El cuarto se hace cada vez más oscuro. El gato, ser de luz por excelencia, empieza a mirar seguido por la ventana en lo que, sospecho, se trata de evidentes tendencias suicidas. Yo, que una vez tomé una clase de psicología y otra de Feng Shui, lo observo detenidamente y saco conclusiones:

– Mueve la cola tres veces cada dos segundos.

– Queda quieto con su mirada congelada mientras observa un punto fijo en el vacío.

– Tose compulsivamente, escupe una bola de pelos, y luego, de forma impune, se lambetea.

– Por último, realiza todo lo mencionado anteriormente mientras permanece sentado como si fuera -me hago responsable de lo que a continuación diré- una persona.

Que la historia me juzgue, pido perdón si me equivoco. Mi diagnóstico… Mi diagnóstico no es positivo:

Se trata de un trastorno de personalidad múltiple y poliforme con particular énfasis en características bordeline y/o histriónicas y una importante tendencia neurótica esquizoide de desintegración yoica basada en las peripecias ignotas propias de una defensa pobre derivadas de un apego arquetípico subdesarrollado en el vínculo materno-filial referentes a una pobre resolución posterior del complejo de Edipo ontológico.

Le sirvo un té con leche y se lo comento.

Guiña un ojo. Creo que lo entiende. Freud estaría orgulloso.