Fui al boliche hace unos días. Música fuerte, gente que bailaba, gente que bailaba, otros apoyados en la barra tomando un brebaje a eso de las 02:00 am. Lo que era medianamente estable, es decir, grupos bien definidos  en distintos sectores era inexistente a las 04:00 am: todo el mundo bailaba y gozaba al ritmo del dembow y el hit “Despacito” entre otras canciones, aunque los bailes tenían patrones claramente distinguibles, lo que no es novedad.

Lo que sí ocurrió al otro día fue una reflexión sobre aquello. Quizás si hubiera ido a un baile disco de la década de 1970 mi reflexión hubiera sido sobre ese evento, pero no, llegué dos décadas tarde al mundo para presenciar ese evento. Da igual. La pregunta con la que amanecí, con dolor de cabeza e hipersensible a la luz y al sonido fue: ¿cómo puedo comprender al boliche siendo lo más objetivo posible?

¿Espacio de combate o zona de desestrés?

No hay porqué temer al concepto de combatividad (hoy tantos piensan que discutir está mal…), dado que en este caso no estará vinculadp a la violencia típicamente asociada al boliche, puesto que ni presencié un hecho violento -me refiero a riñas callejeras- ni mucho menos es el objetivo de estas líneas. La combatividad es abordada desde si ese espacio social, el boliche, actúa como espacio de combate con respecto a la vida formal, a la vida de “de lunes a viernes”; a la vida de las “8 horas” ¡Vamos allá!

Por un lado debemos observar un enfoque novedoso en cuanto a entender a la fiesta, el boliche. Mijaíl Bajtín, un crítico de literatura soviético plantea desde su libro La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento entender al mundo social en al menos dos mundos. Por un lado, el “mundo serio” u oficial que es, por ejemplo, las relaciones sociales para y con el trabajo, el Estado o la Iglesia; relaciones formales dónde se pacta un acuerdo explícito sobre cómo actuar en determinadas situaciones. Por el otro, el “mundo no-serio” o “la segunda vida” (la vida que valdría la pena vivir), definida como un lugar social en el que los individuos se relajan de sus obligaciones y entran en un paréntesis, más libre, fantasioso e imaginario y, a su modo, contestatario y utópico.

Mediante la postura del “mundo al revés” Bajtín entiende que las personas critican y rechazan simbólica y afectivamente una realidad contrahecha, al mismo tiempo que se afirman y viven valores y modos de relacionarse que no tienen cabida en el mundo “real”. En la misma obra, Bajtin dice al respecto que “El carnaval es la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa”.

Por supuesto que no se está discutiendo sobre el carnaval de la Edad Media. Aún así, se puede acceder al evento boliche desde de la misma lógica carnavalesca, entendiéndose que éste comparte elementos del carnaval de Bajtín, a saber, en su función de recreación sentimental, de los valores, de la utopía de un mundo mejor y del alejamiento y desafío ante el mundo.

En Problemas de la poética de Dostoievski, Bajtín plantea que  hay dos lógicas del mundo social. Por un lado, aparece la concepción épica, seria y formal, con historia junto a figuras heroicas, plagadas de nostalgias por un tiempo pasado glorioso, así también mitificado y, a veces, nacionalista. La historia oficial de los países y sus héroes es un ejemplo de esto. Por otro lado está la visión carnavelzca del mundo y de la vida, que resulta ser un escape a la lógica formal, épica y aburrida, donde lo grotesco, banal, burdo, divertido, feo y asimétrico (si en lo formal prima lo bello y lo racional), sobresalen en este otro estado social de las personas. Lo carnavalezco es sobre todo observable en el arte, el juego y la fiesta (con festines, bailes y música).

Así visto, la búsqueda de la satisfacción del placer se prioriza en el mundo carnavalesco-bolichero, cumpliendo una función contestataria a ese mundo “aburrido”, “formal” y hasta “racional”, dado que se prioriza la recreación sentimental y valores como camaradería,  juegos de seducción, amplias expresiones corporales, cantos y el baile; un alejamiento y un desafío al “mundo serio”.

En todo caso, no se entiende sólo al boliche como acompañamiento acrítico y conformista del orden social, ni tampoco como elaboración de escapadas y soluciones imaginarias o falsas que distorsionan los problemas de la realidad. El boliche, desde la perspectiva bajtiana y su “segunda vida”, se puede leer desde la clave de negación de la realidad rutinaria, donde los usuarios de música tropical ensayan, ponen en práctica y entrevén caminos hacia “otra” realidad construida por los mismos usuarios de la música tropical. Entonces desde este lugar es un espacio de combate y de ruptura, buscado por los usuarios donde pueden expresarse corporalmente y además expresar sensaciones que no se pueden – o deben- expresar durante la formalidad.

Ahora bien, y como en casi todos los fenómenos sociales, hay otra perspectiva, la cual puede verse como un espacio autogenerado por un sistema y cuya creación responde a un fin del propio sistema social. Quizás esa “segunda realidad” bajtiana no sea un espacio generado por los usuarios para rehacerse sino que por el propio sistema que busca su supervivencia a lo largo del tiempo.

Herbert Marcuse, sociólogo aleman de la Escuela de Frankfurt (círculo crítico de la cultura de origen en Alemania), tiene otra interpretación del espacio de ocio bolichero. En su análisis de la evolución del Eros a lo largo de la historia de la humanidad, Marcuse entiende que el ocio es funcional a una lógica de orden-desorden-orden, donde el ocio cumple la función de válvula de escape de los conflictos generados por la imposición de una densa realidad social productiva. Este lunfardo academicista expresa que debe existir desorden para que haya orden.

El ocio en el sistema capitalista actual es producto de la búsqueda del placer, el cual es aplacado por el mismo sistema en las esferas productivas, creando así la necesidad de un espacio extra donde poder satisfacer esa necesidad de ocio. Bajo la misma línea, el ocio es algo reservado para el espacio privado del sujeto y lo público debería ser dominado por las fuerzas productivas racionales, de la cual el sujeto está inserto por el mero hecho de pertenecer a tal sistema. De esta forma, el ocio es un espacio generado por el sistema y usufructuado con el fin de poder autoreproducirse, y  tolerar la vida que le ha tocado vivir.

Por lo tanto, ocio-consumo expresado en un boliche bailar puede entenderse en su función social como un lugar de esparcimiento necesario para continuar la vida “formal” y no como un espacio de combate.

Ajá, pero pueden ser las dos juntas, ¿o no?

Sigmund Freud en El malestar en la cultura desarrolla que el malestar en la cultura se debe a un constreñimiento del principio del placer, vinculado a que la cultura dificulta (sino impide) los instintos sexuales como los agresivos. Mientras más se consolida la cultura, mayor es el malestar dentro de ella. Para Freud, la búsqueda de la felicidad (entendida como satisfacción de necesidades acumuladas) tiene su contrapartida en la caída en desgracia por parte de algunos, porque la felicidad es episódica y la cultura busca perpetuar esa búsqueda por largo tiempo promoviendo frustración por no alcanzarla.

Así, Freud plantea que los humanos desarrollaron tres caminos para tolerar la miseria: a) distracciones poderosas (que hacen parecer pequeña la miseria); b) satisfacciones sustitutivas (que buscan reducirla); c) narcóticos (que buscan volverse inmunes a la miseria). Entonces, si se toman los aportes de Freud y Marcuse se avanza hacia el entendimiento del ocio en general y del boliche en particular como un espacio autogenerado por el sistema para satisfacer la necesidad de placer de las personas. Por lo tanto, aunque desde la  perspectiva bajtiana todo apunte a que es espacio de combate, el boliche puede ser visto dentro de la misma lógica dominante del sistema, dado que en el boliche no se va contra de la base fundamental del sistema sino que además lo reproduce.

Los pesares de la vida, siguiendo a Freud, se pueden ver disimulados por la participación activa en el boliche (que actúa como distracción poderosa, satisfacción sustitutiva y dentro de él pueden actuar los narcóticos); mientras que, siguiendo a Marcuse, el acto de ir a bailar responde a una lógica de recuperación y reproducción del sistema puesto que si no existiera esta instancia el quebrantamiento del sistema sería más probable. El enojo, la ira comprimida producto del aburrimiento, el estrés y las cosas que la gente se queja un miércoles a las 12 del mediodía cuando tiene su hora de descanso se difuminan con la alegría – felicidad a la hora de consumir ocio  (con un daikiri y al ritmo de Martín Quiroga y su Selección).

Algunas hipótesis pueden surgir desde las aportaciones de Bajtín, Marcuse y Freud. Si se está de acuerdo de que la segunda vida bajtiana, o este espacio de ocio autogenerado marcuseano, son espacios en que la líbido se expresaría de manera más “libre”, entonces, habría de esperar que a) el baile, entendido como instancia de ocio, estaría regido por la búsqueda de la pareja sexual, producto de que la sexualidad estaría menos reprimida en este lugar; b) el baile es una distracción fuerte de la “miseria” que viven los usuarios en la primer vida, por lo tanto, sería esperable encontrar al baile como instancia de ocio para “escapar de la realidad”  y esta experiencia podría complementarse por medio del uso de algún tipo de droga (en sentido general, donde el alcohol entraría dentro de lo que se llama droga); c) siguiendo la perspectiva bajtiana, la instancia del baile es considerada como una segunda vida por los usuarios, hay una ruptura con respecto a las normas vigentes en la primer vida y una homogeneización social a partir de una ruptura de jerarquías y clases sociales al interior de los boliches.

¿Bailamos?