Eso es lo que tiene el teatro. Genera ilusión donde no debería haberla –porque vive cuando se asalta lo predecible-. Usa los elementos que componen lo real. Los pervierte. Cuestiona la percepción. Nos devuelve la imaginación perdida entre afirmaciones científicas. Pone a los filósofos en un dilema existencial más vasto. Nos hace olvidar de la butaca. Nos pone en un espejo.

El buen teatro es bueno por la persuasión de su ilusión y por lo aparentemente fácil. El buen teatro entretiene a “ignorantes” y “cultos”. Navega capas superficiales y profundas. En este teatro lo superficial es hielo que se resquebraja al ser pisado, nos permite ver los mares a través de sus grietas y si caemos en ellos de inmediato nos rescatan los humores –no sea cosa que nos mate la hipotermia del drama- porque el juego sigue siendo siempre encima del escenario.

En estos teatros los lenguajes superan a los dispositivos, las dramaturgias tan bien escritas se superponen como cuerpos invisibles; los actores no son usados para decir textos sino que los textos aparecen para dar más vida a los actores.

En este teatro las decisiones encuentran su sitio y nada se permite estar enteramente definido y así se evita ser inamoviblemente muerto.

En este teatro del bueno, la metáfora y el mito nos habitan en un terreno bien direccionado –porque las buenas direcciones direccionan más de lo que dirigen- y con desconfianza a lo controlado se mueve la sorpresa porque acá y en la otra vida -la ilusión y la fantasía- se entrecruzan todo el tiempo. El tiempo es el timón que lo maneja quien vuelve a hacernos creer en la magia del teatro.

Teatro del bueno ha pasado por Montevideo.

Los Corderos (de Daniel Veronese)

Elenco:

Maria Onetto

Luis Ziembrowski

Diego Velazquez

Gonzalo Urtizberrea

Flor Dyszel