En el pasado mes de octubre fue estrenada la segunda temporada de la serie británica, Humans. Producida conjuntamente entre el canal de cable británico Channel 4 —que también produjo la brillante y aclamada serie Black Mirror— y el canal de cable estadounidense AMC —señal productora de series muy exitosas como Breaking Bad, Mad Men, The Walking Dead, entre otras—. Esta serie es una remake de la premiada serie sueca Real Humans.

Algunos afirman que la historia de Humans se desarrolla “en un futuro cercano”, pero por lo menos en la versión británica no se pone énfasis en eso. Por el contrario, vemos una sociedad como la nuestra con autos, casas, computadoras, celulares y otros dispositivos no más futuristas que los que utilizamos día a día y con las mismas miserias humanas. El único aspecto de ciencia ficción está dado por los “synth” —una abreviación de la palabra anglosajona “synthetics” que en español significa “sintéticos”—, androides de apariencia humana —excepto por su color de ojos sobrenatural verde esmeralda— creados para ser utilizados en nuestras casas ayudando con las tareas.

Los synth son perfectamente seguros ya que —aunque no se menciona expresamente en la serie la referencia es obvia—, se rigen por las tres brillantes leyes de la robótica presentadas por primera vez a principios de la década del 40 por Isaac Asimov, uno de los máximos —sino el máximo— referentes de la literatura de ciencia ficción. En la serie descubrimos que cuatro de los personajes principales, los cuatro synths, por un motivo más adelante revelado se vuelven seres conscientes; se perciben como tales y hasta son capaces de experimentar sentimientos y dolor.

Es esa autopercepción de los synth en los que se centra la historia lo que nos enfrenta a cuestiones éticas y morales. En la serie surge una nueva forma de discriminación; un sentimiento anti-androides producto de la pérdida de empleos hasta entonces realizados por humanos que pasan a ser sustituidos por inteligencia artificial, una paranoia de que en breve los synths dominarán el mundo. Varios de estos seres artificiales son maltratados. Algunos son secuestrados y llevados a sitios clandestinos en donde son empujados a una improvisada arena, en la que quienes rechazan a los robots los rodean y destrozan a palazos.

Algunos de los synths (masculinos y femeninos) son utilizados por sus propietarios como esclavos sexuales, ya que están programados para obedecer a lo que su dueño les ordene —siempre y cuando no signifique dañar a otro ser humano—. De hecho, a partir de diferentes programaciones cargadas de fábrica en la red neural de estos androides, una de ellas es la sexual, la cual puede ser seleccionada por el dueño del synth, siempre y cuando sea mayor de edad. Algunos de estos seres conscientes artificiales son adquiridos por propietarios de prostíbulos y utilizados como profesionales del sexo para atender a los clientes.

En principio esto no daría lugar a grandes objeciones o cuestionamientos. ¿Pero qué pasa cuando los synths utilizados para esos fines son los que poseen conciencia propia? ¿Qué pasa cuando algunos de estos synths, únicos en su especie, son sometidos a algunas de las situaciones mencionadas? ¿Seguiría siendo aceptable? Ya que como a los seres humanos, eventos extremos experimentados por estos seres conscientes artificiales pueden ocasionarles traumas y resentimiento.

Es entonces cuando la serie nos enfrenta a la cuestión sobre qué es la humanidad, ya que si consideramos que es la autoconciencia lo que nos define como humanos, los synth calificarían como tales; ¿o es que la carne, los músculos, venas, arterias, sangre, etc. son fundamentales para que un ser sea considerado humano? Si bien la conciencia de estos seres fue cargada como cualquier programa y no desarrollada paulatinamente acompasada al grado de madurez de la persona, no parece ser inferior a la conciencia humana.

Con o sin intención esta cuestión nos recuerda posturas de vida antagónicas muy vigentes en la actualidad. Como por ejemplo cuando se discute sobre el aborto. Para los “pro-vida”, desde el momento de la concepción, incluso cuando el embrión tiene el tamaño de un maní y ni siquiera posee un cerebro desarrollado, ya es un ser humano. Por el contrario, quienes defienden la postura de que es la conciencia la que determina nuestra humanidad consideran que el feto es un conjunto de tejido humano que aún no puede ser considerado un ser, ya que carece de autoconciencia. El argumento podrá ser compartido o no pero no carece de lógica. Si el tejido humano fuera simplemente el único requisito requerido para que se reconozca a un ser y la existencia de una conciencia se considerara como algo secundario, no sería alocado catalogar de ser humano a un corazón, un hígado o a cualquier otro órgano de una persona.

¿Por qué entonces muchos —incluso creyentes en alguna religión— deciden interrumpir el soporte de vida artificial de un ser querido en coma? ¿Será porque consideran que el cuerpo que yace en la cama de un hospital ha pasado a ser un envase, y que el sujeto que alguna vez habitó ese cuerpo ya no se encuentra más allí?

La serie también nos desafía a reflexionar sobre una especie de fetichismo de otro de los protagonistas —éste un ser humano— interpretado por el reconocido actor estadounidense William Hurt, cuyo rol es el de un científico experto en androides que tuvo un papel importante en la creación de los synth —no del tipo de los cuatro autoconscientes, sino del del resto que no son más que computadoras con extremidades. Pero entiéndase fetichismo considerado en su significado puro y no en el sentido sexual al que generalmente se lo asocia únicamente; es decir, como la idolatría o veneración excesiva de un objeto.

Esto ocurre en el caso del científico interpretado por William Hurt. Este científico viudo revive las memorias de su esposa almacenadas en su synth. A través de éste el personaje de Hurt revive diálogos textuales que alguna vez mantuvo con su amada, al igual que algunas anécdotas. Esta veneración de un objeto — ya que este synth no es uno de los autoconscientes— lo lleva a contrariar la normativa que establece que estos tienen una vida útil de determinada cantidad de años. Al estar cerca de cumplirse la fecha límite, un inspector en nombre del Estado visita al dueño del androide en cuestión para evaluar si el reemplazo debe realizarse lo antes posible, o si por el contrario el androide en cuestión aún no representa un peligro hacia su dueño o hacia cualquier otra persona.

Este científico, aun pudiendo salir beneficiado con la sustitución de su androide deteriorado por uno nuevo y más moderno, hace de todo para que el inspector detecte alguna falla en su synth; problemas que el androide tiene producto de la cantidad de años transcurridos desde su fabricación. El científico llega al punto de reparar el mismo y en secreto a su synth para que éste, con cada vez más dificultad pueda superar las pruebas de control a las que lo somete el inspector estatal.

Su synth no es más que un medio de almacenamiento de información con instrucciones para interactuar de forma casi natural con seres humanos. Pero como convivió con él y su esposa durante muchos años, se convirtió en una especie de hijo, que además conservaba.

No es una serie que se destaque por la brillantez de su libreto ni por actuaciones descollantes, pero resulta entretenida que nos haga pensar y considerar dificultades que tal vez tengamos que enfrentar en un futuro no muy lejano. No por nada AMC, un canal estadounidense decidió coproducir este show junto con un canal británico. Un show que tiene más de serie británica que estadounidense, ya que en ella no abundan las explosiones, peleas o persecuciones a pie o en automóvil. Sin mencionar que se ha convertido en el mayor éxito de Channel 4 en 20 años.

Así como en la primera temporada, Humans contó con la presencia del actor hollywoodense William Hurt; mientras que en la segunda temporada incorpora esta vez a la canadiense Carrie-Ann Moss, de apariciones recientes en las series de Netflix Jessica Jones y Daredevil, pero recordada principalmente por darle vida al personaje de Trinity —la enamorada de Neo— en la trilogía de Matrix.