El pasado martes en Maldonado se inauguró el Centro de Monitoreo de Videovigilancia de esa ciudad. Entre los invitados de honor se encontraban el presidente de la república, Tabaré Vázquez; el intendente de Maldonado, Enrique Antía; el subsecretario del ministerio del Interior, Jorge Vázquez; el ministro de Defensa, Jorge Menéndez; la embajadora de Israel, Nina Ben-Ami; y el vicepresidente de la firma israelí de soluciones globales de seguridad Elbit Systems, Nimrod Ben-Meyer.

El proyecto surgió como resultado de un acuerdo de cooperación entre Uruguay e Israel firmado en 2012, y la tecnología que utilizará el centro fue desarrollada por la mencionada empresa de seguridad israelí; de allí la presencia de Ben-Ami y Ben-Meyer en el acto. El proyecto fue impulsado por el gobierno departamental y contó con el respaldo del gobierno nacional.

Quizás porque lo esperado era que el evento consistiera solamente en los correspondientes discursos de cortesía y alabanza mutua, y el tradicional corte de cinta, es que la embajadora de Israel, Nina Ben-Ami, sorprendió a todos con una inesperada salida de protocolo —calificada por algunos como sencillamente “falta de educación”— en la que se refirió a la posición adoptada por Uruguay, acompañando a 12 países también integrantes del Concejo de Seguridad de Naciones Unidas —China, Rusia, Gran Bretaña, Francia, España, Egipto, entre otros—, cuyos votos permitieron la aprobación de la resolución de la ONU que condenó los asentamientos israelíes en territorio palestino.

Cuando llegó el momento en que la embajadora debía expresar algunas palabras acerca del proyecto , con rostro compungido y en un fluido español a pesar de su acento extranjero, comentó: “Por favor, permítanme una palabra sincera en este momento, sobre el hecho reciente. Debo decir que nos ha decepcionado el apoyo que dio el Uruguay, a la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que ataca nuevamente a Israel, el único país democrático en el Medio Oriente (…)”

La decepción —sobre la cual la embajadora Ben-Ami profundizó luego de la inauguración— se debe a los lazos de amistad que Israel ha mantenido históricamente con nuestro país. Tales lazos se retrotraen al 29 de noviembre de 1947, cuando el representante de Uruguay en las Naciones Unidas, Enrique Rodríguez Fabregat, votó en favor de la Resolución 181 que aprobó un plan de partición, que dividió el territorio objeto de conflicto, en un territorio para el Estado palestino y uno para el Estado de Israel. De hecho Rodríguez Fabregat no sólo fue decisivo con su voto, sino también al momento de conseguir las adhesiones de otras naciones.

La resolución como era de esperar, contó con la aceptación del pueblo israelí pero no de los árabes —no sólo los palestinos se opusieron—. Refiriéndonos concretamente a los palestinos, ¿por qué deberían estos haber aceptado tal resolución? ¿Por qué deberían haber consentido que una nación extranjera ocupe parte de su territorio, que esto genere un conflicto violento y que para ponerle fin a ese conflicto, la ONU dividiera su territorio en dos cediéndole una de las partes a la nación responsable de la ocupación?

Hagamos el siguiente ejercicio. Si el día de mañana una parte de la población argentina decidiera escindirse de su país, constituirse como una nueva nación y crear un nuevo Estado, necesitaría sí o sí de un territorio —nación, territorio y gobierno son los elementos básicos de un Estado—. Supongamos que el territorio que eligieron para tales efectos formara parte del Uruguay, e imaginemos que como es lógico esto generara en los habitantes de nuestro país, un natural repudio que escalara a un conflicto armado. Entonces, la ONU muy preocupada propone que para terminar con el conflicto, Uruguay ceda una parte de su territorio a los ex argentinos para que estos establezcan allí su nuevo Estado. Con sinceridad, ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a aceptar eso sin algún tipo de rechazo? Probablemente una pequeñísima minoría. Si durante dos años supimos vivir al borde de la indignación porque nos bloquearon dos puentes, ¿Cuál sería nuestra reacción si nos exigieran que cediéramos parte de nuestro territorio? Entonces, ¿por qué los palestinos deberían haberlo aceptarlo? Varios —y repetidos— argumentos manejan quienes defienden la partición.

Los inquilinos de Yahveh

Durante décadas los judíos han invocado distintos argumentos para justificar su derecho a ocupar territorio palestino.

Seguramente el menos compartible sea el religioso, mencionado originalmente en el Antiguo Testamento; es decir, la decisión de Dios de nombrar a los judíos como el “pueblo elegido”, y prometerles la tierra que se convertiría en la cuna de las tres religiones monoteístas con más fieles en el mundo.

Ningún pueblo tiene por qué aceptar que otro le reclame su territorio, aseverando que el dios que venera el primer pueblo es menos importante que el del segundo o que directamente es un dios falso. Ni que hablar de los ateos, para quienes el argumento de la elección realizada por un poder superior de un pueblo en particular, sonaría como pensamiento mágico.

Otro de los argumentos —éste más terrenal— es el de que los judíos históricamente han sido el pueblo más antiguo en lo que hoy es territorio palestino, y que de hecho desde hace más de 5700 años siempre hubo judíos allí.

Eso simplemente no es cierto, y puede ser refutado por historiadores, arqueólogos, teólogos, etc. Pero si para el pueblo judío estos no fueron dignos de confianza, hay una fuente que los hebreos ni pensarían en cuestionar: la palabra de Dios.

En el Antiguo Testamento, se narra el éxodo del pueblo judío escapando de la esclavitud en Egipto liderado por Moisés a Canaan, la “tierra prometida”, de la que forman parte los territorios que hoy conocemos como Israel, Palestina (la Franja de Gaza y Cisjordania), la zona oeste de Jordania y parte de Siria y Líbano. Como relata el texto bíblico, los hebreos terminarían eventualmente aniquilando o desterrando a los cananeos; es decir, a quienes vivían allí ante que los judíos. Por lo tanto, cuando los guiados por Moisés llegaron a Canaan éste no era un territorio vacío, sino que en él ya vivían habitantes desde antes que los hebreos arribaran.

Por este motivo, el argumento del pueblo judío que sostiene que en la zona en conflicto siempre hubo pobladores hebreos, es falso. En la opinión de varios historiadores, los palestinos son descendientes de los cananeos. Por lo tanto, el argumento de los habitantes originales termina otorgándole todavía más legitimidad a la causa palestina.

Cuando un amigo se va

El voto de Rodríguez Fabregat en la ONU a favor de la Resolución 181,  no hizo otra cosa que ratificar el reconocimiento de Israel como Estado que nuestro país ya había expresado tiempo antes —Uruguay fue uno de los primeros países en el mundo en hacerlo—.  El vínculo entre Uruguay e Israel terminó de oficializarse cuando el país de Medio Oriente estableció su embajada en Montevideo; Uruguay fue el primer país de América Latina en el que Israel instaló una sede diplomática.

Ahora bien, vale la pena reflexionar sobre el concepto de amistad que manejan la embajadora y el gobierno de Israel. ¿La amistad significa una defensa a ultranza de cualquier ataque que sufra un supuesto amigo nuestro, aun cuando éste haya realizado un acto reprobable? Más que a amistad eso suena a alianza.  A efectos de evitar el enojo de Israel, ¿debe Uruguay defender acciones practicadas por el país hebreo que violan resoluciones de la ONU, así como también crímenes de guerra cometidos por esa nación?

Todo parece indicar que esa es la lógica del gobierno israelí, que a pedido del Primer Ministro Benjamin Netanyahu, mantiene en suspenso las relaciones con los países que votaron a favor de la condena a los asentamientos israelíes en territorio palestino hasta el 20 de enero, fecha en la que Donald Trump asumirá como presidente de Estados Unidos. Además, el gobierno israelí amenaza con otras posibles medidas que podría tomar contra esos países que votaron en su contra. Eso tampoco suena a amistad, sino más bien a extorsión.

¿Pero en qué exactamente Uruguay se comportó distinto a como venía actuando desde hace años en este tema? En nada. Como explicó el presidente Vázquez, en ese sentido nuestro país ha mantenido una línea de coherencia; en los últimos años en la ONU siempre ha votado a favor de la condena a los asentamientos israelíes. ¿Por qué entonces la decepción de Israel ahora y no antes? Porque Estados Unidos sorprendió a todos con su abstención y no ejercicio de su poder de veto, lo que redundó en la aprobación de la resolución que exige a Israel un cese “inmediato” y “completo” de la construcción de asentamientos israelíes en territorio palestino.

Quizás los países que votaron afirmativamente no imaginaban la abstención de Estados Unidos y por eso apoyaron la condena, o tal vez sí estaban al tanto de la posición que iba a adoptar el país norteamericano y no quisieron dejar pasar la oportunidad. Pero sea como sea, Uruguay no modificó la posición que desde hace años sostiene en la ONU en lo referente a las colonias que Israel establece en territorio palestino. Por lo tanto, lo lógico hubiera sido que la “decepción” que sintió el gobierno israelí respecto a nuestro país, hubiera sido expresada también en años anteriores.