El mundo es un poblado de culturas y en una de esas islitas fogosas, que son las culturas del mundo, cargadas de hábitos e ideologías, comportamientos psicológicos y cuerpos moldeados, diferentes vinculaciones con el poder y maneras de vestirse y comer, nos encontramos los hombres y los no hombres –así vemos a las mujeres, aunque cueste reconocerlo-, a esta altura…padeciendo mucho de lo que hemos inventado; una masculinidad que nos mata como lo hizo la guillotina a un tal Guillotín: su presunto inventor.

Luego de mucho bromear con nuestra naturaleza masculina, llegó un día en que por un rato convinimos ustedes y yo en dejar el chiste machista a un lado, ver el dolor en la broma de mal gusto -aunque bien sea un valioso instante- y entonces sentarnos a escribir para confesar como un hombre, algo de esto que verdaderamente siento: hoy era un día importante para la historia de mi conciencia y decidí sumarme con la hipocresía que tanto nos caracteriza a los que hablamos mucho y accionamos poco.

Si bien hasta hace algunas horas estaba jugando a raspar la tolerancia de las mujeres que más amo –quizás para probar sus heridas y sanaciones, sus iras y bondades- ahora decido que es momento de parar. La broma se puede ver con ojos serios y convertirla en terrible. Podemos aceptar que nuestras psiquis están moldeadas con paradigmas que no estamos eligiendo y que entonces podemos empezar a elegir como humanidad, escapando a cualquier clasificación que nos segregue y evite ser una humanidad integrada. Es así que empiezo a concluir que el lenguaje puede ser responsable de cambios enormes. Esto me lo enseñó una mujer con la que discutí varios meses que la categorización de las cosas era inevitable –según mi juicio- y era totalmente prescindible –según su parecer-.

Hoy reconozco que soy machista e hipócrita. He caminado muy fácil sobre los paradigmas establecidos por la comodidad y el temor masculinos. No lo uso para captar nuevas lectoras. Quienes compartieron conmigo hasta la última tarde en que empecé a trabajar en este reconocimiento, saben muy bien de lo que hablo. Soy hipócrita porque escribo y no acciono. Porque digo y no siento. Soy hipócrita porque felicito a todas las mujeres que en realidad subestimo. Soy hipócrita porque me olvido cuánto las amo, aprendo y necesito. Soy hipócrita porque creo estar eligiendo una sociedad nueva cuando en realidad solo camino por senderos conocidos. Lo cierto es que todos estamos presos de este monstruo que hemos creado pero en el que, sin embargo, hay líderes de conciencia que podemos permitirnos perseguir. Soy hipócrita porque soy hombre y eso tampoco lo he elegido.

La problemática es verdaderamente compleja pero no encuentro apropiado entrar en ella más que en la integración. La tarea que podemos hacer desde el lenguaje es la de eliminar los ismos (machismo, feminismo, comunismo, islamismo, marxismo, liberalismo, catolicismo…) excepto uno que es imprescindible para convivir: el humanismo.

No percibir la separación entre los seres –trabajar en nuestra mente para descategorizarnos-. Atravesar los límites y vencer los miedos que unos y otros nos tenemos. Lo mismo sucede con otras luchas sociales –por fuera de la lucha de igualdad de géneros- en que no logramos vencer la separación para caer en manos de la integración. Y cuando la integración sea el horizonte de búsqueda podremos confiar en que se eliminará la lucha y vendrá el abrazo.

En definitiva, todo se resuelve con el amor a uno mismo, hacia el otro y hacia el mundo. La violencia que hoy está matando viene hija del dolor, que primero se enoja y luego agrede. Por eso concluimos y partimos de esto: estamos dolidos por este mundo que hemos creado los hombres con algunas mujeres que nos han seguido y otras a las que hemos obligado. El cambio es de todos y para todos –porque somos todos responsables-pero es justo que empiece por nuestra conciencia masculina, ambiciosa, poderosa… temerosa. Y en este trabajo de transformación de la conciencia no podemos estar solos. No puede haber más separación y al orgullo será mejor tirarlo para permitirnos pedir ayuda. La pancarta que los hombres llevamos tiene que ser clara; “¡Yo también lo padezco!”

A mí me juzgan por cruzarme de piernas, abrazarme y besarme con hombres que amo, bailar deshinibidamente. Por no elegir las notas más graves de mi registro vocal también me juzgan. Por haber decidido mirar el fútbol como un gran absurdo masculino tras ser un hincha fanático de Peñarol. Por hablar del amor y por escuchar a Los Beatles. Por tener amigas mujeres, incluso en mayor cantidad que las amistades varoniles –no lo busco, se da así por disfrute-. Por hacer teatro me juzgan, los machistas. Por admirar el talento escénico de Ricky Martin, por repudiar el asqueroso machismo de Maluma, por vestirme de color de vez en cuando y por elegir bermudas cortas en lugar de las bermudas que sobrepasan las rodillas. Me juzgan mucho los machistas cuando me incitan con un insulto en la calle y ante el ofrecimiento de pelea solo sigo caminando. Me juzgan cuando no puedo aportar en una conversación que invade la privacidad de las mujeres… me juzgan cuando llego de la mano de mi novia porque simplemente la amo. Algunos son capaces de juzgar cuando confieso que soy –junto a varios de mis amigos- incapaz de insultar a una mujer. Otros me declaran su guerra machista si declaro que si algún día le pegara nuevamente a un hombre o por primera vez a una mujer, no me lo sabría perdonar. Con esas personas, hoy en día, no puedo vincularme porque no tenemos nada en común… y de verdad que lamento no poder vincularme con otro hombre. Yo siento que me estoy cuidando y a la vez siento una gran hipocresía por no sanar del todo mi machismo. Por no ver todos esos lugares en que todavía lo construyo. Hipocresía porque sé que en cualquier momento el modelo se apodera de mí, la conciencia vuelve a perderse y todo esto que dije será solamente palabra vacía, discurso demagógico que nada tiene que ver con la Acción. A veces, eso es lo que más lamento. El daño que mi hombre le está generando al mundo.

Es cierto que hay necesidad de tomar medidas prontas y urgentes, pero también es preciso confiar en la necesidad de un cambio profundo en las conciencias, esa revolución a veces necesita de la suavidad y el tiempo longevo. Ya no hay por qué permitir que una mujer por su sola condición de mujer conciba que el hombre deba cederle el paso –esos son machismos arraigados- pero tampoco es necesario que los hombres nos juntemos a conversar sobre los cuerpos de las mujeres, discriminarlos, sexualizarlos, exhibirlos, consumirlos como objetos de consumo. Es necesario aceptar las derrotas intelectuales con una mujer y no partir de la premisa de que las verdaderas discusiones se dan entre hombres. Es necesario aprender mucho de la sabiduría emocional e intuitiva de las mujeres, y no tanto porque son mujeres sino más que nada porque son seres humanos con naturalezas diferentes a estos que nos hacemos llamar hombres –y a la vez con naturalezas iguales-. Si las personas nos diferenciamos tiene que ser por la diversidad que nos enriquece y que entonces sí será bueno distinguir para saber con qué nueva cosa del otro estamos creciendo pues nos faltaba conocer. Aceptarnos no tiene que ser un ejercicio de tolerancia –en el más agraciado de los casos contemporáneos lo será- o directamente una subestimación al otro. Separarnos en categorías, como seres humanos, los unos de los otros, no puede corresponder al miedo de quizás pertenecer a una categoría que puede ser vista como inferior –blanco, mujer, rojo, astronauta, hombre, paraguayo, gay, poeta, basurero, escritor-.

Cuando extirpemos el miedo podremos igualarnos con todas nuestras diferencias. En este momento los hombres estamos muy miedosos, tal como lo hemos estado siempre, y tememos que toda esta basura que hemos creado se nos derrumbe, y entonces qué hacemos… golpeamos, de muchas maneras, como este artículo, hacia nosotros mismos, golpeamos, hacia las mujeres, y olvidamos, amarnos entre todos para siempre.

Es momento de parar el golpe, terminar la hipocresía, matar el orgullo e iniciar un amoroso y bello camino de conciencia. Es momento de parar el golpe y abrazarnos entre todos para perdonarnos. Pero de qué sirven las palabras… quizás de mucho, quizás de nada…