Estamos caminando hacia las plataformas de embarque de la Terminal Tres Cruces y el adiós es inminente.

La cercanía, esa sensación de proximidad y conocimiento sobre todo lo que nos rodea; se va diluyendo sobre el lienzo imaginario de un viaje que apenas comienza.

Sin embargo, esta promesa de nuevas experiencias no nos evita el sabor amargo del adiós. Dejamos muchas cosas, pero las que tocan a la puerta en estos momentos tienen que ver con los afectos, la familia y los amigos. En los últimos meses una pregunta a sido recurrente en nuestras vidas: Por qué. Por qué renunciar a nuestros trabajos y reducir nuestros departamentos a dos simples mochilas de 80 litros?

No hubo respuestas fáciles y nos fuimos respondiendo como podíamos.Que la rutina. Que el sueño de compartir un gran viaje juntos. Que la necesidad de conocer otras culturas. Pero en realidad no lo teníamos muy claro. No había una explicación concreta. Viajar por Latinoamérica y por Asia era una certeza interna y una verdad que iba más allá de lo que podíamos explicar con palabras.

Conocí a Ema en Abril de 2014. Era otoño y la vida nos sorprendió a ambos en el departamento de Maldonado, más precisamente en Piriápolis. Con el diario del lunes es fácil decir que nuestro encuentro en aquella ciudad presagiaba lo que nos deparaba el destino. Habíamos recalado en hostales diferentes pero que estaban sobre la misma calle. Ambos de visita por el día, ambos practicantes de meditación y ambos, luego lo confirmaríamos, con muchas ganas de viajar. Nuestro encuentro fue fortuito pero no menos significativo.

Pasaron dos años de aquel encuentro y en nuestro primer año juntos compartimos varios viajes; algunos por placer y otros para realizar cursos de meditación.

Mientras tanto iba madurando en nosotros la idea de largarnos a conocer un poco más lejos de lo que lo habíamos hecho hasta ese momento. Ambos compartíamos la pasión por bucear en nuestra conciencia y veíamos en este viaje una oportunidad única para seguir creciendo; pero juntos. Sentíamos que nuevas experiencias con otras culturas y otras gentes harían de nuestro viaje un gran desafío interior.

Fue así que comenzamos a planear nuestro viaje por Latinoamérica. Corría 2015 y lo primero que hicimos fue estudiar nuestras posibilidades financieras para realizarlo. Por lo pronto comenzamos a ahorrar dinero y a evaluar fechas de nuestra partida; no solo del país, sino de nuestros trabajos y nuestros departamentos.

Cuando uno planea un gran viaje y es novato en estos temas realmente no sabe todo lo que implica convertirse en “mochilero”. Desarmar tu casa, sacar pasaportes, poner documentos al día, darte vacunas que necesitarás para ingresar en algunas zonas o países, comprar mochilas que serán tu hogar por un año, calzado adecuado, bolsas de dormir y muchas otras cosas mas que hacen a una travesía de larga duración.

Aunque me tienta realizar una comparación, realmente no es lo mismo mudarte a otra casa que desarmarla. Vender tus cosas o reubicarlas en casas de familiares o amigos no se compara a ubicar todas tus cosas dentro de un camión y moverlas hacia otro barrio de Montevideo.

Para nosotros resultó un gran aprendizaje. Sobre todo cuando pudimos entender que el viaje comenzó el día en que empezamos a deshacernos de las cosas. De los muebles, de la ropa, del trabajo, de la idea de “estar” y “vivir” en un lugar determinado.

De repente todo se sentía más liviano y si bien en primera instancia hacíamos de todo un duelo; después de los primeros renunciamientos todo lo demás se entregaba hasta con una sonrisa.

Atrás quedaba la renuencia a entregar la matera que tanto amabas, o el calientacamas que guardabas con celo hasta de tu propia novia.

A medida que iban pasando los días uno entendía que este proceso resultaría uno de los más beneficiosos para alivianar la mente y “largarse a mudar”; como decían nuestros abuelos.

No menos importante fueron los intercambios con nuestra familia y amigos. Si bien los “por qué” estaban a la orden del día sobre todo en un principio. Lentamente estos dieron paso a las sonrisas desconcertadas y a las felicitaciones por algo con lo que “yo siempre soñe”.

Ellos nos alentaron una vez que tomamos la decisión e incentivaron nuestra partida con ciertas expectativas por los lugares que visitaríamos en futuro no muy lejano. Al fin y al cabo esto les permitiría “conocer” otros lugares a través de nosotros.

En algún momento escribiremos sobre las despedidas, los regalos “para el viaje” y los “piques” para el camino que se fueron juntando en el proceso previo a nuestra partida.

A medida que el Dia “D” se acercaba, todo adquiría cierta aceleración. Una Feria Americana para deshacerse de las últimas cosas. Compras de último momento, como las hojas de afeitar para una vieja rasuradora que me resultaría mucho más práctica y conveniente que las descartables. Visitar páginas de intercambios o voluntariado para asegurarse posibles alojamientos e intercambios con otros viajeros.

Obviamente existían y existen cientos o miles de páginas de viajeros que uno leía con una voracidad directamente proporcional a la partida. Allí uno podía encontrar de todo; desde piques para armar la mochila hasta recomendaciones de los lugares más recónditos y bellos del planeta. Fueron de gran ayuda y nos dieron un panorama muy fiable de lo que significaba colgarse una mochila y viajar.

Si se pondría acelerada la cosa que inevitablemente hubo amigos de los que no pudimos despedirnos y detalles de último momento que se nos pasaron por alto sin darnos cuenta.

Pero en fin, aquí estamos. Sin dudas el viaje comienza el día en que empieza a tomar cuerpo en nuestras mentes. Luego de muchos meses de planearlo, subiendo el primer escalón al ómnibus que nos verá partir hacia el resto de nuestro continente; los sentimientos son muchos y encontrados. Algo termina; el apronte y los planes. Algo comienza; la experiencia del camino como forma de vida.

Nos espera algo allá afuera, pero también aquí adentro. Argentina, Bolivia, Chile por tierra y luego volaremos a Colombia en primera instancia. Haremos experiencias de voluntariados y luego seguiremos hacia el norte de nuestro continente.

Pero no les cuento más, porque esto recién empieza y la idea es ir compartiendo todo lo que nos sucede en este viaje de dos que parece hacia afuera, pero es muy hacia adentro.

Lo único que les pedimos es que se abrochen los cinturones y disfruten del viaje. Los vamos a necesitar muy despiertos y atentos a los colores y sabores. Porque al final lo que cuenta en nuestras vidas es siempre estar en movimiento. La vida cambia y con ella cambiamos nosotros.

Hasta la próxima salida

El consejo: Tarde o temprano todos iniciamos un viaje. Ya sea un nuevo trabajo, una nueva relación o una nueva vida en alguna parte. Comenzar livianos de mente y espíritu es la mejor decisión que podemos tomar a la hora de poder absorber todo lo que esta nueva experiencia tiene para ofrecernos. Cuanto más soltamos, más espacio tenemos para albergar todo lo que está por venir.