lo dijo San Agustín en sus “Confesiones” (2010), el pasado habita en la memoria, y por lo tanto no debemos olvidarlo para no repetir, repetir, repetir y repetir.

Si vamos a permitir que nuestros cuerpos viajen de un lado al otro, al menos es necesario que nos preguntemos hacia dónde vamos, y si recordamos aquello que habita en nuestra memoria de seguro recordaremos a nuestros educadores de enseñanza primaria, recordaremos los contenidos y los modos de entender a la educación, o mejor dicho, el modo de entender enseñanza y aprendizaje. Si bien, tengo hermosos recuerdos de la época de escuela, me hubiese gustado que todo haya sido de otro modo, cambiando una frase por otra: “sometidos a aprender” por “jugando a aprender”. Si olvidamos, repetimos, y si repetimos no cambiamos.

“Vivir en este mundo múltiple significa experimentar la libertad como oscilación continua entre la pertenencia y el extrañamiento” es una frase del italiano Gianni Vattimo (1990; 86) que me permite introducirme en la temática del desarraigo como elemento de movilidad de los cuerpos.

Desarraigarse es harto hilarante, hasta podría decirse que escapar de la zona de confort educativa y permitirnos sorprendernos por nuevos caminos por recorrer dentro de lo educativo es ir en contra del sistema. Desarraigarse implica además de mover nuestros esquemas mentales de toda una vida, dar un golpe al mentón al sistema hegemónico que nos limita, que no nos deja mover. Porque mover nuestros cuerpos no es solo ir de la cama al living, mover nuestros cuerpos es mover nuestra subjetividad, nuestros sentimientos, emociones, deseos, y desarraigarse del sistema educativo es realmente muy dificultoso porque implicaría abandonar aquello que tanto bien nos hace: la práctica educativa desde la disciplina de la filosofía.

¿La solución final?

Cuando pensé al cuerpo como una cuestión de movilidad mental, imaginé a mi cerebro yendo despacito con mochila al hombro hacia rumbo desconocido. Lo imaginé viviendo y sintiendo como lo vive un viajero o un forastero; en ese sentido de ir vivenciando lo que vaya aconteciendo a medida que los caminos vayan llegando. Me imaginé a un cerebro sorprendido por cada cosa que vaya sucediendo, dejándose llevar por cada emoción que vaya sintiendo, deteniendo en el olfato cada olor nuevo que encuentre, dejando a merced que los sonidos de la naturaleza penetren sus oídos, amando cada paisaje que observa y cada nueva sensación que sientan sus manos.

Es en este sentido poético que pienso al cuerpo como una movilidad mental de mi condición de estudiante de profesorado de filosofía, a miras de ser docente de filosofía. Me pienso desarraigándome de todas aquellas cuestiones que tengan que ver con observar a la educación como un mecanismo de control y de superación de metas para lograr determinado status.

Me pienso, utilizando a la filosofía como eje para problematizar la vida humana, para problematizar junto a los estudiantes y nutrirnos entre todos de la construcción del conocimiento. Me pienso, generando desarraigos que nos movilicen la existencia para no solo ir de la cama al living como nos canta Charly García en esa canción tan peculiar, sino para ir del living a la cama y hacer el camino inverso. Y me pienso, finalmente, observando a la educación, al cuerpo y a la sociedad desde una mirada horizontal: con amor.


Referencias bibliográficas

Adorno, W. Theodor. (1998): Educación Para La Emancipación. Ediciones Morata S.L., Madrid.

Brenifier, Oscar (2005): El diálogo en clase. Ediciones Idea, España.

Foucault, Michel (1979): Microfísica del poder– Ediciones La Piqueta, Madrid.

Geertz, Clifford (2005): La Interpretación de las Culturas. Editorial Gedisa, Barcelona

Ortega Y Gasset, José (2005): Meditaciones Del Quijote. 2ª Edición, Editorial Catedra, Madrid.

Rorty, Richard (1979): La Filosofía y el Espejo de la Naturaleza. Editorial Catedra, Madrid.

San Agustín (2010): Confesiones. Editorial Gredos, Madrid.

Vattimo, Gianni (1990): La Sociedad Transparente. Editorial Paidós Ibérica, Barcelona.