Es frecuente ver en medios de prensa, libros de texto y otras fuentes la utilización de “raza” como un concepto para clasificar a los seres humanos, ya sea por auto-identificación con una categoría racial o de parte de un tercero, de acuerdo a rasgos físicos de los individuos unidos o no a un origen geográfico, y que puede encontrarse vinculado con una presunta predisposición a conductas particulares, como factor de riesgo para desarrollar ciertas enfermedades, como modo de denuncia de la inequidad social que algunos grupos tienen como herencia histórica, y un largo etc.

La utilización de este concepto para clasificar a las personas puede encontrarse en un ejemplo reciente, en noticias referidas a las elecciones en los Estados Unidos de América publicadas por diarios como New York Times o Washington Post, entre otros medios, todas en base al mismo estudio, realizado por el grupo de investigación de mercado “Edison Research” para organizaciones de noticias que componen el “Consorcio Electoral Nacional” (formado en 2013 por ABC, CBS, CNN, Fox, NBC y Associated Press), que consta en el análisis de las encuestas a boca de urna llevadas a cabo en forma de cuestionario anónimo por 24,537 personas, utilizando “raza” como una más entre las distintas categorías tales como “sexo”, “edad”, “educación”,”ingreso”, etc. que se utilizan para analizar el número de votantes por candidato. Concretamente “La mayoría de los votantes blancos optaron por Trump” dice una noticia publicada por la BBC el primero de diciembre de 2016, haciendo referencia al mencionado análisis. Entre los clientes de “Edison Research” que figuran en su página web, también se encuentran The Wall Street Journal, Disney, MTV, Universal Music Group, SONY Music, Warner Music Group, Samsung, Yahoo!, Google, entre otros.

Mas allá de la reflexión sobre cómo la metodología de un grupo de investigación puede incidir en la información que reproduce un gran número de medios de comunicación y su impacto sobre la opinión pública, el asunto de la utilización del color de piel como criterio definitorio de razas humanas, vinculado a su vez con un espacio geográfico determinado, se trata de un aspecto interesante para analizar. “Blanco, Negro, Hispano/Latino, Asiático, Otro” son las supuestas “razas” humanas presentes en los Estados Unidos de América según Edison Research.

Mientras tanto en Uruguay, el Censo 2011 incluye la categoría “étnico/racial” a través de la auto-identificación, preguntando a la persona si cree tener ascendencia “afro o negra”, “asiática o amarilla”, “blanca”, “indígena” u “otra”, pudiendo la respuesta ser positiva o negativa para cada caso, preguntando en caso de responder positivamente en mas de uno, cual creía que era su ascendencia principal, existiendo la opción “ninguna” e “ignorado”. Podemos ver aquí que el color de piel y un espacio geográfico mas o menos determinado vuelven a ser los criterios clasificatorios, en categorías muy similares a las vistas en el ejemplo anterior. El “Manual del censista” del Instituto Nacional de Estadística (INE) de Uruguay, define la ascendencia étnico racial de la siguiente manera: “origen o procedencia étnica racial que corresponde a una construcción social basada en las diferencias fenotípicas de las personas”.

No es la intención hacer un comentario sobre la discusión acerca de la existencia de razas humanas, pero sí exponer algunos planteos interesantes. En su trabajo “Razas biológicas humanas” de mayo de 2013, Alan Templeton, genetista y estadístico de la Universidad de Washington, sostiene la inexistencia de las razas desde un punto de vista biológico y plantea que el color de piel, el rasgo adaptativo local mas comúnmente considerado por las culturas europeas como un “rasgo racial” en los seres humanos, responde al índice de radiación ultra violeta (uv) del ambiente y la generación de mayor o menor melanina para evitar el daño celular producido por la radiación. Como ejemplo, menciona que los nativos que viven en África tropical y Melanesia son los de piel más oscura, debido al alto índice uv de dichas regiones. Como viven en extremos opuestos del mundo, están mas diferenciados genéticamente que cualquier otra población humana, por lo que el color de piel no es un indicador fiable de la diferenciación genética global o de la evolución histórica.

En 2009, el ministerio de Educación y Cultura realizó el proyecto “Hacia un Plan Nacional contra el Racismo y la Discriminación”, en el marco del compromiso asumido frente a Naciones Unidas sobre este tema. En su informe final, la Dra en Antropología Social, Pilar Uriarte, realizó el trabajo “Mecanismos de discriminación con bases étnicas”, expresando que “los componentes étnicos de una población pueden ser medidos de forma diferente, en términos culturales, genéticos, demográficos o históricos, obteniendo resultados diferentes y con consecuencias históricas, sociales y políticas diferentes”.

Por lo tanto, se entiende fácilmente que el criterio utilizado para definir las mencionadas categorías étnico/raciales no solo ignora la ausencia de bases biológicas para la utilización del concepto de raza, si no que se basa en uno de entre tantos posibles aspectos en los que se puede medir el componente étnico.

En Uruguay, el ser “europeo” ha sido una noción fundamental en la construcción indentitaria cultural nacional, enfatizando la idea del “exterminio indígena”. El Censo de 2011 indica que el 90.8% de la población considera tener ascendencia “Blanca”; 4.9% “Indígena”; 7.8% “Afro o negra”; 0.5% “Asiática o amarilla” y 0.2% “Otra”. La Dra Mónica Sans, actual coordinadora del Instituto de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, en su trabajo  “«Raza», adscripción étnica y genética en Uruguay”  realizado en 2009, expresa que la información genética en la población muestra un componente “6% africano y 10% indígena, mientras que la ancestría por línea materna sube estos valores a 10% y 31% respectivamente”.

Los estudios fueron realizados identificando algunas regiones del ADN conocidas como Marcadores Informativos de Ancestría (AIMs por sus siglas en Ingles), tanto biparental (ADN nuclear) como uniparental (principalmente AND mitocondrial), que son variaciones en ciertas regiones del ADN que muestran diferencias (muy pequeñas en comparación con el tamaño del genoma) entre poblaciones de distintas regiones geográficas, por lo que se puede utilizar para determinar la ancestría genética de los individuos, pero no posibilita la clasificación de los mismos en categorías del tipo “étnico/racial”. Esto resulta de un límite comúnmente utilizado en biología, donde dos grupos raciales se definen como existentes si el 25% o más de la variabilidad genética dentro de la especie se encuentra presente en la variabilidad genética entre los grupos que se busca definir como razas. La variación genética entre cinco grandes grupos de distintas regiones geográficas (supuestas “razas”) representa solo el 4.5%, mientras que 2.5% refiere a variaciones entre poblaciones pertenecientes a un mismo grupo geográfico, siendo el 93.2% de la variación genética humana correspondiente a diferencias entre individuos.

A través de los datos, se puede apreciar claramente una diferencia sustancial entre la ascendencia determinada genéticamente y el grupo “étnico/racial” autoidentificado. Quizá el caso indígena sea el mas claro: mientras 4.9% de los encuestados considera tener ascendencia indígena, un tercio de la población posee un antepasado materno indígena. Este aumento a través de la linea materna se explica por las uniones que se dieron entre hombres europeos y mujeres indígenas.

A modo de conclusión, la definición de razas utilizada por los medios e instituciones parece no contar con sustento biológico y responder mas bien a una construcción social basada en los prejuicios sobre los rasgos de los individuos, que además carece de vínculo con el origen geográfico de los componentes genéticos la población. Resulta interesante pensar cómo y porqué el importante aporte genético indígena presente en Uruguay no encuentra un correlato en el imaginario social o en la noción de identidad que fue medida en el último censo de 2011