Viajamos de noche y con lluvia. Nuestro bus avanzaba en la oscuridad y las luces en el camino parecían boyas en medio del mar; la lluvia era fuerte y constante .

Dormimos muy poco. Un poco por la lluvia, un poco por la incomodidad propia del ómnibus; algún día hablaremos de los transportes a través de nuestra América. Pero no más al llegar a Córdoba la lluvia había cesado. Ocho horas de viaje interminable. En algunos momentos parecía que jugábamos una carrera contra nuestros sentidos; la lluvia repiqueteando contra el cristal y el sueño haciéndonos cabecear contra el respaldo del asiento.

Nuestro primer destino inexplorado se abría ante nosotros como un paisaje lleno de misterios por descubrir. Aquí comenzábamos el verdadero viaje. El viaje hacia lo desconocido, donde nuestro paladar comenzaría a saborear nuevas sensaciones. Ninguno de los dos conocíamos Córdoba. Hasta allí habíamos andado por terreno conocido; pero, qué nos deparaba esta nueva tierra situada al centro de la República Argentina.

Sin dudas de las buenas nuevas podíamos incluir la grata sensación de que en Córdoba nos esperaba Rodrigo, mi amigo de toda la vida al que hacía mas de una década que no veía. Hacía un frío “tornillo” como dirían los porteños. El ómnibus se había adelantado por media hora por lo que en vez de llegar sobre las 7.30 lo hicimos sobre las 7.00 . Cansado y todo como estaba, no podía evitar sonreír por un pensamiento recurrente; estaba en la tierra del Cuarteto. Ese original y pegadizo ritmo que nace y muere en esta provincia tan particular.

Llegábamos con especial expectativa a estas tierras. Primero, porque siempre había sido un lugar al que personalmente quería visitar; por su particularidad cultural, por sus paisajes y su gente. Segundo porque quería conocer y escuchar de primera mano el día a día de un lugar que dio origen a esa forma tan particular de hablar que tienen los cordobeses.

La terminal de ómnibus era un fiel reflejo de la ubicación central de esta provincia. Viajeros del norte, del litoral o de Cuyo se podían observar distribuidos por todo el hall central y las rampas de salida.

Se podía leer en sus rasgos las distintas regiones de donde provenían. Por primera vez, muy a pesar de que Buenos Aires no reconozca que cuenta con gran cantidad de población indígena, veíamos aquí parados en esta terminal una vasta representación de pueblos originarios. Sobre todo del norte de la república.

Collas y guaraníes con sus típicos atuendos del norte copaban casi todas las naves donde atracaban los ómnibus de larga distancia. La diversidad de este país se hacía patente en lo que imaginábamos la continua migración hacia las grandes ciudades desde estas provincias históricamente empobrecidas. A esa hora de la mañana la terminal estaba literalmente llena de gente.

Bajamos las mochilas  y nos sentamos a esperar a Rodrigo, teníamos mucho sueño y algo de hambre; por lo que nuestras caras no eran de buenos amigos. Ni siquiera de amigos.

Era extraño esperar a un amigo de la infancia al que hacía prácticamente 15 años que no veía. Si bien desde hacía algunos años nos habíamos reencontrado en Facebook y hablábamos por Whatsapp con alguna asiduidad; no sabíamos con que nos íbamos encontrar.

Es una sensación muy particular rememorar y evocar a una persona que fue un pedazo importante de tu vida; sobre todo a minutos de reencontrarte con ella. Los recuerdos se agolpan en tu memoria y tu cabeza parece una viñeta de comic gigante en la que cada recuadro te muestra momentos importantes que compartiste.

Nuestros partidos de basquetbol con una pelota de tenis y una canasta inventada a partir de una damajuana, Michael Jordan era un poroto al lado de nuestra habilidad para meter pelotitas desde 5 o 6 metros a una canasta minúscula. Éramos muy creativos para jugar.

Nuestras excursiones con el resto de la barra al campo lindero a una base aérea, donde corría el mito de que si te atrapaban te rapaban y te ponían a pelar papas. Nunca nos atraparon pero simpre entrábamos con cierto pavor.

Las charlas interminables sobre música y literatura. Los arreglos del mundo. El volumen alto muy alto.

Rodrigo era de familia chilena. De hecho, Rodrigo es chileno. Y como gran parte de las familias trasandinas, la familia de Rodrigo no fue la excepción a la hora de contabilizar pérdidas en la época de la cruel dictadura de Augusto Pinochet. No solo pérdidas en vidas, como su joven tía Gloria; asesinada en la edad en que aún asistía al liceo. Sino el miedo, la persecución y finalmente el exilio de gran parte de su familia cercana. Muchos de sus tíos y primos andaban distribuidos por el mundo.

Con Rodrigo teníamos un pequeño hobby cuando éramos niños. Juntábamos monedas de distintos países del mundo. No recuerdo cuando ni por qué nació esta afición en nuestras cortas vidas. Pero intuyo que  gracias a que algunos de sus tíos y primos vivían en lugares como Checoslovaquia o Suecia,  gran cantidad de esas raras monedas cayeron en nuestras manos dando inicio a nuestra particular colección. Gracias a nuestras monedas el mundo parecía mas chico. Eran los 80, Internet todavía era un proyecto y lo mas parecido a la informática eran los primeros Atari. Los rublos, los dólares y algunas monedas sudamericanas como el cruzeiro, nos hacían viajar por esos países como si los hubiésemos visitado. De hecho podríamos haberlo hecho, ya que la mayoría eran de curso legal.

Para mi sorpresa ahí estaba Rodrigo, con sus casi 40 pirulos y la misma estampa de siempre. El mismo corte de pelo, desgarbado, con sus clásicos jeans azules y claro, como no podía ser de otra forma; agarrándose las mangas del suéter de turno. Lo único que delataba el paso del tiempo eran sus gruesos lentes de vidrio y algunas canas que le pintaban la cabeza.

Nos dimos un gran abrazo y nos miramos como examinándonos. Habíamos cambiado poco, nos parecíamos bastante a nuestra mejor versión juvenil, por los menos así parecía a simple vista o eso el lo que elijo creer mientras escribo esta crónica . Paramos un taxi y cargamos las mochilas. Su familia nos esperaba en su casa.

La casa de Rodrigo quedaba a apenas 10 minutos en taxi desde la terminal. Ocupamos el tiempo hablando de la ciudad, del frío y de nuestro viaje.

Rodrigo había emigrado allá por la década del  2000 a Suiza, luego recaló en Francia donde yo le había perdido la pista en una de mis vueltas a Argentina. El, como tantos otros, también fue a buscarse una vida mejor en una época en que nuestro sur empezaba a gestar una serie de crisis que espantaría hasta a los mas guapos. Mucho había cambiado su vida y la mía. Demasiado para dos amigos que habían cultivado una amistad desde la tierna infancia.

Allí en París se le empezó a dar por la cocina y conoció a Verónica, una cordobesa que sería la futura madre de su hija “Maga”. Se casó y al mismo tiempo que formaba una familia en Francia , también él se formaba en gastronomía. Aprendió a cocinar en muy los muy buenos restaurantes de París. De esa manera comenzaba a forjarse un futuro en este mundo tan particular.

Pero la vida en Francia no era para ellos , vivir como un extranjero en Francia es vivir en los guetos,rodeado de violencia y sufriendo injusticias. Eso hacía insostenible la vida en el país galo. Allí nació Maga pero nunca pudieron sentir a la France como su tierra.

Se mudó por un tiempo a las Islas Canarias donde por fin encontró algo de paz y trabajo que le duró lo suficiente como para empezar a evaluar volver a Argentina. Hoy vive en Córdoba con su familia y es chef en un reconocido restaurante de Zona Güemes, la zona gastronómica y cultural por excelencia en Córdoba capital.

Grande iba ser nuestra sorpresa cuando una vez llegados a su casa nos encontramos con Aída, su madre. Ella fue una parte importante de mi niñez. Esta mujer de sesenta y pico de años, oriunda de Valparaíso, Chile: supo ser una de las víctimas predilectas de nuestras travesuras. Sobre todo de nuestros gustos musicales. Todavía recuerdo nuestra peor época metalera, en plena adolescencia; con Metallica o Motorhead a la cabeza. Ella volvía de trabajar y nosotros seguíamos loopeando el mismo disco día y noche hasta que nos cansábamos del género y empezábamos a gastar uno nuevo. También recuerdo nuestros clásicos partidos de ping-pong arriba de la mesa del living. Eran partidos dignos de atletas chinos, pero le dejábamos la mesa peor que el lado oscuro de la luna.

Hoy vive en Chile por lo que tuvimos mucha suerte de encontrarla de visita en la casa de su hijo. Para mí fue muy emocionante reencontrarme con ella. Nos dimos un gran abrazo y nos recordamos todo el tiempo que había pasado desde la última vez que nos vimos. Los años han pasado para todos.

Muchas cosas nos han unido a la familia de Rodrigo y a mí. Ambas familias emigraron a Argentina en los peores años de la dictadura en busca de una vida mejor. Ambas han sido familias donde lo cultural y lo ideológico orientado hacia los derechos humanos siempre estuvo arriba de la mesa. Y ambas han contado con una gran tradición lectora que tanto Rodrigo como yo supimos legar, cultivar y expandir en nuestras vidas.

Su pequeña biblioteca supo ser mi playroom. Y a los 8 o 10 años ya habíamos leído a tipos como Dostoyevski o Máximo Gorki; pasando por Agatha Christie y Artur Conan Doyle. También leíamos best-sellers mundiales de la época como Aeropuerto o Coma. O libros desgarradores como Tejas Verdes;la historia de un periodista secuestrado por la dictadura militar chilena. Historia que me marcó profundamente desde muy chico.

Sin lugar a dudas, esa biblioteca contribuyó enormemente a ensanchar mis horizontes. Baltazar, su padre, era un gran lector. Por lo que siempre tenía a buen recaudo surtir sus repisas con nuevas adquisiciones cada semana.

Rodrigo y yo íbamos juntos a la escuela. Allí comenzó nuestra amistad. De hecho por mucho tiempo nos sentábamos juntos, en el mismo pupitre. Por lo que nuestras vidas estaban bastante unidas más allá del ciclo lectivo. Y aunque el siempre viajaba a Valparaíso cada verano para ver a sus abuelos, tíos y primos. Teníamos bastante tiempo para pasar gran parte del año juntos. Y lo aprovechábamos bastante bien. Éramos dos niños precoces con la inquietud propia de dos adolescentes

Luego del encuentro con Aída, llegaría el turno de conocer a Verónica y a Maga. Maga se parecía demasiado a su padre. Tanto que hasta las mangas del suéter tenía estiradas.

Inteligente y brillante, Maga es una niña precoz con gustos e inquietudes propias de un adulto. Su sonrisa con braquets y sus lentes le dan un aire muy intelectual a sus conversaciones sobre diseño y manga; dos expresiones artísticas que le fascinan.

Verónica fue nuestra conexión a la historia y el sentir cordobés sobre la ciudad y su gente. Ella es una cordobesa en toda regla y nos regalo valiosa información para movernos y aprender sobre este destino tan particular de nuestro hermano país.

Pero en fin, esto recién comienza. En la próxima edición les estaremos contando un poco mas sobre nuestra visita a esta encantadora ciudad y la provincia que le da su nombre.

Apuntes: Para nuestros corazones, al igual que para nuestra conciencia; el tiempo no existe. Y ese presente perpetuo siempre nos dará revancha para volver una y otra vez sobre el recuerdo de un momento importante en nuestras vidas. Bien sea para sanarlo o para celebrarlo.

Podes leer la PRIMERA y SEGUNDA parte