Qué sí, que no… este año no se sabe si las jineteadas, criollas, domas al final se hacen o no.

Me encanta. Me encanta que estén en duda, que nos preguntemos como sociedad si realmente es un espectáculo digno.

Cuando era una niña de 8-9 años mi padre me llevaba a ver las Criollas del Parque Roosevelt, éramos del barrio y yo insistía, insistía, insistía como solo una nena con berrinche sabe hacer. El pobre hombre (mi padre) revoleaba los ojos, resoplaba un poco, y me llevaba. Hoy entiendo porqué iba con tanto desgano. Mi ingenuidad infantil me pedía ir a cualquier lugar donde hubiera caballos, fanática hasta la médula tenía el cuarto lleno de posters de caballos, mi bici se llamaba “Silver” (el caballo del Llanero Solitario) y la subía por la izquierda y de botas. Era llegar al Roosevelt y ese olor a caballo y bosta era para mí más delicioso que el dulce de leche. Ver todos esos caballos en los corrales me embriagaba…era la única oportunidad de ver tantos y tan lindos en todo el año. Primero íbamos a verlos, y conversábamos sobre cuál tenía más cara de malo, o de loco, o de bueno. Mirá un potrillo con la madre, papá. Y yo deseaba ser varón porque no había chiquilinas en los corrales ayudando, todos los expertos eran gauchos, de bombacha botas rastra y facón. Y yo de buzo rosado, qué horrible…yo quiero ser como ellos, yo quiero saber de caballos.

Entrábamos al ruedo. Y empezaba el show. Traían de arrastras a los potros que asustados no querían ir al palenque. Le vendaban los ojos para facilitar la tarea. Lo ensillaban entre varios porque los potros son potros y no están acostumbrados a eso. Algunos tiemblan del susto….y ahí yo me ponía a pensar que pobre caballo qué susto tiene, tranquilo caballito ya termina vas a ver, te suben, lo tirás y te vas. Pero a veces el susto era tanto que entraban en pánico, querían escapar y tiraban y tiraban del bozal…pero están bien atados, esos gauchos saben lo que hacen. Como no pueden soltarse se caen al piso por el estrés del momento. Entonces tratan de pararlo de vuelta, le hacen ruido de atrás, lo tocan con la punta de la bota, y nada. Los segundos pasan y el horario se les viene encima, hasta que alguno pierde la paciencia y le da una patada en la grupa (las nalgas)…y el potro nada, ahí tirado muerto de miedo. El potro cree que se lo va a comer un depredador, y ya no lucha pues mejor morir rápido. Y viene otro gaucho y le da una patada en la panza. Y viene otro con el rebenque y le da un chirlo. Le da otro más fuerte, otro más, otra patada, y otra. Y ahí se me revuelven las tripas, justo ese era el que me había gustado en el corral, por favor no le peguen más qué me importa la hora, papá comprálo y nos lo llevamos…si le digo eso no me trae más no veo más caballos. Me callo. Me duele la panza. El potro al fin reacciona y se levanta. Lo ensillan. Se le sube un gaucho. Le sacan la venda. Sale corcoveando, bellaqueando. El gaucho mueve el rebenque y lo espuelea para que luzca más el corcovo. Que corajudo es. No se cae. Lo sigue espueleando. Cada vez corcovea más fuerte, pero no se puede sacar el gaucho de encima. Ojalá lo tire pronto así se puede ir. No se cae che el gaucho está prendido como garrapata. El potro salta y tira las patas, sacude la cabeza, abre la boca, los ojos saltados tiene. Lo escucho respirar hondo para tomar impulso y poderse sacar al hombre de encima… y no puede, no puede con ese gaucho. Y no aguanto más. Exploto. A todo lo que me dan los pulmones grito: tiraloooooo, tiralooooooo, daleeeeee, tiralooooooooooo. El tipo sale volando, se da contra el piso de espaldas, el caballo le cae encima casi casi lo pisa, la gente aguanta la respiración. Y en ese segundo de silencio vomito como el exorcista: Biennnnnnnnnnnnnnn vamo arribaaaaa  potrooooooo!!! El gaucho ileso se levanta del piso. La gente me mira. Mi padre mira el piso. Momento de irse. Hasta el año que viene. Mi madre pregunta cómo estuvo. Mi padre revolea  los ojos, resopla, dice bien.

Hoy soy profesional del caballo, soy mujer, y de buzo rosado, y estoy orgullosa de mi país que reflexiona y cuestiona la dignidad de  un espectáculo basado en  judear animales.  La tradición está en el vínculo profundo de nuestra sociedad con el caballo, las formas de hacerlo van evolucionando.

Arriba los potros.