Manual para mujeres de la limpieza

 Suelo fijarme en las listas de mejores libros de cada año para buscar autores nuevos, o que no conozco, o  títulos que se me hayan escapado. Generalmente voy a los suplementos culturales de los principales diarios y desde luego, hago una depuración: porque hay títulos que no me interesan, ya conozco a los autores y no me gustan u otros motivos. Caprichos de lectora.

De modo que a través de esa vulgar recomendación fue como llegué  a Lucía Berlín. Curiosamente, aparecía en las listas de diarios  de varias partes del mundo, así que me dije: algo bueno debe haber ahí.

Y me pasó lo mismo que – salvando las enormes distancias: no soy escritora y si lo fuera estaría a años luz de estos dos grandes-, dicen que le sucedió a Onetti cuando leyó El Perseguidor, de Cortázar y que el propio Cortázar cuenta en una entrevista con Omar Prego:

OP: Onetti me dijo que había sido uno de los primeros lectores de “El perseguidor” y que de inmediato te escribió una carta -él, que suele escribir muy pocas cartas- declarándote su total entusiasmo.

JC: Onetti hizo mucho más que eso. Esto que te voy a contar lo supe por Dolly Muhr (Dorotea Muhr, la mujer de Onetti). Onetti leyó “El perseguidor”, se fue al cuarto de baño de su casa y rompió el espejo de un puñetazo.

Cuenta la leyenda que dijo, además, “¡Qué bien que escribe el hijo de puta!”

Pues eso fue lo que me pasó. Sentí que escribía con una facilidad  y una gracia que se le da sólo a unos pocos.

Este libro, una recopilación de cuentos, recrea en gran medida hechos que le sucedieron a Berlín, que parece haber tenido varias vidas por todo lo que hizo y por todo lo que pasó, grande dolores incluidos. Fue administrativa en un hospital, limpiadora,  profesora. Vivió de niña  en Chile cuando se acercaba la dictadura, en medio de grandes lujos, y  ya de adulta en México; se casó y se divorció tres veces,  se mudó cientos de veces en su vida, crió cuatro hijos  – a menudo sola- y batalló contra el alcoholismo.

Con ese material –el de su vida, plagada de alcohólicos y adictos- , logra verdaderos milagros literarios, de una vividez asombrosa, cargado de humor negro y de compasión. Y ahí está el genio: con el material de la realidad (a menudo tan trivial), genera una transformación que logra capturar la atención del lector, y meterlo en su mundo. Parece la vida misma,  al punto que su propio hijo años después diría: “Mi madre escribía historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco”. Ese “poco” es el que hace la diferencia.

Al haber vivido en tantos lados, y con tanta intensidad sus referencias culturales son muy variadas, y eso hace que su prosa sea más rica aún. Además, si intentamos “desmontar” los cuentos vemos que la puntuación es extraña, poco ortodoxa, y que nos lleva de la lentitud al vértigo con verdadera maestría.

Y cito algunos fragmentos que me gustaron:

“El mundo sigue girando. Nada importa mucho, ¿no? Me refiero a importar de verdad. Sin embargo a veces de pronto, durante apenas un segundo, se te concede la gracia de creer que sí, que importa muchísimo”.

Hablando de los amantes que pudieron ser y no fueron, dice “ ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué amor pudo haberse dado que no sentí? Son preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a la pena a pesar del remordimiento”

Leer a Lucía Berlín es asomarse a una vida dura, difícil pero también con momentos de belleza, contados con una –aparente- ligereza y con unos chispazos de humor  verdaderamente sorprendentes.

Sobre la autora

Lucía Berlín nació en Alaska el 12 de noviembre de 1936 y murió en Los Angeles en 2004.

Escribió 77 cuentos.  En 1991 con Homesick  ganó el American Price Award, pero su obra quedó olvidada. En 2015 se publicó a título póstumo Manual para mujeres de la limpieza.