Desde 1991 hasta 1993, tuve la oportunidad de vivir en Barcelona gracias a una beca que obtuvo quien hoy es mi marido para estudiar en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Debo decir que como residente de un país que había sufrido una dictadura, iba con la mejor disposición a aprender el catalán, ya que sabía que durante el franquismo había estado prácticamente prohibido y me parecía de orden hablar el idioma del país que me recibía.

El entusiasmo me duró unos quince días. A poco de llegar me empezó a molestar la sensación de imposición del catalán en todos los órdenes, la reivindicación permanente y a veces un poco absurda (diarios catalanistas que se publicaban en castellano), la negativa de muchas personas a expresarse en español…una cosa obsesiva, muy machacona y bastante provinciana.

Recuerdo la visita a la familia del tutor de mi marido, recién llegados: me presentan al hijo de unos cuatro años, y yo le hago un comentario sobre un juguete. El chico no me contesta, y los padres me dicen: Es que no habla castellano (castellano: no les gusta que se le diga al idioma español). Nos sorprendía, pero fuimos aprendiendo que era parte de la realidad de todos los días al vivir allí.

Era raro –esquizofrénico- como decía mi rubicundo y muy inglés profesor de inglés, cuando en la pausa de las clases nos tomábamos un café juntos y despotricábamos del lugar (como hacen todos los extranjeros cuando están en un país extraño, supongo). Me contaba: “Fuimos con mi esposa a hablar con el rector. Me pregunta: ¿Hablan catalán? Le digo que yo sí, un poco; pero que mi esposa no ¡Nos habló en Catalán!).

En ese momento el presidente de la Generalitat era Jordi Pujol. Un político de derecha, pero que se presentaba como catalanista, aunque la cosa nunca pasaba más allá de la reivindicación del idioma, la normalización lingüística, ir ganando paulatinamente más autonomía, y poco más. Hay que recordar que ETA estaba en plena lucha armada, haciendo atentados por toda España y en particular en el país Vasco. Nada de eso pasaba en Cataluña, en aquél momento los únicos que hablaban seriamente de Independencia eran los integrantes del partido Esquerra Republicana, que tenía una representación muy marginal.

No obstante esa configuración política, había muchos catalanes nativos que no se consideraban ni entonces, y creo que ahora menos, españoles. Porque si uno hablaba con ellos y les preguntaba si ellos eran españoles, la respuesta era categórica: “No, yo soy catalán”. Y comentaban que se sentían más cerca de Francia que de España. De hecho, se percibía un sentimiento de superioridad con respecto al resto de España (sobre todo con el sur: “Como se nota la influencia mora”, decía una amiga que había visitado Sevilla). Pero la cosa no pasaba de ahí. Era común en el tren ver a estudiantes, por ejemplo, mantener una conversación en los dos idiomas: uno hablando en catalán y el otro en español. De hecho a mí me pasaba: cuando renuncié a aprender el idioma, hablaba con mucha gente en mi idioma y ellos me respondían en catalán, que yo entendía.

Pero en Cataluña no hay sólo catalanes de varias generaciones: hay inmigrantes llamados despectivamente charnegos (persona que ha emigrado a Cataluña procedente de una región española de habla no catalana) que se niegan a hablar en catalán. Otros lo aprenden, para integrarse. Por ejemplo nuestro adorable casero (un anciano alto, elegante, prisionero en Francia de la guerra civil, todo un personaje), era de Murcia, y cuando entraba en confianza nos decía que cuando le hablaban en catalán él les contestaba: “A mi hábleme en Cristiano”.

Por eso, es imprescindible remontarse un poco en la historia para conocer a Cataluña: el 11 de setiembre se conmemora la Diada, la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas al mando del duque de Berwick durante la Guerra de Sucesión Española, en 1714, tras catorce meses de sitio. Esta victoria conllevó la abolición de las instituciones catalanas tras la promulgación de los Decretos de Nueva Planta, en 1716. Desde entonces, se reclama por esos fueros.

El Parlamento de Cataluña declaró el día Fiesta Nacional catalana en su primera ley tras su restablecimiento en 1980 y se celebra todos los años con manifestaciones que a veces son un poco violentas. De hecho, recién llegados y todavía en un hostal buscando apartamento, mi marido fue sorprendido en pleno centro el día de la Diada (del que no teníamos ni idea), por la manifestación: ante su sorpresa por el cierre de los negocios y el movimiento en la calle, le pregunta a un transeúnte: “¡¿Qué pasa?! “Es la guerra”, le responde, bastante exagerado. Por supuesto, no era ni de lejos una guerra: unas escaramuzas sin mayores consecuencias con la policía, eso era todo.

Barcelona es una ciudad magnífica, y toda Cataluña se caracteriza por su pujanza (en ese entonces se estaban preparando los juegos olímpicos y había una campaña publicitaria cuyo lema era “La feina ben feta” (el trabajo bien hecho). La ciudad se reconvirtió, se abrió al mar y quedó más hermosa aún… pero el tema del nacionalismo estaba siempre rondando: cuando se acercaba la inauguración, como era previsible que se abucheara al Rey de España al entrar al estadio, se llegó a la solución de hacer coincidir la interpretación de Els Segadors (considerado el himno de Cataluña), para evitar la silbatina; si abucheaban en ese momento, también abucheaban a su himno. Pese a todas esas peculiaridades, se convivía bien y en paz.

El artículo 155 de la Constitución Española que se aplicará ante la extraña “declaración-no declaración” de la independencia, (inspirado claramente en la figura de la llamada “coerción federal” (Bundeszwang), prevista en el artículo 37 de la Ley Fundamental de Bonn (Constitución alemana), nunca se había aplicado, hasta ahora, por lo que puede tener unos alcances inesperados, dada la vaguedad de su redacción.

Hoy, me dicen que gente que conocí en aquel entonces y que convivía pacíficamente, aunque con ciertas rispideces, ya no se habla; me cuentan que se produjo una ruptura difícil de reparar, lo que produce una gran tristeza (sí, sí: a pesar de todo uno se encariñó con los catalanes).

Así, una situación que se mantenía en un equilibrio inestable, pero en equilibrio al fin, ha sido puesta en riesgo por políticos irresponsables que actúan con una frivolidad escalofriante. Surgidos al calor de la caída de los grandes partidos –por sus propios errores: corrupción, carencia de liderazgo (no sólo en Cataluña; en toda Europa)-, los movimientos populistas que apelan sin responsabilidad a los instintos más primarios pero constitucionalmente encauzados de unas minorías han puesto a todo un pueblo en una encrucijada de la que nadie parece saber cómo salir.