Al comienzo no entendíamos el sentido de hacer una segunda parte -menos aún de verla-, quizás porque no la hacíamos nosotros. Nos cansan las pretensiones industriales sobre el arte del cine ¿Quiénes somos nosotros? El público, que entre otras cosas ha dado el culto a películas como Trainspotting (Danny Boyle, 1996) y la taquilla a largometrajes como Slumdog Millionaire (Danny Boyle & Loveleen Tanda, 2008). No es una postura idealista pero el espectador también tiene su poder una vez que se apropió de una obra y terminó de completar su sentido. Hitchcock, por ejemplo, ha sido un genio del cine al realizar cine maisntream y expresiones únicas del lenguaje cinematográfico de manera simultáneas. John Ford también lo hizo. Y ni siquiera le exigimos a Danny Boyle semejante talla pero hay algo encantador en ese profesionalismo y T2 Trainspotting (Danny Boyle, 2017) de hecho, lo tiene. Más bien que tanta madurez pudo resultar ser su punto débil.

¿De qué nos estamos defendiendo? Trainspotting -que por siempre será una sola- tiene esas decisiones frescas propias de un equipo profesional amateur que logró retratar en ficción el suburbio escocés con actores y directores que conocían desde dentro la realidad que retrataban -así de afirmativo y así de retórico-. Ahora diera la sensación de cierta burguesía que inevitabemente los ha atravesado y alejado de las calles escocesas. Ellos se han convertido cinematográaficamente en lo que critican -porque antes eran tanto o más sumergidos al sistema pero con menos decisiones profesionales sobre sus espaldas-. El capitalismo del consumo del iPhone,  Twitter, Instagram y Facebook; el mundo del hipervínculo fomentado por el magnate Google Inc… todo ha sido absorbido por nosotros o nos vimos absorbidos por ellos. La digitalización de la mirada ha sido sostén del cine mainstream anglosajón.

Cierto es que son bastante sinceros al ficcionar las biografías de sus personajes. Renton (Ewan McGregor -que ya fue figura en Stars Wars-) es un yuppie asumido -como debería ser asumido un Danny Boyle, aunque sea siempre más desafiante que un Tarantino o un Oliver Stone- y vuelve entonces McGregor para dar un poco de aquella limosna que se ha ganado con su carrera y así recompensar a personajes igualmente o más inolvidables que él y entre los que en parte se deben su carrera mutuamente. A Renton, de todas formas, lo queremos mucho. Él en cierta medida se carga Trainspotting a los hombros y se acompaña de manera especial con los otros. Los actores hacen un gran trabajo de recuperación de los personajes.

¿Qué sucede con la película? Comienza decidida y entusiasta. Toma la decisión mainstream de iniciar presentando a cada uno de “nuestros” personajes, haciéndonos gozar del reencuentro. Eso fue una inteligencia consciente de aquel que filma sabiendo que vale por lo que filmó antes. La decisión sabia es la de rendir homenaje, permitirse la parodia de sí mismo, citar la obra madre casi como si no la hubiéramos visto… en realidad, se manipula benevolamente al espectador.

¿Pero después? Se confunde con su decisión y termina olvidándola. El encanto de Trainspotting siempre fue la vida minimalista de esos personajes, no las situaciones de aventura y acción que les iba sucediendo. De hecho recordemos que el famoso comienzo con Renton escapando -característica ensalzada en esta segunda parte- valía por su discurso sobreimpreso. Ahora nos explica la causa de ese comienzo mientras los personajes toman un café -porque ahora Renton toma café-. Que no de la impresión que nos gustaría una catarsis de adicción; resulta aliviador que los personajes hayan tenido su madurez o al menos su trayecto transitado. Boyle amaga en convencernos de que la adicción es al sistema pero se conforma con resolver un nudo intrascendente: no terminamos de saber cómo continúan los amigos sin Begbie (Robert Carlyle), qué fue de la vida de aquel dealer al que ya no frecuentan -¿pero Spud (Ewen Bremner, prolífico artista del cine) de quién consigue su droga actualmente?-. Podríamos haber conocido las profundidades de sentimientos universales como la Venganza y la Redención Honorífica; todo lo estimuló Boyle con Irvine Welsh -ecritor de las novelas originarias que continúa amando a la juventud alternativa-.

¿Qué sensación nos queda al terminar la película? Amarga tras un comienzo dulce. Lo dulce, en este caso, nos permitía deleitarnos incluso con cierto empalago. Como en Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), todos habíamos crecido, incluso gracias a Trainspotting. Son películas a las que el culto les viene dado por la conversación que generan entre quienes las vemos. Quienes las hemos podido ver con un poco más de detenimiento hemos sabido admirar algunas resoluciones cinemtográficas como el hundimiento de Renton al piso, al mismo tiempo que se eleva con la heroína en la sangre -gesto técnico que en cine se conoce como un transtravelling-. También las decisiones fílmicas que nos ayudaron a empatizar con Renton como personaje conductor, el gore que exacerbaba lo asqueroso y el humor al mismo tiempo, la dirección de arte estilizando los noventa británicos como algo realmente cool… en fin, hemos admirado la construcción de Trainpotting. Esa admiración a lo construido es el temor que escondíamos antes de ver la segunda parte ¿Cómo construir algo que ya está construido? ¿Cómo entusiasmar a los que ya estamos entusiasmados? He aquí el problema de las segundas partes: los creadores compiten contra su propia obra y la competencia es casi siempre una batalla de egos que la gana el menos desafiante. Danny Boyle es vencido por su propio desafío y lo entendemos perfectamente porque de este lado del río la orilla se veía más clara. T2 Trainspotting se mareó en la mitad de la película y nosotros acabamos un tanto decepcionados, queriendo que nadie tome esto como un díptico que acaba de nacer sino más bien una secuela un tanto fracasada. Se comprende la curiosidad -y el ser humano no puede evitar comer la manzana envenenada- pero quien pueda abstenerse hágalo y conserve el más bello recuerdo del árbol.