La murga en su naturaleza esencial es una manifestación de origen supuestamente gaditano, que surge como una necesidad de expresión política, humorística y critica, lo que bien podría resumirse en un fenómeno expresivo contracultural.

La murga uruguaya en su tradición (nunca confundir con el concepto de murga que existe en la República Argentina, que es tocada en un deformado condombeado/sambado y un concepto estético completamente distinto al nuestro)  se sube al escenario de un modo irreverente con vestuarios ampulosos, cantos nasales donde intervienen melismas parodiados de la ópera, maquillajes adoptados de las máscaras venecianas y actuaciones abiertamente histriónicas.

Con el paso de los años, las necesidades expresivas de este género se han visto modificadas por diversas causas. La coyuntura social siempre ha modificado las condiciones escénicas de la murga; los progresos artísticos de sus hacedores han ido estilizando el género que reticentemente y tras mucho capricho por defender permanentemente lo tradicional (“¿qué es una murga, papá?”) fue finalmente cediendo hacia nuevos avances. Los directores escénicos comenzaron a arreglar los coros a dos o más voces, en principio a oído y después con guitarra. Tras un popular rechazo al instrumento, por considerar que era “trampa” dirigir con guitarra desde arriba del escenario, esta última fue siendo aceptada hasta nuestros días en que es prácticamente inconcebible la presencia del director sin este instrumento como guía.

Luego de que el gran enemigo político de la murga se extinguiera tras el paso de la dictadura, las agrupaciones murgueras perdieron su punto más alto de irreverencia, dejándole lugar a la fuerza crítica de los textos, mucho mas que a la critica de los escénico (esa fuerza critica que había llevado a modificar algunas cuestiones que estaban establecidas en el concepto de espectáculo murguero).

Tras la fusión político/artística de Falta y Resto, con espectáculos que se volvieron un ícono en la historia del carnaval, retornaron Los Saltimbanquis y Los Arlequines a las estructuras más tradicionales de la murga. Más adelante vendría el fuerte diálogo entre Diablos Verdes (que supo estetizar lo político y lo tradicional de maneras muy inteligentes, con gran lugar a la puesta en escena), y Contrafarsa, en manos de Edú “Pitufo” Lombardo, que poetizó la escena del carnaval, mostrando cómo el tinte político/contracultural podía soltarse a cambio de grandes momentos de belleza y emoción artística. Para ese entonces los rubros de música, escenografía, vestuario, maquillaje, puesta en escena, concepto de espectáculo… ya estaban totalmente diversificados, y el aporte de profesionales formados en el ámbito teatral y musical ya era inminente, lo que de algún modo había comenzado a influir en la profesionalización de la murga, que recordemos, en sus inicios fue esencialmente desfachatado y contracultural y ahora comenzaba a hacer sus primeras presentaciones en el Teatro Solís, rodeadas de profesionalismo un tanto establecido.

Los vestuarios ya no eran harapos ni costuras prolijas de la mejor costurera del barrio de La Teja. Ahora venían de manos de un/una profesional que diseñaba y confeccionaba en un taller junto a un equipo de profesionales, porque entre otras cosas DAECPU (Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay) ya era una entidad muy fuerte económicamente y la competencia estaba haciendo entrar cada vez a más empresas grandes que veían en el carnaval un espacio donde publicitar sus marcas registradas. Así, la competencia fue creciendo a pasos agigantados y fortaleciéndose la inversión.

Curiosamente, los tablados de barrio se fueron extinguiendo y el Estado comenzó a establecer con ímpetu sus tablados municipales. Tenfield negoció los derechos televisivos y los murguistas comenzaron a ser caras conocidas. En este panorama llegó Agarrate Catalina, aprendida de los momentos poéticos de Contrafarsa y animándose a desengolar las voces que tenían –ahora- un micrófono por cada cantante que les permitía lucir los arreglos alisados y melódicos, llevar los textos hacia temáticas más universales (ya que el público de carnaval había sido expandido al Uruguay y al mundo) y la concepción de espectáculo fue de una vez por todas desvergonzadamente teatral, sin perder el gusto por la estructura de la murga (sobre todo en los últimos períodos de Agarrate Catalina en el Concurso Oficial del Carnaval).

Ahora bien, las facetas contraculturales e irreverentes de la murga estaban definitivamente alejadas de los escenarios o al menos recicladas en otros envases. Esta historia de nuestro presente carnaval termina con dos jugadores de fútbol reconocidos de nuestro medio, comprando o alquilando títulos de murga tradicional, invirtiendo en ellas fuerte capital e instaurando una lógica de transferencias y contratos para murguistas que firman con una murga un  año y con la otra al siguiente. Se conocía la novedosa cifra de que el carnaval en algo más de dos meses se cortaba más entradas que el fútbol en un año. La actividad más popular del país ya no era un deporte sino una actividad artística.

Este establecimiento trajo la creación de un apartado al Concurso Oficial que funcionaría como, lo que en términos futbolísticos se conoce con el nombre de “cantera”, que para este caso sería para “murguistas”. Por si aún no lo han descubierto, estamos hablando del Encuentro de Murga Joven, organizado por la Secretaria de la Juventud de la Intendencia de Montevideo.

Es en este contexto del género murguero que se fundaba en 1999 una murga joven emergida de alumnos de uno de los talleres que Edú Lombardo dictaba en el TUMP (Taller Uruguayo de Música Popular) y cuyo nombre fue a derivar en La Mojigata.

Esta murga creció a pasos largos y ligeros y tras presentarse en este Encuentro de Murga Joven ya conseguía su  primera victoria, casi como un augurio paradójico de lo que sería posteriormente su carrera un tanto más profesional.

Como se ha encargado de contar alguno de sus integrantes más históricos, una personalidad importante del Carnaval uruguayo les recomendó quitar todo el plantel de mujeres y sustituirlo por hombres y los incentivó así a dar la prueba de admisión para el Concurso de Agrupaciones Carnavalescas del Uruguay. Casi como si esa fuera una oportunidad única para autodefinirse, el grupo hizo caso omiso, dio la prueba con todo su plantel femenino entremezclado con su plantel masculino y así empezaban a descubrir que ellos no venían a comportarse como el resto de las murgas. Ellos venían a buscar a hacer todo de un modo distinto, como supo hacerlo en su momento la Antimurga BCG. “Es una postura, ¿y qué?”… pensarían ellos en conjunto. Quizás sin ser tan conscientes, ellos tuvieron el honor de ser la primera murga joven en ingresar al “carnaval mayor” (como suele llamarse al concurso oficial de agrupaciones carnavalescas) y el peso de estigmatizar a buen sector de la Murga Joven que comenzó a imitar fehacientemente su estilo, algo que por otra parte va en contra de sus propios fines.

Así pasaron 11 años de bastante irreverencia y contracultura que se basó en una constante y a veces perjudicial fidelidad a sí mismos. Sus textos se volvieron por momentos muy difíciles de evaluar, con cierto peso intelectual y humor absurdo bastante críptico, que solo algunos pocos comenzaron a apoyar con ferviente entusiasmo. Los esquemas tradicionales del espectáculo murguero, organizados por una presentación, un cuplé/popurrí, una canción final, una retirada y una bajada, fueron pervertidos y provocados por esta murga en la que transitaron desde Emiliano Brancciari (cantante y líder de No Te va Gustar), Pablo “Chamaco” Abdala (ex baterista de No Te Va Gustar) hasta los humoristas Pablo Aguirrezábal y Diego “Moncho” Licio. Sus vestuarios han sido desde mamelucos hasta camisetas serigrafeadas con un smoking. Los arreglos, desde la simpleza más fogonera hasta las aperturas vocales de lo más disonantes. Los solos, que en la murga cargan el prestigio de un destaque vocal, en ellos son espacios donde romper la belleza y atacar el humor e incluso desafinar a gusto. Estamos hablando de una murga que tuvo en un mismo espectáculo cuatro directores escénicos, que dirigieron cada una de las partes del espectáculo. Estas son tan solo algunas de las decisiones que tomaron, no por mera rebeldía sino para hacer reflexionar al contexto del concurso en el que estaban inmersos y así también a la sociedad que quisiera escucharlos (que siempre ha sido un público seguidor pero segmentado).

Estas decisiones las pagaron con dos victoriosos sextos puestos -cuando su genialidad, ya no dejó alternativa- y las otras restantes nueve participaciones en que fueron “premiados” por encima del décimo puesto, entre los que se encuentran una decimoséptima y decimoctava posición.

Pero un día llego el año 2012 y la murga decidió plantar bandera y dejar de salir… hasta que aprovechándose del silencio volvieron este verano a subir al escenario del Teatro de Verano “Ramón Collazo”, por otro nuevo carnaval y a confirmar que La Mojigata ya es un fenómeno de la historia del Carnaval uruguayo.

El Regreso de la Mojigata

Este año volvió La Mojigata recordando que los estilos pueden conservarse a pesar de una gran ausencia, porque en definitiva, la manera de hacer murga que ellos encontraron es la manera que les divierte y no la pretensión de modificar el estilo de otros creadores.

Es por esto que son una murga “corrida” y no revolucionaria. Esta vez suben al escenario desde la platea y lo hacen riéndose de lo mucho que han robado de la Antimurga BCG. La energía escénica de cada uno de los mojigateros invade el escenario con humor. El rompimiento de las estructuras tradicionales vuelve a darse (claro que puede reflexionarse sobre la estructura mojigata, que ya es estructurada y flexible). Y este espectáculo 2017 vino batallando con la misma radicalidad.

En esta actitud escénica un tanto anarca y con la crítica ácida que nunca parece casarse con más nadie que la propia humanidad, la observación sistémica y la conducta social del uruguayo que anda fuera y dentro de los tablados. Como bien lo exponen, un 50 por ciento del público carnavalero quiere que la murga haga reír y otro 50 por ciento quiere que la murga critique al gobierno; entonces la ironía mojigata hace de eso una pseudo-presentación del espectáculo, que ronda sobre el verdadero dilema de la gestión versus la ideología, lo público frente a lo privado y el tan conservador lamento por la pérdida de los valores, que bien dan vuelta para recordar esos valores de baja humanidad que el ser humano está perdiendo (qué tiempos aquellos en que palmear a los niños no estaba mal visto).

La ironía reina en todo el espectáculo y disfrutará de un inteligentísimo espectáculo de murga. Quien nunca ha visto o prestado mucha atención a esta agrupación, puede quedarse tranquilo que La Mojigata volvió entera, crecida y sincera como siempre, por lo que ver la de hoy es ver La Mojigata de ayer. La retirada es lo incomprensible del espectáculo, porque eso también es La Mojigata, una zona vacía de explicación.