Tengo un libro de puentes y ningún interés por sus construcciones. Cada una de las personas que lo vio en mi escritorio preguntó por qué lo tenía. Quería decirles que planeaba recorrerlos uno a uno y dentro de 10 años llegar al Puente del Cielo, en Noruega, pero solo dije la otra verdad: es material para mi novela. Lo hojeo casi todos los días desde que lo tengo. Me imagino en cada uno de ellos, sé que no los recorreré. Ahora no sé del todo si los miro con deseo o con nostalgia.

Son deslumbrantes todos los puentes, imagino la noche, las luces del auto, las ventanas bajas, la bruma.

Me gusta la metáfora de los puentes: nunca sabemos del todo qué hay del otro lado. Lo cierto es que hay otro lado, más lejos o más cerca, que se ve o se vislumbra y uno anhela, imagina, proyecta esa llegada. En el medio se juegan todas las cosas que se juegan en la vida: el miedo, la adrenalina, la emoción, las grandes preguntas: ¿para qué cruzar?, ¿por qué no cruzarlos?

Miro el puente del Cielo y las preguntas se suceden al tiempo que mi taquicardia. ¿Para qué llegar hasta ahí? ¿Qué se siente en el medio del puente, en el medio del cielo, a mitad de camino entre un infierno y otro? ¿Cómo es el sonido del agua a 1310 metros? ¿En qué se cree mientras se atraviesa uno de los puentes más largos del mundo? ¿Se tiene en esa falsa suspensión una liviandad que no se siente en nuestros más habituales días?

Y mientras se recorren, lo de siempre: no era tan grave, ni tan estruendoso o todo lo contrario, pensé que era un puente así nomás y el vértigo trajo las preciadas sensaciones nuevas. Siempre lo inesperado, me digo y agradezco a la vida. Las expectativas son por definición un fracaso y a veces esa es la buena noticia, aunque muchas veces traen más dolores que alegrías.

Los puentes tienen una ostentación soberana, una belleza, un misterio, pero ante todo tienen un silencio que respeto.Los puentes no cuentan las promesas de amor, debajo de ellos, con el correr del agua llegan a su cauce o se las lleva la corriente…

Otras veces, mientras se camina, los puentes se destruyen y solo queda volver al lugar de la salida, del que se pregunta –tardíamente- si tendría que haber partido, se encuentra con la inquietud de no sentirse igual y saber que si no es posible bañarse dos veces en un mismo río, cuando un camino se desanda, no regresa la misma persona que se fue. Ya no es posible seguir adelante por el mismo puente.

Dice Bertrand Rusell que lo más difícil de aprender es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar. Reconozco y comparto esa dificultad, y también creo que hay algo más complejo: que desaparezca, se lo trague el río, que te saquen el puente, que no exista la otra orilla.


Cuando quieras creer que tú
navegas fácilmente contra la corriente,
sube corriendo al puente una noche de luna.
El puente de piedra zarpa inmediatamente
contra la vieja corriente de plata.
Tú nunca avanzas nada, pero en la vida mucho
tiene que ser juego para poder vivir.

Harry Martinson