Los asuntos familiares a veces son los que calan mas hondo en las personas. Nieve Negra, película argento-española tiene dicha temática tatuada, donde las complejidades generadas entre hermanos pueden durar toda la vida.
Marcos (Leo Sbaraglia) vive en España donde espera su primer hijo junto al personaje de Laura, encarnada por Laia Costa. La película retrata a Marcos en el momento de viajar a su tierra natal, la Patagonia Argentina, para resolver algunos temas del pasado donde destaca una hermana psiquiátrica internada y una posible venta millonaria por unas tierras heredadas.
El nudo narrativo o problema se inicia con el otro hermano de Marcos, Salvador. Este personaje encarado por Ricardo Darín, de corte ermitaño vive en esas tierras deseadas por capitales extranjeros. Para cuando estamos al tanto de esto, también sabemos que algo más pasó entre los hermanos en su juventud por esos paisajes blancos y de mucho mucho mucho frío. Una nieve que aparenta ser el sur de Argentina, pero en realidad es un paisaje europeo.
Los recursos usados por Martín Hodara en su opera prima generan cruces espacio-temporal con el fin de entender un poco más esta tensa historia. De esta manera, la película va por los carriles queridos, pero el espectador es privado de especular sobre lo que irá a pasar. En tal mix del ayer y el hoy, nos enteramos que la muerte de un cuarto hermano ha sido uno de las grandes sombras que cubre a esta familia.
Ya con el oscuro pasado entre hermanos, resta ver el contraste actual. El “duelo actoral” es de las mejores partes de este largometraje, donde Darín, a pesar de ser un Robinson Crusoe del Polo Sur con un acotado parlamento, logra poner su estilo propio a Salvador. Sbaraglia con el diario de lunes, ósea cuando termina la película, logra confeccionar un gran trabajo actoral.
Películas como “Nieve Negra”, donde el suspenso y la duda subyugan, siempre guarda una vuelta de tuerca para el espectador; en este caso yendo al limite de la civilización y dando relevancia al papel encarado por la española Costa. Con una gran y hostil escenografía natural potenciada por el trabajo técnico, Hodara genera un producto que tiene inscripto el pulso de los secretos grabados a fuego y donde la sangre en la nieve puede ser arte.