En tiempos de apología de la selfie como la más descarada confesión de narcisismo, reflexionar sobre qué significan las fotos es un parate que se impone a la batalla de imágenes que no dan respiro a las retinas ya incapaces de traducir todo lo que vemos.

Es mucho más que una auto-foto: es la foto hablando de la foto, es la honestidad del brazo que sostiene el teléfono que la sacará. Sin embargo ya hace muchos años que las cámaras que llevaban rollos que venían en tubitos, permitían el “auto shot”. Se dejaba la cámara en un lugar estable, se enfocaba la escena, se programaban los segundos y se aguardaba el momento en que se sacaba una fotografía sin que nadie gatillara.

Aunque la imagen está en boga por lo que permite mostrar, por nuevas necesidades, por las redes que las cobijan en los diferentes formatos de vidrieras, por lo económico y por lo accesible, hay quienes se rehúsan a ser fotografiados. Conozco muchas personas con un pánico serio a sacarse fotos, como si tuvieran miedo de verse, como si no se animaran, como si la foto fuera a devolverles lo que no quisieran. La imagen captura algo para siempre. Disponer de la tan bien amada tecla “eliminar” y poder desechar aquello que se vio y no nos gustó es un consuelo transitorio: no podremos dejar de ver lo que ya vimos. Se puede hacer de cuenta que no existió, pero hay momentos en que los recuerdos se imponen lúcidos y esa imagen que nos repuso es probable que reaparezca nítida en un recuerdo. La foto se rebela y nos revela.

Cuando era chica esperaba el momento en que mis padres durmieran la siesta del sábado para cerrar con cautela la puerta de su cuarto que daba al comedor y me instalaba frente a lo que mi mamá llamaba el bahiut y abría el tercer cajón. Era enorme o eso me parecía. Dos manijas de bronce siempre relucientes, una en cada esquina. Un peso superior al que se suponía yo podía cargar. Al abrir ese cajón el mundo entero se abría para mí, la magia en su estado más puro, cada foto era una historia que no conocía, que en ese momento de silencio nadie podía contarme, pero que al despertarse mi mamá, a pesar del grito “qué estás haciendo, otra vez me sacaste todo”, yo empezaba a preguntar por uno y por otra, y me contestaba, a regañadientes, mientras las iba guardando, pero la fiesta comenzaba cuando ella le contaba a mi tía lo que había hecho: ahí sí las historias aparecían a borbotones. Historias que se multiplicaban y enardecían cuando el domingo nos juntábamos todos y una expresión en árabe: wualey -expresión que no he podido traducir porque si toda traducción es imposible, hay palabras que no tienen ni equivalentes ni parecidos- y que solo el tono de una voz como la de mi tía puede darle el peso que merece.

Esa expresión era el anticipo de una historia que nos haría reír a todos, tenía un valor especial para mi mamá y para mi tía, pero al resto nos causaba gracia la gracia de ellas. Wualey significa algo como “diosmío”, dicho así, todo junto, sin respiro, sin evocar a ningún dios, sino la manifestación de un estado de sorpresa.

En mi casa había muy pocos libros, pero había un gran amor por los relatos. Todo era contado como  lo sugirió un gran escritor: “con cierto aire de chisme”, con alguna intriga, con suspenso, con emoción, con un buen remate.

Quizá en ese bahiut nació mi deseo por la narración, ese mundo de imágenes lleno de historias por contar, de palabras por decir, recuerdos por inventar, en el que me demoré hasta conocer de memoria cada detalle de cada encuadre. Una gran paradoja: palabras escritas paridas de lo no  dicho, de lo poco y lo mucho que es capaz de mostrar una foto, el recorte de un universo, una fracción de segundo que se vuelve, por captura, un evento extraordinario. No hay inocencia en las fotos, ni en las historias, ni en la vida.