Me encanta la gente auténtica que vive como el corazón le dicta. En esta sociedad de consumo de ritmo vertiginoso y apariencias encontrar un alma que nos inspire es una perla. Podría cruzarme con alguien así en cualquier sitio… Pero si el lugar es exótico la experiencia se torna mística.

Existe una ubicación en Uruguay donde los caballos son libres y posan con la cabeza en alto, el viento revolviendo las crines largas, mirándote directo a los ojos sin sentirse menos, conviven en manada de forma natural y no “trabajan”. No necesitan “servir para algo” para ser dignos de vivir ahí, sólo alcanza con ser caballo.

El Santuario Equino Villa Serrana tiene unas 100 hectáreas para pastar y sociabilizar, con arroyos y manantiales naturales para beber y refrescarse, con monte nativo para refugiarse del calor o las tormentas. Allí conviven unos 30 caballos rescatados del maltrato y el abandono, junto a otros privilegiados que sus dueños deciden alojar. Hay uno ciego, algunos muy viejos, una yegua rescatada de un carro de Montevideo, varios abandonados, algunos que iban al matadero y fueron salvados y muchos muchos abusados o maltratados. Hay potrancas y potrillos hijos de: hijo de aquella rescatada, hija de este con aquel, huérfano de una que una vez. Los más veteranos están en una manada junto a los potrillos y potrancas, para darles tranquilidad, educación social y estabilidad. Los jóvenes y adultos están en otra manada y viven su vida en completa paz, armonía con las sierras y sabiduría natural. De todo esto te enteras, porque ellos no viven allí solos.

Viven con un humano treintañero, domador racional que utiliza métodos sin violencia. Los caballos son su pasión y su forma de vida. A dos segundos de conocerlo impresiona su calma y suavidad para tratarlos. Posee una amabilidad extrema que brinda por igual a humanos y caballos, aún cuando los primeros pueden etiquetarlo de radical y los segundos podrían quitarle la vida.

Domar y rehabilitar caballos traumatizados es peligroso. Los caballos son temerosos por naturaleza y tienen un fuerte instinto de defensa y huída que sumado a sus 500 kgs los hace capaces de pechar, manotear, aplastar, patear, morder hasta marcar, lastimar, quebrar o matar. Esto explica porqué muchos humanos que trabajan con caballos tienen una actitud defensiva, agresiva o dominante ya que la adrenalina corre por sus venas para mantenerse alerta y poder esquivar cualquier reacción del caballo. Son pocos los profesionales del caballo que he visto trabajar de forma asertiva, con calma, serenidad y un nivel de energía equilibrado. A todo esto hay que sumarle esa amabilidad de sobra.

Él vive en su campo, entre los caballos, sin luz eléctrica ni agua corriente, luchando como El Quijote contra los molinos intentando equilibrar su economía doméstica con los gastos del Santuario: bocas para alimentar, cuentas veterinarias y el tiempo que lleva atender a tantos animales. Ninguno de los caballos que rescata o adopta son montados o trabajan. No recibe apoyo económico de ninguna organización. Los caballos tienen una calidad de vida envidiable gracias a su sacrificio personal cotidiano.

El Santuario recibe visitas coordinadas de personas interesadas en observar el comportamiento natural de los caballos en manada, otros que simplemente desean deleitarse con la vista de los caballos libres en las sierras, respirar un poco de aire con olor a caballo, sentarse a meditar en el campo con el ruido de los caballos pastando, o incluso aprender sobre los métodos sin violencia para el entrenamiento de caballos.

Conversando con él sobre el tiempo invertido, el trabajo y el compromiso que implica tener tantos animales a cargo me dijo en broma “soy un esclavo de los caballos” y sin embargo yo solamente lo veía esclavo de su propio nombre: Libre.

Libre López es auténtico hasta la médula: no concibe ninguna forma de violencia verbal o física, es un gaucho vegetariano, su perro es un astuto jackrussell “Ramón”, usa el pelo largo, boina y montura tejana. Sabe de fauna y flora autóctona, vivió en Estados Unidos, conoce las hierbas que crecen en su campo y las que los caballos usan como medicina natural. Sabe inglés, sabe darle inyectables a los caballos, es constructor (ecológico), es apicultor, es jardinero, sabe inspirar el amor por la naturaleza, sus caballos pueden llamarse Luna o Namasté; él no sabe de etiquetas, solo sabe ser Libre.

Las personas así, dirigidas por el corazón, alimentan mi esperanza de que el mundo puede ser un lugar mejor. Me convencen de que el hombre tiene una esencia noble, que podemos vivir en paz con la naturaleza y ubica la inútil acumulación de bienes al fondo del tacho donde pertenece, si en realidad queremos ser libremente felices.