¿Alguna vez tuvieron una pelea en un bar por la noche? ¿Qué harían si empiezan a discutir con alguien que intenta tirarles una silla por la cabeza? Las posibles reacciones son infinitas, pero quizás (sólo quizás) si está discusión ocurre entre un músico y un escritor, la pelea sea a muerte: a muerte poética, a muerte simbólica, a dejar la vida en las palabras y en la saliva. Al menos esa fue la propuesta de Jerome Salla, quien retó a Jimmy Desmond* a combatir a imagen y semejanza del boxeo: montaron un ring, se disfrazaron de boxeadores y recitaron sus mejores poemas durante los diez rounds que duró el combate. Salla se consagró campeón y sin saberlo sembró la semilla de lo que hoy en día conocemos como Slam de poesía.

Ya han pasado muchos poemas, muchas performances, muchas palabras de los viejos clubes de jazz de Chicago, a los bares, librerías o centros culturales de Montevideo y Las Piedras, en los que se realizan los Slams actualmente. El pionero del movimiento en Uruguay fue Pabloski, quien conoció estos eventos en Buenos Aires, transitando los circuitos under de música y poesía. Traer al país este fenómeno que ya estaba instaurado en muchos otros de Latinoamérica implicó un gran trabajo de gestión. La labor fue diversa: desde la búsqueda de espacios que estuvieran dispuestos a abrir sus puertas a una propuesta que generaba resistencias por presentarse como una competencia, hasta generar los medios de difusión. Sin embargo, Pabloski, como tantos actores jóvenes del medio, estaba acostumbrado a la autogestión, a golpear puertas y a hacer mucho con pocos recursos materiales, por lo que estas dificultades no se consolidaron como un impedimento. Además, el apoyo de los poetas locales fue fundamental para dar vida a los Slams.

Una fuerte característica de estos encuentros es la participación activa y dinámica del público, ya que es éste quien oficia de jurado. En una primera instancia, todos los participantes comparten su poesía. Luego se selecciona a quienes pasan a la segunda ronda y entre ellos se definen los ganadores de la noche. Sólo hay tres reglas: cada poeta dispone de 3.20 minutos, se debe recitar un texto propio y no se pueden utilizar objetos.

Cuando comienzan a realizarse los Slams en Montevideo adviene la sorpresa: poetas de la calle, poetas de los bares, poetas de la Universidad, poetas de distintos ámbitos que nunca se habían visto exhortados a compartir sus universos más íntimos, empiezan a reunirse para interpretar sus textos: textos experimentales, textos recientes o textos que habían estado por años en un cajón. ¿Dónde estaban todos estos poetas? Si bien existían algunos espacios que habilitaban el encuentro, el Slam, vino a sacudir cabezas, a revitalizar la poesía y a producir una sinergia que también terminó por afectar otros espacios y la forma de hacer cultura en general.

Para empezar, los Slams promueven un tipo particular de poesía que es la poesía oral, interpretada. El hecho de que prime la oralidad en el texto, ha generado un viraje hacia lo performático, ya que desaparece la relación solitaria entre el lector y el texto. Asimismo, para los participantes, la dinámica modifica radicalmente la forma de producir y de pensar sus creaciones. La palabra poética le abre el paso al cuerpo poético: los silencios, los gestos expresivos, la música, los gritos y las miradas adquieren protagonismo en la experiencia artística.

De hecho, en ocasiones, quienes recitan en los Slams con una impronta más teatral deciden no publicar sus trabajos porque consideran que son incompletos sin su interpretación. Algunos de los participantes improvisan o se alimentan de la relación dialógica con el público. De esta manera, la libertad que brinda el formato Slam ha seducido a personas que tradicionalmente no se autodefinían como poetas: actores, dramaturgos, escritores, standuperos, performers, etc.

Los eventos son gratuitos y cualquiera puede recitar; no hace falta tener estudios que acrediten idoneidad, no hace falta una reputación sólida, haber editado un libro o haber publicado en una revista literaria. La accesibilidad y la democratización de la poesía tiene que ver con la idea subyacente de cambiar el paradigma de la cultura. Se trata de una alternativa a lo consagrado o lo instituido, que garantiza la libertad de expresión, manteniendo el arte vivo, en movimiento.

Por otro lado, si se compara la concurrencia de los primeros Slams en relación a los últimos, el cambio es innegable: el público viene creciendo a un ritmo constante gracias al boca a boca y las redes sociales. También comienzan a acercarse personas con trayectoria en el mundo artístico. Consultado sobre esto, Pabloski opina que estos cambios contribuyen a que la movida poética no quede restringida a una elite, y en este sentido se continúa trabajando a favor de su expansión. Asimismo, subraya que este crecimiento no perturba la condición alternativa de los encuentros.

De alguna manera, lo alterno está en una esencia que se encuentra en una forma de vincularse, en la búsqueda por investigar en torno a las posibilidades de la poesía oral y de generar experiencias poéticas fuertes, en un clima que se genera y que escapa a la solemnidad tradicional de algunos encuentros poéticos. Su ontología conjuga la conmoción y el humor, vira de lo repugnante a lo excelso y se sumerge en lo políticamente incorrecto, porque finalmente es el público quien lo elige o no. Y es probablemente algo del orden de lo inasible en la disposición a jugar del público, o en los riesgos que se permiten correr los poetas, lo que permite que en los Slams el todo sea más que la suma de las partes.

* Algunas versiones dicen que fue Jimmy Desmond quien retó a un duelo a Jerome Salla.