La victoria de Donald Trump en las recientes elecciones americanas guarda una lógica perfecta. El candidato republicano ha sido votado por 700 mil personas más que su rival, lo cual es de esperar cuando ha sido apoyado públicamente por figuras de renombre mundial como el actor Denzel Washington o el Papa Francisco Segundo. Asimismo, sus rivales también han colaborado con el magnate: la propia Hillary Clinton había alentado la candidatura presidencial de Trump hace pocos años; el escándalo que salpicó recientemente a Clinton y su fundación tras el acuerdo armamentístico realizado con ISIS fue un duro revés del que la demócrata no pudo recuperarse.

Para muchos usuarios de las redes sociales que leen este tipo de noticias diariamente, el resultado de las elecciones no esconde ninguna sorpresa. Por supuesto, estos mismos usuarios ignoran que la sorpresa se oculta en el lugar menos pensado: todas estas noticias mencionadas antes refieren a hechos que jamás ocurrieron realmente. Sin embargo, ¿son estas noticias verdaderas?

                Noticias falsas

En principio no se trata de nada nuevo: la intención de informar de manera masiva mediante la difusión de hechos falsos o inexistentes es un fenómeno que probablemente nos acompañe desde la creación de los propios medios de comunicación. Si bien resulta difícil rastrear el origen de muchas informaciones falsas, se puede intuir que su histórico oportunismo y crecimiento en momentos de efervescencia electoral responde claramente a intereses guiados desde lo político o económico. Sin embargo, es en estos tiempos de comunicaciones instantáneas, de globalización vertiginosa, de redes sociales virtuales multitudinarias (en otras palabras: de un internet de alcance casi total; al menos en occidente), que las noticias falsas han cobrado un auge nunca antes visto. Algunos de los ejemplos más notables incluyen la aceptación oficial por parte de Irlanda de emigrantes americanos que demostraran ser refugiados políticos huyendo de Donald Trump; el ajuste presupuestal de Obama en detrimento de veteranos de guerra y en favor de refugiados sirios; o que un agente del FBI relacionado a los correos electrónicos filtrados de Hillary Clinton fue sospechosamente hallado muerto en su departamento. Este puñado de noticias fue compartido más de cinco millones de veces tan solo en los Estados Unidos.

Muchos medios especializados (entre ellos, revistas como The Economist, o el periódico independiente The Guardian) afirman que mediante su fácil difusión en la web, las noticias falsas han ejercido una influencia determinante en la opinión pública en recientes campañas electorales, como el plebiscito por la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, y en las elecciones presidenciales estadounidenses. Más concretamente, se refieren a la facilidad con la que las redes sociales ofrecen una plataforma ideal para la divulgación masiva de este tipo de noticias.

Recientes encuestas han demostrado que más del 60% de los adultos norteamericanos leen noticias a través de las redes; cinco de cada diez usuarios de Twitter tienen como principal proveedor de noticias a este medio, seis de cada diez usuarios para el caso de Facebook e incluso siete de cada diez para Reddit. A esta masividad se suma el hecho de que, debido a su programación, el propio funcionamiento de muchos de estos sitios (incluyendo a Google y su motor de búsqueda) tiende a articularse de acuerdo a los gustos probables de los usuarios. Esta característica que en principio podría resultar agradable, ya que solo accedemos a contenidos que probablemente aprobemos, genera las llamadas “burbujas virtuales de opinión”, las cuales aumentan las posibilidades de compartición de noticias falsas y sesgan a los usuarios de la posibilidad de escapar de ese propio círculo de noticias.

Asistimos a la construcción de una percepción del mundo que es falsa, y es considerada solamente por ser cuantiosamente leída y compartida. Las noticias falsas han demostrado tener la capacidad para erigirse como estructuras argumentales constructoras de afirmaciones aún más contundentes que son usadas por algunos actores protagonistas, transformando mediante su uso, la propia realidad.

Posverdad

Durante 2016 se ha popularizado el neologismo “posverdad” (post-truth). Este concepto elegido como palabra del año por el diccionario de Oxford (equivalente al diccionario de la Real Academia Española), significa la “denotación de circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. En otras palabras, refiere a la consideración de afirmaciones que se “sienten verdad” pero no se apoyan en la realidad.

Puede tratarse de una mentira asumida como verdad o incluso una mentira entendida como mentira, pero llevada en su forma de creencia a erigirse como un hecho compartido y apropiado por parte de una sociedad. Si bien la historia académica lo vio nacer en 1992 – plena guerra del golfo – y mantiene en un imaginario artístico más lejano a partir de la novela “1984” de George Orwell, es en estos tiempos de masividad virtual y agitación política que su uso se ha elevado más de 2000%, de acuerdo a los editores del diccionario inglés.

En cualquier caso, podría también entenderse al fenómeno de posverdad como la consecuencia esperable de la cultura incipiente de las noticias falsas, puestas al servicio de actores con intereses políticos concretos. No sorprende, por ejemplo, encontrar a la campaña en favor del Brexit popularizar cifras falsas alarmantes  (la cuota de membresía como integrante de la Unión Europea) pero que sometidas a la contrastación con los hechos reales son defendidas como “hechos alternativos”.

Al momento que los fact-checkers (chequeadores de hechos) llegan a la discusión, y en definitiva desenmascaran las informaciones falsas, la popularización, el sentimiento, y especialmente la creencia proveniente de las informaciones falsas, ya han hecho mella en la opinión pública, y de poco sirve que exista una realidad objetiva que contradiga lo ya entendido por todos.

Quizás otro ejemplo muy claro sea el del enfrentamiento entre Trump y el New York Times que tuvo lugar en Twitter. A través de su cuenta, el republicano publicó información acerca de la aparente pérdida de suscriptores que el medio liberal había experimentado en el último tiempo como producto de su “(…) pobre e imprecisa cobertura del ‘Fenómeno Trump.’” El diario inmediatamente desmintió esa información ofreciendo cifras acerca de un aumento de suscriptores en los últimos meses. Por supuesto, la cuenta de Trump en Twitter tiene 15 millones de seguidores; la del New York Times, apenas 2 millones. Entonces, para la creencia popular, ¿el New York Times perdió seguidores o no? ¿Cuál es la verdad?

                Algo más allá y bastante más acá

Sería muy fácil  expresar rechazo inmediato ante toda esta maquinaria mejor o peor definida anteriormente, y pensar simplemente que se tratan de mentiras tendidas como trampas por sujetos con claros intereses personales. Pareciera que se trata de un asunto en el que la corrección moral obligaría desenmascarar este tipo de noticias cuya falsedad se muestra casi que evidente. Quizás más: podríamos incluso llegar a creer en teorías algo más conspirativas, tanto más paranoicas, y suponer que se trata de verdaderos conglomerados de intereses, partidarios y económicos, que hacen girar al mundo y que en definitiva guían la opinión pública en absoluto provecho de sus ventajas. Probablemente todo esto no se encuentre muy alejado de la verdad, pero el fenómeno, si se lo piensa, es mucho más complejo y muy fácilmente podemos encontraros con problemáticas actuales que problematicen nuestro propio entendimiento de la verdad y la realidad.

Después de todo, y desde un punto de vista socia-histórico, ¿acaso no se ha escrito la historia desde la mirada de algunos hechos en detrimento de otros? Más aún: ¿Es que no se han construido civilizaciones (la occidental, nada menos) a partir de axiomas no existentes en realidad? ¿Cuánto hay de cierto, y de recurrente, en la afirmación de Goebbels de que una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad? Entonces, ¿Es “la verdad” sinónimo de “realidad”?

El punto ya no parece ser si un hecho tiene asidero objetivo o no, si una noticia es verdadera o falsa; el punto es qué percepción ofrece sobre la realidad y cómo eso incide en el entendimiento colectivo del mundo y en las acciones que tomamos frente a él.

Esto lleva a algunas preguntas más comprometedoras aún: como sociedad, ¿debemos defender la objetividad? ¿Es fácil distinguirla? ¿Es que tenemos, como ciudadanos, una responsabilidad ante la producción y reproducción de información? Algunos ejemplos que nos involucran como uruguayos hablan de una percepción ante la seguridad ciudadana que no se condice con los números objetivos a nivel regional (Chile y Uruguay siendo los países con mejores índices de niveles de inseguridad pero con niveles más bajos de percepción). ¿Cuál es la verdad en este caso?

Y desde un punto de vista individual. ¿No tendemos de forma inconsciente a considerar como verdaderas afirmaciones que suelen ser falsas? ¿No nos han sorprendido más de una vez los números ante una percepción sobre el mundo que pensábamos verdadera? ¿No es cierto que nuestra memoria es apenas una reconstrucción dinámica y ciertamente no objetiva de un pasado que duramente podemos recordar? ¿La psicología cognitiva no plantea, incluso, que nuestro entendimiento del mundo no es la consideración de los hechos por sí mismos, sino la representación y el lugar que damos a esos hechos? En suma, podría argumentarse que nosotros mismos, debido a nuestra conformación como seres humanos, somos proclives al establecimiento de verdades que, en gran medida, no se condicen con hechos ocurridos exactamente en la realidad. ¿Es este fenómeno tan preocupante e influyente desde lo político y tan ajeno a nosotros como creemos?

Quizás lo realmente poderoso del asunto es la posibilidad para abstraerse de los casos individuales y pensarlo como un fenómeno que indague profundo en nuestras propias nociones de verdad y falsedad. La reflexión sobre estas temáticas puede acercarnos a un uso algo más responsable de la información que producimos y reproducimos día a día. Llegaría incluso a entrenarnos en un pensamiento crítico que no nos deje a merced de falacias deliberadas que cambian nuestra percepción y accionar sobre el mundo. Pero sobre todo, el pensar este tipo de cuestiones como algo que nos atraviesa día a día nos permite entendernos como individuos menos poderosos de lo que nosotros creemos, y es en ese ejercicio de humildad que podemos cuestionar como sociedad nuestro pasado y nuestra proyección hacia futuro. Después de todo, ¿cuál es o qué es la verdad, aquel hecho objetivo que ocurre en la realidad o aquello en que en definitiva creemos?