Escribo para contar sobre un nuevo movimiento generacional en el teatro montevideano y del cual por fortuna me toca ser parte. Nada puede ser objetivo pero todo puede ser objetivable.

Para frenar un poco con la amnesia, podemos recordar que en Montevideo el teatro ha tenido sus altos puntos creativos a lo largo de todo su recorrido histórico. Así hemos llegado a la mencionada afirmación de que Uruguay es un país de ‘gran tradición teatral’. Ni puede decirse que Uruguay es Montevideo, ni puede adscribirse que Montevideo es Uruguay, aunque lamentablemente, a veces no hay más remedio y este es uno de los casos en que no hay más remedio.

La ciudad amurallada que alguna vez fue Montevideo, continúa manteniendo esos muros entre el teatro del interior y de la capital del país. Así sucede con la Historia de nuestro teatro que podría despóticamente llamarse “Historia del Teatro Montevideano”. Cierto es que algunas murallas que separan la capital del interior teatral se han derribado pero otras, por lastima, continúan siendo muros de cimientos fuertes e irrompibles. Analizaremos entonces la geografía teatral montevideana como el gran exponente teatral de nuestro país.

La pequeña Montevideo ya tuvo sus anónimos grupos de teatro ambulante y criollistas de la escena. Engendró dramaturgos empedernidos con ambiciones literarias un tanto ajenas al acontecer teatral -hoy esas dramaturgias son el acervo de la cultura dramatúrgica uruguaya-. Emergieron grupos independientes de teatro y de títeres, devenidos hoy en las instituciones teatrales del pequeño pero prolífero ‘medio teatral’ montevideano.

En la capital se fundó una escuela municipal de actores -y hoy también de diseñadores teatrales y dramaturgos- como así también se formó un elenco estable de tradición de repertorio y con poco peso político. También hubo un auge de creadores independientes y poco vinculados escénicamente entre sí, que sumó a un gran número de dramaturgos que dirigieron sus trabajos en salas del circuito y en espacios no convencionales.

Hubo otros creadores que generaron lenguajes escénicos a través de la perseverancia del trabajo en equipo, de donde a su vez comenzaron a emerger las primeras dramaturgias escénicas, tras la fuerte tradición de montajes que se escribían previamente a su escenificación.

Esta ciudad almacenó hasta ahora un panorama teatral variopinto -claro que más amplio de lo que aquí se detalla-; con algunas creaciones escapando a la censura y otras valiéndose de su derrochante libertad; unas escénicamente aristocráticas y otras un poco más rebeldes; unas con una ética bien marcada y definida, unas expresando una visión del mundo sincera y otras creaciones versionando visiones de otros y algunas más repitiendo un aparente canon establecido del aparente teatro montevideano, mientras que otras olvidaron que la ética es parte ineludible del hacer teatral.

Este medio ya tiene obras institucionalizadas que no han abandonado su representación por una o incluso más de dos décadas. La ciudad tiene su empresa de bonificación para espectadores que quieran ver mucho teatro en salas asociadas y por poco dinero. Esta olvidada por muchos focos extranjeros que en otro momento le prestaron gran atención y hoy esos faros solo atienden -desde lógicas festivaleras- a algunas obras de teatro que la cartelera montevideana no tiene hace tiempo pero que, en cambio, las carteleras festivaleras continúan programando. Así han nacido actores profesionales que tienen tres o cuatro trabajos simultáneos y en circulación, sin necesidad de estar bajo institución o compañía alguna.

La capital ha tenido también sus respetables pensadores y teóricos de la escena, que no son menospreciados por estos nuevos jóvenes creadores, a pesar de que la política teatral haya cambiado y mucho. Tampoco podríamos olvidar que Montevideo tiene una biblioteca excepcional en la región, que año tras año obtiene cientos de publicaciones nuevas y otras tantas que penosamente se pierden por falta de contención organizacional.

La Montevideo teatral tuvo sus redes de solidaridad considerables en un momento donde había que unirse y su posterior individualismo permitió pasar de ‘vivir para el teatro’ a ‘vivir del teatro’.

Con la historia inconsciente pero bien aprehendida, esta nueva generación de jóvenes creadores teatrales se anima a iniciar un diálogo a partir de sus trabajos y amistades; el modo de hacerlo y la búsqueda de un lenguaje en cada caso es bien distinta, pero que sin embargo comparte algunas características.

No puede dejar de destacarse el carácter emergente de este movimiento creativo que se empuja a sí mismo en el hacer; donde los creadores no se sienten solos en el movimiento y parecen ser consecuencia de toda esa experiencia montevideana anteriormente mencionada.

Surgen creaciones a partir de fuertes decisiones que se relacionan directamente con el hacer teatral creativo, ético y político. Si fuera un solo grupo trabajando de esta manera pasaría desapercibido o sería uno más de los grupos de otros movimientos que antes existieron. Esta nueva efervescencia incluye a varios grupos y creadores en permanente comunicación.

Comienza a percibirse una fuerza generacional que se mueve en sincronía, que acciona en conjunto para sumarse al movimiento y es por esa misma razón que ocurren algunos sucesos que antes no. Siempre ha habido jóvenes haciendo teatro, eso está claro y es verdadero, de ellos siempre vinieron los grandes cambios de lenguaje, pero esta vez hay características adjudicables y compartibles a creadores de un área generacional y todo parece vislumbrar un nuevo quiebre en los sucesos del teatro montevideano. Así que este año ha sido importante para un nuevo aroma que está abriendo camino.

Por alguna extraña razón comenzó a suceder que dentro de un mismo marco generacional, muchos estudiantes de teatro tuvieran la inquietud de dirigir y aprovecharon la oportunidad de hacerlo dentro de las escuelas, con una energía de creación poco habitual si contrastamos con otras escuelas del pasado, mucho más aferradas al actor intérprete, que va allí para que le enseñen a actuar y no para discutir el teatro. Logró salirse, casi por padecimiento, de la mirada intérprete hacia la mirada creadora. De pronto, se entendieron ciertas posibilidades creativas que ofrecía la dirección y había un gran número de directores jóvenes, que apagaban el eterno miedo del actor: ser convocado por un otro para poder actuar.

Lo que está pasando ahora es una generación prolífera que se está regalando a sí misma las posibilidades de actuar y de crear el teatro. En este nuevo empuje generacional, muchos actores y directores -e incluso diseñadores- intercambian roles y obras, pero también mantienen un círculo de personas recurrentes al que pincelan con alguna nueva participación poco habitual. Al parecer se reciclan conceptos como el de compañía por el de colectivo o simplemente pasan a llamarse intercambio laboral entre gente amiga permanente.

Lo colectivo aparece comprendido como lo inevitable y los papeles se aceptan muy a pesar de la colectivización. Se comprende el teatro como un juego bastante adictivo y se ambiciona poder estar completamente dedicado a él. ‘Del trabajo al ensayo’ y ‘del ensayo al trabajo’ son rutinas bastantes conocidas para estos grupos, que sin tanta conciencia van tejiendo su propio ‘campo’.

La autogestión es lo que los hilvana ampliamente. La investigación está presente en todas las fases de la producción porque están aprendiéndolo a hacer de un modo distinto. Los lenguajes están en ebullición sin todavía asentarse y eso también esconde su belleza. Los públicos comienzan a identificarse con estos grupos y creadores. Los premios son mayoritariamente vistos como algo absurdo que no trae ningún aprendizaje al trabajo escénico. Las salas son prácticamente descartadas. Se comparte un descreimiento por la ineficacia y el desinterés del Sindicato Uruguayo de Actores. La ideología juvenil es extirpada sin temor. Creadores jóvenes con tres o más obras en su haber es algo que sucede. Públicos que se mueven entre estas obras y se forman en nuevas maneras de espectar, también es algo que está sucediendo. Obras de referencia que muchos comparten. Angustias y sonrisas que dialogan a través de las creaciones.

El cuerpo reapareciendo como espacio narrativo y en algunos casos actores atreviéndose a cruzar hacia terrenos que propone la danza contemporánea y el movimiento. Espectáculos presentados casi que en su totalidad en zonas céntricas de la ciudad. Obras en proceso que se asocian para celebrar eventos donde recaudar dinero. Actores y diseñadores hermanados en la marea generacional. Un movimiento abierto a modificarse y artistas conscientes de que, a pesar de no sentirse miembros de algún tipo de acuerdo pactado entre grupos, conforman una nueva aparición que tiene ganas de moverse cada vez más y ser así su propia pertenencia.

Nombrarlos sería acotarlos. Ya hay aquí suficiente pista para encontrarlos y a no olvidar que con encontrar a uno se encuentra a varios.