El cuarto me aburre y estoy desesperado. Ya no me alcanza con mirarme un pie. Ya no me basta con leer clásicos como “A orillas del rio piedra me senté y me mojé”, o “Muchas vidas, muchos mareos”. No quiero ver más colgado en la puerta el arito de básquetbol oficial office’s edition de última generación de 128 dólares en seis cómodas cuotas sin recargo. No quiero abrir el placar y contar los estantes otra vez. Viceversa y de abajo a arriba arriba a abajo de y Viceversa. No. Tiene que haber más. Tiene que existir algo que dé sentido a este cuarto.

Miro el techo.

Lo hago como por vez primera. Me detengo en su blancura. Examino las marcas, sus historias, los sutiles desperfectos; alcanzo lo profundo de su alma.

 Oh, techo techo horizontal y tan agudo

que cortas leve este duro mundo mío en dos

y nos regalas con tu temple que de yeso

bella escala y fina sombra hacia lo divino.

Noto el vacío. El silencio después de la oración. Entonces, despierto como en una epifanía. Como las horas sin pasar, como si el mundo en su lugar. Lo comprendo todo. Un ventilador sería mucho más divertido. Maldito aire acondicionado.