La Polaroid llegó a mi casa cuando tenía 10 años, aún recuerdo la emoción de ver esa cámara. Tenía todo lo que hacía falta para “pertenecer” a lo que se interpretaba como un “tiempo moderno”: colores, la posibilidad de manipular la imagen y una instantaneidad que permitía imprimir en un efímero momento algo para siempre. Era, a todas luces, la ilusión de un ojo nuevo.

Como ningún otro artefacto, esa cámara permitía la alteración de los tiempos, ya no era necesaria la espera del revelado, esa espera tan llena de ilusiones y de desconcierto. La Polaroid materializaba la mínima distancia entre lo deseado y lo real.

Tomar una fotografía se parece bastante a la vida: en algún lugar es incompleta, hay algo que no aparece tal como queríamos, incluso puede ser mejor, pero no como lo proyectamos. Sacar una foto es el deseo mismo, siempre se vuelve deseo de otra cosa. Siempre algo se escapa y algo aparece sin haberlo percibido en la toma. Las cámaras digitales no han podido con esa insatisfacción, pero la disfrazaron bastante y para lo que no han podido están los programas de diseño que se ocupan de mejorar lo mejorable y entonces todos podemos contar con los notables cinco minutos de fama y obtener nuestra Tapa de Revista para subirla a Instagram, ese mundo casi sin palabras en el que se dialoga con fotos. El reinado de la imagen como síntesis. Una mentira maravillosa.

Y a veces, entre esas síntesis, hay una foto, nuestra, de otros, una en especial en la que nos detenemos porque algo vimos, algo nos llamó la atención o nos convocó a una pregunta. ¿Qué está mirando? ¿Por qué se ríe así? ¿Qué intenta agarrar? ¿Por qué está tan triste? O simplemente la foto muestra un gesto que nunca le habíamos visto o por el contrario un gesto que reconocemos tanto que nos impresiona que se haya quedado grabado en esa precisa fracción de segundo.

Hay una verdad ineludible: hay imágenes contundentes que muestran la visibilidad más definitiva. Una mueca pregnante que aparece como un golpe de sangre.

Pero si las posibilidades de las tomas son infinitas, más allá de los soportes, mirar y guardar tiene sus límites. Son limitados los cajones del bahiut, las memorias de los teléfonos y nuestro campo visual. No se puede ver todo, es imposible registrar lo absoluto. Tal vez es eso lo que hace interesante la vida, que incluso los espejos retrovisores puestos para mirar hasta donde no podemos, tienen un punto ciego y a cada minuto puede aparecer lo inesperado.