Estábamos sentados en la esquina, hacía frío y la cerveza en mi mano me enfriaba aún más. Metí las piernas plegadas dentro de mi buzo -que le había sacado casualmente al Lechu horas atrás, sin que supiera, aunque me diría que sí -apesadumbrado-. Le di una pitada corta al tabaquito que se me pegaba a las yemas. Mi nuevo amigo, conocido horas atrás en el ensayo, me pasó el porro (también pequeño), así que dejé la botella con la mano helada y le di una pitada larga. Estaba lindo, a pesar del chucho. Una noche clara en el Barrio Sur, en la esquina de Durazno y Gutiérrez Ruiz, donde cada tanto pasaban hombres con campera y bolsas en la mano, tarareando, quizá con un cigarro, y luego también un moreno alto con pantalones deportivos que nos saluda: Buenas noches. A lo que respondemos con otro buenas noches, pero coral. Una chica con un perro que no la sigue, sino que vaga, oliendo, que se nos acerca pero hasta ahí y ya enseguida cambia de rumbo mientras ella se aleja, ignorándolo, haciéndome dudar de si están realmente relacionados entre sí.

El almacén de enfrente, el de la esquina cruzada, está cerrando. Hasta hace un rato tenía las cortinas bajas, le pedimos una Patricia y nos la trajo fría. Es esa señora con una expresión tan rara, nunca consigo interpretarla aunque me genera una aversión chiquita, es difícil de explicar. Ahora las cortinas están subidas, él me cuenta de Londres, de Barcelona; yo le cuento de la hermosa Ciudad de México, nos encontramos en Berlín, y también en Nueva York, aunque él en una tormenta de nieve, y yo en una ola de calor: como iguales, pero opuestos. Sale alguien del almacén -”Mercadito” rezan las letras a mano del toldo amarillo-, alguien se mete en el autito blanco que hasta ahora no se había notado en la esquina par.

Y bueno

todo el mundo

haciendo palmas

tuk tuk tuktuktuk tuk tuk tuktuktuk

porque aquí

está sonando…

MON TE RRO JO

La música salió disparada del auto y colonizó toda Europa, nadie podía seguir comentando de la belleza berlinesa cuando una cumbia se despegaba de unas cuatro puertas e inundaba todo el espacio en blanco de esa esquina tranquila del Barrio Sur. Ladraron perros. Mis piernas hasta ahora atrapadas bajo el yugo del buzo protector empezaron a buscar el movimiento: el ritmo se había apoderado de todo y ya comenzaban los primeros curiosos a asomarse a las puertas y las ventanas, moviendo las cabezas al son de la música que era la reina indiscutida de todo el lugar.

La gente comenzó a salir de sus casas trayendo con ellos luces, guirnaldas, cornetas, algunos con heladeritas repletas de cerveza y helados para los que ya, comenzando a acalorarse en el frenético menear, empezaron a sacarse los buzos y las camperas. Un pelado arrojó al cielo la gorra Quicksilver y empezó a mover los brazos como un loco, desacatado, mientras la vecina del segundo piso prendía las luces de su casa y llamaba a sus hijos a que se levantaran y vinieran a bailar. Dos niños morenitos chiquitos, con pelos indomables, saltaron de sus camas y se asomaron al comedor.

La fiesta se encendió como un farol en la noche, ya no cabía casa donde no hubiera entrado la música e invocado a sus habitantes a bailar. A menear. A perrear. A zapatear, a bailar un vals, o un tango, candombe o lo que fuera que en ese momento cada uno de los extasiados vecinos quisiera bailar. La noticia corrió rápido y pronto Palermo estaba prendiéndose, como una luciérnaga, llamados por el ritmo que se desplegaba por la ciudad con una velocidad extraordinaria.

La Ciudad Vieja lo sintió, y en menos de lo que tarda en ponerse una redecilla, estaban los dominicanos en las veredas, las dominicanas estrepitosas moviéndose con la dulzura de las mujeres del caribe, seguida por una familia enorme de peruanos que se acercaban a bailar reggaeton, cumbia, huayano. Las parejas se formaban y ya pronto aparecían las luminarias, los faroles encendidos como un coro de luciérnagas sobre las cabezas de los que no paraban de mover y reír, y que ya habían contagiado a toda la bahía de Montevideo. El Cerro giraba al son de ricas plenas, madres bailaban con sus hijos al pecho, las chicas y los chicos se besaban mientras movían las caderas y los pies, y seguía extendiéndose mucho más allá de lo que imaginamos. El Parque Rodó estaba entero en el Mambo, mientras los bulldogs franceses de los barrios linderos ladraban en frenesí. Pronto llegó al este, al norte, y los dos Carrascos se movían, sonaban las alarmas y se pasaban las birras, Malvín explotaba en luces y risas, alguien se quitaba el pelo de los hombros para que la puedan besar desde atrás.

La fiesta duró todo el tiempo que queramos que haya durado. En un momento puntual, las puertas del autito blanco se abrieron y se asomaron a la puerta los pies de quién había iniciado tal escándalo. Se bajó una niña riéndose, dirigiéndose a despedirse de los señores del almacén – ¿tíos? ¿abuelos?- mientras se acomodaba el buzo.

Mi amigo me pasó la birra, ya no se sentía tan fría. Le di una pitada al porro: estaba húmedo, pero rico, y en la otra mano me esperaba un tabaquito. “Qué linda noche” pensé, “para vivir en el Barrio Sur”.