Hoy salgo del cuarto. Como estoy feliz -creo- le doy cuatro pesos en monedas de a uno a un indigente en 18 y Ejido. Me empieza a insultar. No le pregunto por qué y me dice gordo, a lo que escapo caminando rápido; ahora le dicen ‘footing’. No lo sigue ningún perro. Me persigue y me grita flaco, peluca, chancleta, McDonald’s, caracol, epidermis, y otra serie de barbaridades innombrables indecibles e incontables. Después emprende precipitadamente por improperios propios de lo animal, desde caballo malasangre y ‘porotito’ hasta prepucio proto-emprendedor. Ahí me ofendo. Cuando llegamos al obelisco la situación ya es insostenible y le pregunto si le gustan Los Redondos. Asiente. Le doy un venezolano. Entero. Me dice que muchísimas gracias, que el Nasdaq está impredecible, que Vivaldi siempre corrió en el parque, y que es un placer realizar transacciones comerciales diversas con gentilhombres estoicos como yo. Le sonrío y me sonríe; entendemos. Nos separamos y ninguno dice una palabra. Sale el sol.

Conoce la PRIMERA parte