“Cada noche me invento todavía me emborracho, tan joven y tan viejo like a Rolling Stones.”

En un inventario de mitos y leyendas Sabina naufraga.

Un casette sonando en una casa, mientras dos niñas juegan corriendo el casette dice “por el bulevar de los sueños rotos…”, aquello era respirar toda una época, los cimientos estaban. Sabina es generador también del espíritu de la época, no sólo cantautor sino un sagaz interlocutor.

Irreverente, arriesgado, acelerado y encantador; “una lámpara de Alí Babá dentro de una chistera”.

Amante del cine, lector exigente e incansable. Imaginativo, culto, poético. Refleja al hombre intelectual izquierdista de la época, no reducido solamente a la formación en su área sino que apunta a la totalidad del hombre, lo que suelo denominar “la extensión del ser”: alguien que explora y se explora, creando y puliéndose, para elevarse y construirse en su totalidad (no en el sentido de algo acabado sino de lo abarcativo), “si reinara en el 2000 la imaginación”. Joaquín trasciende su música. “Si volvieran los dragones…”.

Una de esas niñas se perdió en el sueño de un Caballo de cartón, una Nube negra y buscando La canción más hermosa del mundo, “no sabía que la primavera duraba un segundo”. Pero también encontró un saltarín, bailarin-cantante, poeta, pintor, tomador de whisky, amante de mujeres y gatos. Faceta tratada superficialmente por otros agentes, pero muy disfrutada y no del todo mentirosa, tal vez el problema fue la apología ¿o caricatura? de esta cara.

La niña sigue esperando que “cuando la ciudad pinte sus labios de neón” pase un “caballo de cartón”. El mar sigue agitado, Sabina volvió, lo negó todo y una vez más la ciudad de Montevideo -tan gris- prendió sus luces para recibirlo.

Me gustaría alguna vez que me llegara más que un reflejo, aunque sé que el reflejo no es meramente apariencia, hay esencia, queda algo también.