Viajeros somos los que además de trasladarnos de un lugar a otro buscamos una experiencia que implique una transformación en nuestro ser. Salimos de la zona de confort, ampliamos conocimientos, abrimos mente-cuerpo-espíritu a nuevas experiencias. El resultado: una evolución de nosotros mismos.

Cuanto más exótico  el destino, mejor. Además los viajeros buscamos un contenido que tenga cierta riqueza: estético, histórico, humano, conexión con la naturaleza, cultural, etc.

El cambio geográfico no alcanza para satisfacernos. Necesitamos conectarnos con el destino, entrar en él. Cada viajero tiene su propia estrategia: algunos inician conversaciones con los locales, otros salen a caminar el destino, utilizan AirBnB en lugar de un hotel, planifican poco para poder dejarse llevar por el lugar, etc, etc, etc.

Mi forma de viajar y conectarme es a caballo. Fusiona a la perfección mi pasión con los caballos y mi debilidad por viajar. El caballo está presente en todos los continentes y es posible hacerlo en casi la totalidad del mundo. Existen operadores dedicados a este servicio, los hay excelentes y desastrosos, a través de la experiencia es posible aprender a reconocerlos de antemano.

El ser humano comenzó a domesticar y utilizar caballos para viajar desde aproximadamente 3.000 A.C, y no hay nada como hacerlo una vez para reconocer que lo tenemos guardado en nuestra memoria genética. Las travesías a caballo se realizan mayoritariamente al paso (los caballos no podrían recorrer grandes distancias al galope). Esa velocidad del paso es perfecta, haciendo posible entrar en el ritmo natural de la geografía, la flora, la fauna y las estaciones por las que transitamos. Es una velocidad lo suficientemente  lenta como para permitirnos apreciar los detalles, realmente ver de la naturaleza, conocer personas, vivir el lugar…y gradualmente convertirse en parte del entorno. Y a la vez es lo veloz como para resultar variado y entretenido, pudiendo galopar de vez en cuando y elevar la adrenalina, generar endorfinas, y ser parte de una manada moviéndose en su ambiente natural.

Viajar con caballos que conforman una manada establecida, o ser testigo de cómo forman una estableciendo sus jerarquías, luchas de poder y alianzas a lo largo del viaje es la sal y pimienta de la experiencia. Entender como una cultura local a lo largo de la historia incluye al caballo en lo cotidiano, su forma particular de relacionarse, de resolver problemas, de concebir su relación con el caballo es el puente de conversación perfecto para conectarnos con las personas. Los amantes de los caballos estamos en todo el mundo, nos reconocemos y estamos ávidos de compartir experiencias: conversando de caballos se abren puertas inimaginables!

Pero además viajando a caballo logro algo que me es difícil en la vida cotidiana. Esas horas al paso transitando la naturaleza, en conexión con un caballo, esos galopes largos,  terminan (o empiezan, o todo al mismo tiempo) encontrándome. Por lo general me sucede cerca de la mitad del recorrido. De golpe me siento yo misma, me doy cuenta que no podría estar en una situación más auténtica, donde todas las partículas de mi ser sienten que están en su lugar. De golpe recuerdo qué es lo importante para mí, soy capaz de soltar todo aquello que ya no necesito y que fui recolectando desde la cabalgata anterior. Mucho más liviana sigo la segunda mitad del viaje… ahora sí con espacio y energía para aprender, absorber, compartir y al final del recorrido ocurre el milagro: sin darme cuenta  evolucioné a la siguiente versión de mi misma.