Buscando autores para leer encontré reseñas sumamente elogiosas de Mario Levrero; ¡Un uruguayo!, me dije, (me quedé en Onetti), así que me dispuse a leer La Novela Luminosa.

Si usted tiene mucho para hacer – como en mi caso, escribir esta nota, entre otras muchas actividades -, y es un experto en eludir sus ocupaciones con otras inútiles, no lea este libro. O mejor, léalo y verá cómo se puede emprender cientos de actividades –estériles- que postergan, posponen y difieren la escritura en este caso – o lo que sea, ya puestos-.

El escritor recibe la beca Guggenheim, y comienza los preparativos para terminar la Novela Luminosa, que empezó hace años, pero una y otra vez se ve envuelto en quehaceres que le impiden escribirla. Cada tanto le escribe hilarantes cartas a un ficticio Mr. Guggenheim en las que intenta dar cuenta de los usos que le da al dinero. En esta primera parte, estamos en el Diario de la Beca.

En un relato obsesivo y minucioso da cuenta del uso que va a darle a ese dinero para obtener las condiciones óptimas de escritura. Esto lleva mucho tiempo. Compra dos sillones (con cierta culpa), y los describe prolijamente (uno es para leer; el otro para descansar). Busca lapiceras adecuadas, las va descartando por diferentes motivos, mejora el respaldo de la silla. A lo largo de todo el diario hay un reporte –que a veces se interrumpe por depresión o indolencia-, de los pasos que (no) lo llevan a escribir. Las entradas del diario dan cuenta de los horarios insólitos del autor (…)”Mis actividades de los últimos meses han sido ésas, y además la lectura de novelas policiales, siempre a un ritmo de una por día como promedio y poca cosa más. Me he estado acostando promedialmente a las siete de la mañana y levantando a las tres de la tarde, aunque a veces a las cuatro y a las cinco y también a las seis”(…); y también de temas corrientes – cómo hacer un yogur casero aceptable-, su higiene personal (…)”hace meses que no me baño” (…) los mosquitos, el calor, el frío y cómo combatirlos.

Dos “adicciones” (él las llama así) lo distraen de su proyecto, y él es consciente de ellas: la computadora (se baja programas, los modifica, inventa otros, junta fotos eróticas, limpia y cambia el lugar de los archivos, trata de optimizarlos); queda muy satisfecho cuando logra mejorar en Visual Basic un calendario que le avisa los horarios de toma de su medicación entre otras muchísimas cosas que lo hacen quedarse hasta la mañana pegado a la pantalla. Luego se lamenta. Y lo consigna en su diario. (…)“No logró levantarme en la hora que están los comercios abiertos”(…) Para conseguir las novelas policiales, va hasta un puesto en un callejón de la calle Sarandí cuando recibe “mensajes”, cuando sabe que el librero recibió un lote de novelas policiales (en el diario aparecen numerosas reflexiones sobre las percepciones extrasensoriales: telepatía, avistamiento de fantasmas, sueños premonitorios).

Es consciente de sus problemas: (…) “estoy viviendo uno de mis períodos de chifladura galopante”.

Tiene (es un hombre delicado y respetuoso con las mujeres; se ve en la obra, y por eso lo aman); toda una serie de amigas que lo sacan a pasear los sábados (también amigos: es un hombre muy querido). Pero lo acompañan las mujeres (es agorafóbico). Caminata desde la ciudad vieja hasta ejido, café con medialunas, vuelta a casa. Una doctora -“mi doctora” –que poco después sabremos que es su ex esposa- que atiende pacientemente y a horas insólitas su infernal hipocondría. Y un amor que languidece con Chl (Chica Lista, sabremos después), a la que considera una diosa, que lo visita, le lleva milanesas y guisos, y se va separando como amante (no como amiga), poco a poco de él. A propósito del amor dice: “Creo que cuando surge el amor, el amor verdadero, entre un hombre y una mujer, ambos se transforman y adquieren ciertas virtudes mágicas. (…) Una forma sobrenatural de magia que está al alcance de todo el mundo, pero que pocos perciben como tal”.

Escritura obsesiva, circular, por momentos exasperante pero de una honestidad brutal, acerca de la imposibilidad de escribir; no quiere “hacer literatura” quiere crear arte, verdad, y no puede; pero esta imposibilidad y la tristeza general que transmite el libro está contada (paradójicamente) con tales chispazos de talento, humor y de un talante ácido que divierte; de depresión (se van sucediendo la muerte de amigos), pero también de ganas de vivir. Se queja amargamente de que no puede empezar a escribir, y de sus hábitos y compulsiones, al tiempo que dice que seguiría viviendo de la forma en que lo hace hasta que “el señor lo disponga”.

Está también la historia de las palomas. En la azotea de enfrente aparece una paloma muerta. Desde su ventana, en las raras ocasiones en que se levanta con luz y a partir de ese cadáver que está en toda la obra, irá tejiendo toda una historia familiar, desde el curioso duelo de la “viuda”, la aparición de un nuevo macho que profana el cadáver, la de los hijos del muerto, otros familiares y la viuda con su –según él- , tercer marido. “Ya dejó el duelo, cambió el plumaje”. Estas especulaciones acerca de la paloma muerta y sus peripecias – (…) “Es una familia tensa; esos pájaros no parecen estar cómodos en ningún momento, como esperando algo desagradable”(…) , son de una gran belleza y la única acción externa al escritor y su cotidianeidad.

Luego de la Novela Luminosa, que es una especie de epifanía personal, cierra la obra informando prolijamente del estado en que están sus preocupaciones o los temas centrales que narró en el Diario de la Beca, lo cual consuela, porque si bien el libro se publicó póstumamente, nos dice a las claras que fue terminado por él, y no publicado como tantas obras por un exclusivo afán de lucro editorial.

“La calavera de la paloma parece seguir en su sitio; los huesitos del cuerpo no los veo, pero quizá estén, sí, todavía, allí.

Y el cierre de su trabajo es esta cita, que lo define:
He terminado con esto. O mejor dicho, esto ha terminado conmigo. En el fondo, mi mente siempre se ha rehusado a aceptar cualquier tipo de final. J. D. Salinger, Seymour: una introducción

Algunos fragmentos que me hicieron sentir muy cerca de Levrero…

Sobre Montevideo:

“Mas que onírica, Montevideo se ha vuelto pesadillezca y no solo por obra de la intendencia. Entre la masa creciente de coreanos y marginales de todo tipo, y la amenaza perpetua de violencia inmediata, y los niveles disparatados de ruido (esto sí por obra de la intendencia, o con su complicidad, o su vista gorda); cada poco tramos se pasaba de la cumbia al candombe y otras atrocidades semejantes y un algo difícil de definir en la actitud de la gente que puebla las calles, sí, la pesadilla es permanente”. (..) Es puro fascismo, un fascismo asociado con una subcultura subdesarrollada y oligofrénica. La intendencia no sólo tolera sino que además participa activamente en esta producción de ruido estupidizante y me imagino lo que será el país en algunos años…el reino de la guarangada y seguramente de un nuevo terrorismo de estado”.

De un trámite en UTE:

(…)”Los malditos burócratas me atraparon, Dios los maldiga. (…) Especialmente la recepcionista; una cara, y una actitud corporal, de mujer vencida; los años de ejercicio de la burocracia se le notaban uno por uno, y parecían ser unos cuantos. Con todos los vicios inherentes a su profesión, sí, pero también una especie de astucia maligna, la espera constante de una mínima oportunidad para ejercitar alguna forma de poder. La funcionaria sufrió un pequeño shock: -¡Esta cédula está vencida!- exclamó, como presa de un horror que no me pareció justificado. -¡Noviembre del noventa y nueve!- exclamó la mujer con ese tono que se habría justificado si yo, por ejemplo, hubiera depositado un frasco lleno de mierda o le hubiera hecho propuestas de sodomización”.

Mala leche:

“Es una cosa que me gusta hacer en los boliches para expresar mi disgusto, irme sin más. “

Novelas policiales:

“Sé que voy a terminar leyendo a Ágata Christie”.

MARIO LEVRERO (23 de enero de 1940, Montevideo – 30 de agosto de 2004, Ibídem). Escritor, librero, fotógrafo, humorista, director de revistas de ingenio y de talleres literarios. Jorge Mario Varlotta Levrero publicó en 1970 su primera novela, La ciudad. No quiso firmarla con su nombre habitual: «Sabía que había algo ahí que me era ajeno, que Jorge Varlotta no podía escribir eso… Mi segundo nombre y mi segundo apellido fueron una solución perfecta». Sus dos novelas siguientes (El lugar, 1982; París, 1980), completan la llamada «Trilogía involuntaria», intensa aventura kafkiana nacida de su lado más inconsciente y nocturno. A mediados de los ochenta, instalado en Buenos Aires y atado a un trabajo rutinario que le permitía vivir con comodidad pero le impedía crear, confiesa su vergonzoso abandono de toda pretensión espiritual en «Diario de un canalla», anticipo de la técnica que usaría en El discurso vacío (1994) y La novela luminosa (2005), minuciosos y magistrales registros autobiográficos de su posterior experiencia en Colonia y Montevideo. Escritor de culto durante muchos años, sólo después de su muerte fue reconocido como uno de los grandes autores latinoamericanos. Caza de conejos, escrita en 1973, representa un salto liberador en la obra de Levrero: incorpora el humor que el autor prodigaba (protegido por varios seudónimos) en revistas satíricas de la época y borra los límites de sus fronteras creativas.

Mondadori. Barcelona, 2008, 567 páginas.