Leyendas urbanas, mitos, historias, fábulas; nuestra cultura al igual que seguramente la de todos los países, está llena de todo tipo de ficciones procedentes del ámbito social, artístico, histórico, etc.  Algunas de ellas son de creación y perpetuación puramente local, mientras que otras son compartidas —y vaya uno a saber su lugar de origen— por distintas sociedades y  culturas.

El expresidente, el vigilante, la motoneta y el estacionamiento. 

Existe una anécdota —y da la impresión de que es más la gente que opina que ésta ocurrió que la que piensa que no— que sostiene que cuando en 1995 Mujica concurrió a ocupar su lugar en el Parlamento por primera vez —habiendo sido electo como diputado en las elecciones nacionales del año anterior—, vestido con su estilo informal aparcó su Vespa en el estacionamiento del Palacio Legislativo. Instantáneamente el vigilante del predio al reparar en su modesto vehículo y en su humilde vestimenta —sin considerar ni por un momento que se tratara de un legislador electo— le preguntó: “Señor, ¿se va a quedar mucho tiempo?”. A lo que Mujica habría respondido: “Y, si no me echan… unos cinco años”.  Se puede escuchar esta misma narración con algunas mínimas modificaciones. Por ejemplo, una versión más específica describe que en la situación mencionada Mujica vestía ropa deportiva.  Lo cierto es que esa situación nunca aconteció. Mujica ya lo había aclarado previamente y volvió a hacerlo el año pasado. El expresidente comentó que no tiene idea acerca del origen de esa fábula, sin embargo, el relato en cuestión se sigue escuchando frecuentemente.

Un colonialismo anglosajón para definir “la chanchada”

Existe la creencia —originada en Estados Unidos y luego expandida al resto del mundo— de que el vocablo soez “fuck”, tan escuchado en películas de habla inglesa, habría nacido originalmente como una sigla vinculada a la realeza. Según afirma esa versión, la palabra proviene de tiempos medievales en que el sexo estaba prohibido a menos que fuera expresamente permitido por el rey. Para notificar que no se estaba violando la ley sino que por el contrario se contaba con la gracia del monarca, las parejas que recibían ese favor de la monarquía de turno colgaban en la puerta de sus hogares el cartel con la sigla F.U.C.K.: “Fornication Under Consentment of the King”. Su traducción al español sería “Fornicación bajo el consentimiento del rey”. No es posible aseverar que quien desarrolló esta interpretación haya tenido una intención tan detallista, pero da la impresión que hasta se fijó en detalles como utilizar la palabra “consentment” en lugar de “consent”. Ambas significan “consentimiento” pero la primera es el arcaísmo de la segunda.

Como sea, la realidad es que no hay ninguna evidencia que fundamente esta versión. Por otra parte, expertos en historia medieval al igual que especialistas en el idioma inglés, sostienen que no es posible —al menos por ahora— determinar con certeza absoluta el origen de la locución “fuck”. Jesse Sheidlower, autor de un libro centrado completamente en el estudio de ese término, pero más importante, exeditor del Oxford English Dictionary (Diccionario Oxford de Inglés) —el equivalente al diccionario de la Real Academia Española en nuestro idioma—, sostiene que el vocablo apareció en el idioma inglés en el siglo XV, posiblemente proveniente del alemán vulgar o el holandés.  Si bien la palabra “fuck” ya existía en el idioma inglés, su connotación era la de golpear o atacar, pero no era utilizada coloquialmente para describir el acto sexual. La palabra “swive” —expresión arcaica utilizada como verbo para describir el giro alrededor de un eje o punto fijo— del inglés antiguo cumplía esa función en la Edad Media.  Existen otras teorías acerca del origen de la palabra “fuck”, pero al igual que las anteriores, ninguna de ellas ha logrado imponerse como indiscutible.

Modificación colectiva de las obras artísticas y literarias  

La literatura no escapa a las metamorfosis impuestas por el imaginario popular. Y ya que hablamos de ello, La Metamorfosis de Franz Kafka también soportó interpretaciones — algunas de ellas erróneas—, que a lo largo de décadas de repeticiones por parte de innumerables lectores se han consolidado como si formaran parte de la obra original, cuando de hecho no ha sido el caso.

Si uno busca en Google “Gregorio Samsa” —el nombre del personaje principal de la obra del autor checo— encontrará que la mayoría o gran parte de las imágenes que aparecen como resultado de la búsqueda corresponden a una cucaracha. La realidad es que en La Metamorfosis, Kafka jamás afirma que Gregorio Samsa sea un insecto de ese tipo; pone especial cuidado en no especificar en qué insecto se convierte el personaje principal, y ni siquiera menciona semejanzas del estilo de “similar a una cucuracha” ni realiza ningún tipo de comparación entre Samsa y un insecto en particular.

Este halo de misterio que el escritor checo mantuvo a lo largo del relato, parece ser más que una interpretación procedente de una lectura atenta de La Metamorfosis. Prueba de ello es la carta que el mismo autor envió a su editor en octubre de 1915, discutiendo acerca de la figura del insecto que debía ilustrarse en la tapa de la primera edición de La Metamorfosis. A este respecto Kafka fue claro: “El insecto en sí mismo no debe ser dibujado. Ni siquiera se le debe ver desde lejos”.

En una conferencia conocida como Charla sobre La Metamorfosis, brindada en 1989 por el destacado escritor ruso Vladimir Nabokov —autor de Lolita, entre tantas obras—, éste sorprendió al afirmar que el insecto en que se convierte Gregorio Samsa es un escarabajo. El autor ruso basa su teoría en la descripción que Franz Kafka hace de ciertas partes del cuerpo del “insecto monstruoso” —como él mismo lo describe en el libro—. Para Nabokov, las piernas pequeñas del insecto, su vientre convexo dividido en segmentos, su espalda redonda y dura bajo la que se esconde un juego de “pequeñas alas” y sus fuertes mandíbulas, casi que indefectiblemente lo convierten en un escarabajo.  Esta hipótesis de Nabokov merece ser considerada no sólo por la calidad de su pluma sino también por su rigurosidad científica. Y es que de hecho, una de las facetas no tan conocidas del autor ruso fue su carrera como entomólogo en la que también se destacó. Amante de las mariposas desde que era un niño, en su práctica de esta rama de la ciencia, Nabokov descubrió varias especies de estos insectos. En 1945 formuló una teoría que sostenía que un grupo de mariposas —de la familia Polyommatus Azules- se trasladó en oleadas desde Asia hasta América durante millones de años. Sus colegas no le brindaron demasiada importancia a la tesis de Nabokov. Ésta fue ratificada en un artículo científico publicado en 2011, en el que fue mencionado expresamente como forma de reconocimiento a su descubrimiento.  Algunas especies de mariposas llevan su nombre.

En otras ocasiones, los textos de obras clásicas experimentan variaciones que simplemente obedecen a la adaptación del original a un formato determinado. El inconveniente es que cuando el formato es visual, la imagen que contemplamos pasa a ocupar en nuestra memoria el espacio de la escena como es descrita en el original. Éste es el caso del famoso cráneo que según la cultura popular Hamlet sostiene cuando pronuncia su célebre frase: “¡Ser o no ser, ésa es la cuestión!”. En el original de Hamlet esa pregunta retórica existe, como también existe la situación en que el príncipe danés sostiene un cráneo en la mano. Lo que no ocurre es que los dos hechos se produzcan simultáneamente.  Mientras que el príncipe pronuncia lo que se conoce como “Soliloquio de Hamlet” —las líneas del “¡Ser o no ser (…)!”— dentro del palacio mirándose a un espejo en la escena 1 del acto III, él sostiene el cráneo en la escena 1 del acto V mientras dice: “¡Ay, pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio (…)”.  Algunos sostienen que una posible explicación sea que en las adaptaciones teatrales, cinematográficas o televisivas se haya buscado un mayor efecto dramático fusionando ambas escenas.

Continuando con la literatura, Eduardo Galeano en El Libro de los abrazos, publicado en 1989, comentaba que la frase “Ladran Sancho, señal que cabalgamos” no figura en ningún capítulo de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha—aunque todavía gran cantidad de personas creen que sí es el caso.Al igual que ocurre con el término anglosajón “fuck”, no existe un argumento concluyente que explique el nacimiento de ese dicho. En la única parte del Quijote en donde aparece alguna narración que se asemeje un poco a esa expresión, es en el capítulo IX del libro I en donde se relata la llegada del Quijote y Sancho Panza al pueblo El Toboso, lugar en el que se encuentra el palacio de Dulcinea, la amada de El ingenioso hidalgo. En una parte del relato del arribo del dúo al pueblo se lee: “No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de El ingenioso hidalgo de la Mancha y turbaban el corazón de Sancho.”  La posición mayoritaria considera que la primera constancia de una expresión similar data de 1808, concretamente del poema Ladran —también traducido como El ladrador— del escritor alemán Wolfgang von Goethe, autor de Fausto:

En busca de fortuna y de  placeres,

más siempre atrás nos  ladran.

Ladran con fuerza…

Quisieran los perros del potrero

por siempre acompañarnos

Pero sus estridentes ladridos

sólo son señal de que cabalgamos.

Otros estudiosos, agregan que fue a partir de este poema de Goethe que el poeta nicaragüense Ruben Darío, acuñó en el siglo XIX la frase: “Si los perros ladran, Sancho, es señal que cabalgamos”, que a menudo utilizaba cuando era criticado o atacado por ser mestizo.  De todas formas, todavía no se ha logrado precisar en qué circunstancias y por qué motivos el nombre “Sancho” se coló en la expresión, pero seguramente sea la causa por la que durante tanto tiempo se haya supuesto —con excepción de aquellos que leyeron el Quijote en su completitud—, que ésta formaba parte de la legendaria obra de Miguel de Cervantes.

Otra versión interesante señalaba al reconocido cineasta Orson Welles —director y creador del clásico del cine Citizen Kane o El Ciudadano Cane en español— como el responsable de la confusión.  Desde finales de la década del 50 hasta su muerte en 1985, Welles intentó finalizar su particular adaptación del Quijote a la pantalla grande.  La falta de financiación e inconvenientes legales entre otros problemas, impidieron la concreción de su sueño.

Hace veinticuatro años en la muestra Expo 92 realizada en España, un director español de cine exhibió por primera vez el film inédito de Orson Welles. Durante un año y medio, este cineasta junto a dos colaboradores se dedicaron a conseguir los derechos legales del film —que pertenecían a la viuda del cineasta estadounidense—, y a recuperar los negativos —algunos de ellos en muy mal estado de conservación— que se encontraban dispersos en las ciudades de Roma y Los Ángeles.

El director español se encargó del montaje de la cinta y en la Expo 92 presentó por primera vez en la historia —como film completo y finalizado— esta obra inédita de Welles. La película no recibió muy buenas críticas ni tampoco fue aceptada por los fanáticos del cineasta estadounidense.

Pero tampoco parece ser este el origen de la famosa locución “Ladran Sancho, señal que cabalgamos”, ya que si bien formaba parte del guión de Welles, nunca llegó a ser pronunciada en los tomas que éste realizó a lo largo de décadas, o por lo menos no en las que figuraban en los fragmentos de película recuperados. Por lo tanto, es difícil creer que al no haber sido vista en pantalla, su presencia en el guión —un texto de lectura no de lo más frecuente en personas que son simple aficionados al cine— haya sido el motivo por el que se asocia la frase con el Quijote.