Carlos Silveira – Cali para sus amigos alrededor del mundo- hace más de una década que vive viajando y no ha permanecido más de un año en ninguna parte. Su acento se ha tornado indescifrable, parece casi neutral, aunque sea el resultado de una elección de vida que es todo lo contrario. Y aunque se niegue a hacer planes a largo plazo y deje que sus decisiones se vean influenciadas por lo que acontece a su alrededor -en donde encuentra pistas infalibles para su devenir- no hay indiferencia en su accionar, sino una profunda búsqueda. De hecho, no existía persona en su entorno con una forma de vida similar a la que hoy lleva y tal vez la inercia lo habría conducido a ser todo lo que hoy evita. Pero quizás fue esa necesidad de explorar lo que lo llevó a cruzar por tierra todo América Latina y a rechazar la estabilidad que tantos otros persiguen.

Para algunos lleva una vida muy “fácil” y para otros muy “dura”: lo alterno siempre despierta dudas y prejuicios. Pude conversar con Cali sobre las libertades que no está dispuesto a conceder y sobre las dificultades que eso genera en una sociedad concebida para privilegiar valores antagónicos a su estilo de vida, como la acumulación de bienes o el trabajo estable. Habiéndose criado en un asentamiento del barrio Casabó, el malabarista de treinta y un años mantiene una postura crítica al sistema hegemónico y concibe su estilo de vida como una forma de resistencia.

Algunas personas creen que para viajar se necesita mucho dinero. Pero Cali cuenta como más de una vez llegó a una nueva ciudad sin un peso. Y es que le alcanza con encontrar una plaza pública o un semáforo para agarrar los malabares y comenzar su actuación a la gorra. Ese es el privilegio del artista callejero: tiene el mundo entero para trabajar. Luego, a lo largo de los años, su ruta sin destino lo ha llevado a encontrar distintas formas de vivir del circo y el arte, sin instalarse demasiado tiempo en ninguna parte. Así trabajó en un Circo en Guatemala, dio clases de acrobacia en Costa Rica o trabajó haciendo shows de malabares con luces en boliches de  Panamá.

Sin lugar a dudas, haber elegido el arte callejero como su medio de vida, fue determinante para poder viajar. A medida que fue profesionalizándose como artista, tomó cursos en distintas ciudades y asistió a numerosas Convenciones de Circo de distintos países, en las que conoció a grandes amigos que le abrieron las puertas de sus casas. De esta forma pasó a formar parte de la familia circense, un grupo de gente que se siente hermanada por una práctica y una visión común del arte y que comparten el nomadismo y la solidaridad para alojar a otros artistas viajeros de cualquier parte del mundo.

En el ínterin, el azar lo llevó a vivir en toda clase de sitios. Y es que el constante movimiento lo contactó con mucha gente. Cuenta entre risas como una vez, viajando por Brasil con un grupo de amigos, conocieron de casualidad a un hombre millonario que los alojó por un tiempo en una lujosa mansión, hasta que se aburrió y quiso seguir viajando (luego pasó los siguientes meses en una favela en Río de Janeiro). Así vivió en la selva y en la playa, en casas, carpas u hoteles, bajo todo tipo de climas y cuando ahorró lo suficiente para un pasaje, también conoció el frio europeo.

Pero se debería ir antes en el tiempo para comprender los inicios de esta aventura. A los quince años, comenzó a hacer malabares. A los dieciocho años fue por primera vez a Rocha. Allí conoció un grupo de artesanos que venían de Brasil y lo animaron para que cruzara la frontera y comenzara lo que sería el primero de muchos viajes. Partió por tres meses y terminó quedándose diez. Por aquellos tiempos comenzó a comprender que era posible vivir del arte. Entonces se planteó el objetivo de llegar a México, pero cuando vio que se enamoraba de cada lugar que visitaba, el objetivo dejó de ser un destino y pasó a ser el viaje en sí mismo.

En los siguientes años, siguió viajando de distintas formas: sólo, en grupo, con su hermano, con una compañía de circo o en pareja. Entre historia e historia cuenta cómo conoció a un grupo de viajeros con quienes comenzó a hacer funciones de circo para niños en aldeas de pescadores a cambio de comida. También habla de sus experiencias como tallerista en proyectos de circo social y de sus días en Francia. Pero va contando de a pedacitos, a medida que se le pregunta, prioriza la escucha a la palabra. Tiene una forma de narrar muy serena y su mirada transmite la paz de quien no ha dejado que la postmodernidad le imponga la falta de tiempo. No utiliza celular y es fácilmente visible que no se le ha impregnado la ansiedad que impera en la era tecnológica. Mira a los ojos y cuando ríe, ríe con ganas.

Observo su rutina en el semáforo. Aprovecha la luz roja para presentar su “número” y tiene aproximadamemte un minuto para culminarlo y pasar la gorra. Explica que Uruguay no es un buen lugar para los artistas callejeros y aún menos para trabajar en los semáforos. El dinero que se puede juntar es muy escaso, sobretodo en comparación a las sumas que se alcanzan en Europa o en algunos países de América como Panamá. Luego seguimos conversando sobre las disciplinas que práctica: malabares (clavas, pelotas, contact) y acrobacia.

Cali ha viajado mucho tiempo sólo. A veces extraña a su familia. Pero también agrega que cuando viene a Uruguay,  extraña a su “otra familia”, que son los amigos que ha ido conociendo en distintas partes del mundo a lo largo de estos años. La práctica del desapego es constante, pero no se olvida de sus seres queridos. De hecho, hoy es su último día en Uruguay (tierra que estuvo dos años sin pisar), ya que parte rumbo a Chile, a conocer a un sobrino que nació recientemente. Cuando le preguntamos, comenta que desea viajar a Asia, pero fiel a su estilo, no realiza planes a largo plazo, por lo que no tiene idea de fechas.

Posee muy pocas pertenencias, ya que no puede tener más cosas de las que entran en su mochila, entre ellas un termo y un mate. Pero al hablar con el queda claro que su mayor capital no está apretujado entre sus objetos. Su capital son paisajes, son colores (entre los que emergen lugares como el desierto de Atacama, la selva del Darién o Chapada dos Veadeiros) son conversaciones con cientos de rostros y cientos de acentos, arte, circo, puestas de sol y una familia cirquera que conoce de distancias físicas pero desconoce de distancias.